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Alex Txikon, por encima de lo posible

 

 

La montaña siempre ha tenido una mística especial para los vascos. Refugio espiritual o práctico, lugar de esparcimiento o superación personal, espacio de meditación o destino de la expresión popular más folclórica. Elementos que conjugados le han dado un lugar destacado en la cultura popular. Tanto, que el subir al monte es una de las aficiones más habituales y que en una dimensión profesional es casi seguro que no existirá ningún lugar del mundo con mayor porcentaje de alpinistas de éxito por habitante. Hoy, Alex Txikon ha inscrito su nombre con letras de oro al conseguir la primera ascensión invernal al Nanga Parbat, un coloso que parecía impenetrable en esta época del año.

Más allá del Gorbea, el Pagasarri, Txindoki, Beriain o Hiru Erregeen Mahaia, por citar algunos de los nombres más conocidos, los ochomiles se han convertido en templos de referencia para la mayor parte de la sociedad. Conquistas contra los elementos, autoconocimiento y sufriendo se dan la mano en un ejercicio de estoicismo difícil de describir. E incluso de entender para quienes no comparten la afición. Es lógico, pero no deja de formar parte de la identidad de un pueblo sinuoso en lo geográfico y tradicionalmente enfrentando con los elementos. El sacrificio y el esfuerzo resultan innegociables, sacralizados incluso. En ocasiones, demasiado.

En una lógica secuencial, los deportes populares vascos, basados en un alarde de ímpetu en su mayoría han sido desplazados hacia los éxitos en la montaña. Bien sea con la bicicleta donde hemos visto a ciclistas vascos imponerse en algunas de las cimas más míticas como el Mont Ventoux, Zoncolan o Alpe D’Huez. Actualmente, el mejor corredor vasco es Mikel Landa, especialista en cuanto la carretera se empina. Arriba, cuanto más mejor. Y todavía más, cerca de las estrellas, en el límite de lo humano, los alpinistas. Allí donde apellidos como Zabaleta, Iñurrategi, Vallejo, Zabalza, Zerain, Pasaban, Ochoa de Olza u Oiarzabal se han convertido en leyenda. El mismo lugar donde se han quedado muchos sueños. Un riesgo vital asumido desde la pasión.



La semilla de «Tximist»

En los setenta, una sociedad que necesitaba motivaciones, referencias y éxitos colectivos surgió la expedición «Tximist”, la primera que intentó hacer cumbre en el Everest. No fue posible, pero colocar la Ikurriña en la cima del mundo tenía un valor similar a la de llegar a la luna. Era un ejercicio de afirmación. En un equipo compuesto por Felipe Uriarte, Alfonso Alonso, Juan Ignacio Lorente, Luis M.ª Saenz de Olazagutia, Francisco Lusarreta, Angel Alexandre Rosen, Juan Carlos Fernández, Luis Ignacio Domingo Uriarte, Julio Villar, Angel Landa, Luis Abalde, Ricardo Gallardo, Juan Cortázar, Angel Lerma, Rodolfo Kirch y Fernando Larruquert, tocaron el techo del mundo con la punta de los dedos. Se quedaron muy cerca, superando los 8000 metros, pero no puedo ser. El Everest se convirtió en una especie de obsesión, un reto colectivo que se debía alcanzar.

Y así ocurrió en mayo de 1980, cuando el hernaniarra Martín Zabaleta consiguió poner la enseña vasca y la bandera antinuclear en el Everest. Lo hizo acompañado del sherpa Passang Temba, figuras habitualmente olvidadas y absolutamente imprescindibles, especialmente en las primeras ascensiones. El éxito fue el preludio de los triunfos vascos en la Liga o la irrupción de una nueva generación de ciclistas vascos que hizo vibrar a los aficionados. El contexto político y social del país resultan inseparables de la atmosfera que rodeó a aquellas proezas deportivas. La necesidad de alegrías colectivas, celebraciones públicas en positivo y la sensación de contar con elementos sociales y competitivos propios endulzaban a una sociedad azotada por los años del plomo, la guerra sucia, una brutal crisis económica o una letal irrupción de la droga.

 

 

El éxito de Zabaleta y su expedición el 14 de mayo de 1980, convirtió el regreso del hernaniarra junto a Juan Ramón Arrue, Xabier Erro, Xabier Garaioa, Juan Ignacio Lorente, Kike de Pablo, Ángel Vallejo Rosen, Luis María Sáenz de Olazagoitia, Felipe Uriarte, Joxe Urbieta Takolo, Emilio Hernando y Ricardo Gallardo –estos tres últimos fallecidos ya- en un apoteosis. Su llegada al viejo aeropuerto de Sondika donde fueron recibidos como héroes en la propia pista o el homenaje popular en el pabellón de La Casilla fueron prueba de ello. No eran los Beatles ni les hacía falta, habían entrado para siempre y por la puerta grande en la cultura popular. En el imaginario de toda una generación, la que salía de la dictadura y buscaba referencias de libertad. Y la montaña se las otorgaba. Fue la primera expedición del Estado español en alcanzar el Everest y el propio Zabaleta se encargó desde el primer momento en remarcar el origen e identidad vasca del Everest. La ikurriña ya estaba en la cima del mundo y lo hacía antes que la rojigualda. Un hecho que para nada era baladí en aquellos tiempos, significaba la particular conquista del techo del mundo. Después llegaría el ganar al Madrid o el Barcelona de Maradona y Schuster en las Ligas de la Real y el Athletic, las etapas de Marino o la monumental pájara de Julián Gorospe en Serranillos.

 

 

Éxitos y tragedias vascas

El hito dejó huella y el alpinismo se hizo con un hueco también en la televisión pública del Estado mediante un programa cuyo nombre lo dice todo: “Al filo de lo imposible”. Los grandes retos, al límite, entre la vida y la muerte, un cierto funambulismo entre el éxito y la eternidad. Una aventura que comenzó en 1982 y donde los vascos han tenido un protagonismo especial. Conociendo los éxitos o frustraciones de los hermanos Iñurrategi, Juanito Oiarzabal, Edurne Pasaban, Juan Vallejo, Alberto Zerain, José Ramón Agirre, Mikel Zabalza o Josu Bereziartua. La búsqueda de los ochomiles no ha estado exenta de críticas en los últimos años, al igual que la crudeza de algunos de sus documentales. Y es que esas expediciones también se han saldado con momentos dramáticos, fundamentalmente los de las muertes de Javier Iturriaga, Manuel Álvarez, Antonio Miranda, José Omar Fernández y Atxo Apellaniz. El alpinista vasco falleció en 1994 en el descenso del K-2 por agotamiento e incluso se pudieron escuchar sus últimas palabras mientras era ayudado a bajar hasta el campamento base por el bilbaíno Juanjo San Sebastián que sufrió la amputación de ocho dedos. Un trance por el que también han pasado Oiarzabal y Pasaban.

 

 

En 1999, los hermanos Iñurrategi pusieron en marcha el proyecto «Oinak Izarretan» –«los pies en las estrellas»- e incluso llegaron a tocarlas. Sin embargo, en el descenso del Gasherbrum II Felix Iñurrategi falleció al sufrir un fatal accidente. Una desgracia que heló y conmocionó a la sociedad vasca. Uno de sus héroes más carismáticos, representantes de la nueva generación de alpinistas, se quedaba por el camino. Un impacto que se volvió a repetir con la muerte de Iñaki Ochoa de Olza. Las fuerzas se le agotaron en mayo de 2008 en el Annapurna. Alpinistas de todo el mundo se aliaron y unieron sus fuerzas, superando los elementos de forma impresionante, para intentar salvarle. El esfuerzo, no obstante, fue en vano. La demostración de solidaridad, inmensa.

Un deportista total

Sus nombres son los que marcaron el camino, dejando un legado imborrable. Unos ejemplos que abrieron el camino a una nueva generación. En la misma, sobresale Alex Txikon, el deportista total. El menor de 13 hermanos, natural de un pueblo marcado por la actividad de la cementera, a medio camino entre el valle de Arratia y la parada del tren que conecta con la capital vizcaína, Txikon ha sabido destacar en todas las disciplinas. Valiente, trabajador y amante de los retos. Hace suyas las estrofas del grupo Berri Txarrak, uno de sus preferidos, para subrayar que la pasión es un elemento irrenunciable, al igual que entiende que nada se detiene, todo muta y evoluciona, por lo que la superación y los alicientes personales son imprescindibles.

 

 

El alpinismo, el salto base – que ha dejado de lado tras los últimos accidentes sufridos por algunos de sus compañeros- o sus pinitos como aizkolari le definen como un todoterreno. Conoce la era del profesionalismo y la masificación, buscando retos que le lleven por encima de lo posible. El último, ser el primero en subir el Nanga Parbat en invierno, es decir superar el ascenso a la que se conoce como «la montaña asesina». Con una dureza máxima, ha sido capaz de conseguirlo ganándose un hueco en la historia. Un premio a la tenacidad, la constancia y la pasión. En su equipo, Daniele Nardi, Ali Sadpara, Janusz Golab e Igone Mariezkurrena. Los italianos  Tamara Lunger y Simone Moro fundieron su expedición con la de Txikon en el propio Nanga Parbat. El catalán Ferrán Latorre no acudió a última hora.

Una vez lograda la proeza ahora toca regresar. Utilizará el mismo método que para subir, paciencia y seguridad. La gran historia del deporte vasco tiene en Alex Txikon un nuevo nombre en letras de oro. Cercano, amable, divertido, arriesgado, multidisciplinar y exitoso.

 

Beñat Zarrabeitia

 

Fotos: Alextxikon.com, Auñamendi y Roberto Zarrabeitia

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