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Ay Carmena, ay Carmena…

Me cuento entre esas personas a las que algunas músicas se les quedan pegadas durante horas y horas en la cabeza. Y, a veces, cuando mi mente divaga, tengo tendencia a cambiarles la letra automáticamente. Una vez topé con un estudio de una universidad británica que explicaba la relación de todo esto con el córtex cerebral, pero era demasiado difícil de entender.

El caso es que llevo varios días tarareando "Ay, Carmena, ay, Carmena" remakeando el "Ay, Carmela" que entonaban con brío los republicanos de la Guerra del 36. Hasta allí parece que hemos retrocedido entre historias de guiñol, censura y represión. Como en el teatro de marionetas, cada uno cumple su papel y, en esta obra, la alcaldesa es culpable. Por varios motivos, que en esta grave historia de los titiriteros llevados a la cárcel, Manuela Carmena va encadenando un error tras otro.

En primer lugar, la institución que ella representa denunció a dos titiriteros por representar una obra de teatro. Así de simple y grave. La línea roja de la libertad de expresión ha cruzado toda la gama del arco iris, desde el rojo al morado de la división más azul.

Esto sucedió, entre otros motivos, porque no asumió la responsabilidad que correspondía a la institución, la de haber contratado una obra no conveniente para un público infantil. En lugar de hacerlo, mató al mensajero.

Días después volvió a equivocarse al no pedir perdón a los dos encarcelados y sus familias, cuando sí lo hizo –profusamente, y con todo tipo de variantes– a los padres de los niños que acudieron a la representación.

Y, además, con su sometimiento a la presión del sistema, ella, representante de los antisistema, ha reducido el espacio de las libertades públicas hasta dejarlo más estrecho que el hueco por donde salen los muñecos del guiñol.

A ver si encuentro algún ritmo jamaicano que se adueñe de los pliegues de mi memoria, porque el «Prometemos combatir, Ay Carmena, Ay Carmena…» está resultando demasiado inconexo.

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