05/11/2017

Reportaje
 
Matagi, cazadores en vías de extinción

Los matagi son cazadores tradicionales que viven en pequeños pueblos y aldeas en los altiplanos del norte de Honshū, la isla principal de Japón. Su principal presa es el oso negro japonés, una subespecie catalogada como vulnerable y amenazada según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN). A raíz de los incidentes de Fukushima en 2011, el Estado prohibió a muchas comunidades matagi comercializar la carne de oso, debido al alto riesgo de que esta estuviera intoxicada por la radiación. Ahora se enfrentan a una más que probable extinción de su herencia cultural.

Alex Rodal
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Existe la percepción generalizada –sobre todo en el ámbito urbano– de que la caza es, no solo incompatible con la preservación de la naturaleza, sino incluso antagónica a la misma. Sin embargo, en Japón, una comunidad de cazadores tradicionales conocida como los matagi ha defendido y demostrado durante décadas que esa premisa no siempre es cierta. La cacería que este grupo lleva a cabo se fundamenta siempre en los principios de necesidad, proporcionalidad y en el respeto máximo al entorno natural donde habitan. Valores vinculados a un gran misticismo y a un fuerte patrimonio cultural que han heredado de generación en generación y que aún conservan, a pesar de haber evolucionado en muchos aspectos.

No obstante, sus filas no dejan de menguar, principalmente debido a que, el Japón del siglo XXI –moderno, altamente globalizado e industrializado–, no resulta igual de atractivo para los jóvenes la perspectiva de una vida en las montañas nevadas, ni el enorme esfuerzo físico que implica llevar una vida de cazador. En el contexto socioeconómico actual los valores de su cultura ya no germinan con la misma fuerza, pero cabe destacar que también son muchos los factores externos que han contribuido, y en gran magnitud, a que tanto su legado como su estilo de vida se enfrenten a un irónico destino: la extinción.

Amenaza nuclear. En el año 2011, un terremoto de 8,9 grados provocó una serie de accidentes en la central nuclear de Fukushima, alcanzando el nivel 7 según la Escala Internacional de Eventos Nucleares (INES, por sus siglas en inglés). Debido a la radiación que se desprendió, como consecuencia «nos pararon los pies», lamenta Endo-san, líder de la comunidad matagi de Oguni, un pueblo situado en la prefectura de Yamagata: «Se prohibió distribuir y consumir la carne de aves y mamíferos salvajes; y se estableció una barrera por todo el país para controlar el consumo». El impacto de estos incidentes, tan lejanos y ajenos al entorno rural, fue mayor para una subcultura como los matagi, que durante siglos han encontrado en la caza su principal método de subsistencia. Privados de esta actividad, se vieron obligados a emplearse en otros oficios, incluso migrando al ámbito urbano.

Aunque el año pasado se levantó el veto –con ciertas restricciones, como la obligación de comprobar que los animales capturados no hayan sido expuestos a una radiactividad mayor a los cien becquerels– y los matagi pueden volver a practicar la caza, estos últimos años han pasado factura entre sus filas.

«Cuando surgieron los primeros problemas por culpa de la radiación, los miembros de más edad empezaron a abandonar la asociación de caza porque creían que era absurdo y una estupidez tener que entregar la carne que habían conseguido a otras personas (las autoridades pertinentes)», reconoce Endo, el carismático y anciano cazador. Después de ese episodio, muchos siguieron sus pasos y se retiraron: «Tras el accidente de la central nuclear, en toda la prefectura de Yamagata éramos unos 2.100 cazadores, mientras que el año pasado se registraron solo unos 1.500 miembros. La cifra ha descendido como un ascensor sin freno en los últimos cuatro años», apunta Endo, quien a su vez explica que «por culpa de los desastres naturales y de la radiación, hemos perdido muchos miembros y hemos pasado por momentos muy duros». En su región, el número de personas que se ha unido a la asociación de caza ha sido equivalente a las que se dieron de baja: «Solo unos 107 miembros nos vamos manteniendo», lamenta.

Aparte del descenso de componentes, los matagi se enfrentan a otro problema: la incapacidad de rejuvenecer su sociedad, ya que «a nivel nacional la media de edad de los cazadores es de 58 años, mientras que en la prefectura de Yamagata es de 61 años y en la aldea de Oguni alcanza los 63», explica el líder de esta comunidad matagi. Según datos recientes publicados por el Ministerio de Medio Ambiente japonés, el número de titulares de una licencia de caza ha decrecido, a nivel nacional, desde los 518.000 (1975) hasta los 194.000 (2014). Resulta muy significativo además, y en clara consonancia con el caso particular de los matagi, que los cazadores mayores de 60 años representasen hace cuatro décadas el 9% del total, mientras que a día de hoy suponen el 66,5%. El envejecimiento es evidente. «Por eso mismo nuestra prioridad, y en lo que nos concentramos ahora, es en buscar y reclutar a personas más jóvenes», relata Endo.

El problema se acentúa cuando descubrimos que la propia existencia de los matagi, y por supuesto sus orígenes, son mayormente desconocidos incluso entre la propia sociedad japonesa. Todas las enseñanzas referentes a su cultura se han transmitido de padres a hijos –mediante el boca a boca y la experiencia constante en las montañas–, por lo que resulta común y lógico que en las urbes no se haya oído hablar de ellos. Su herencia cultural está en riesgo de extinción, pero no se atisba el modo de proteger y preservar una comunidad que pasa totalmente desapercibida. Su historia terminará algún día, y todo apunta a que nadie les echará de menos.

Un origen misterioso. A mediados del siglo XV, en el “período de los estados en guerra”, llamado período Sengoku, Japón se hallaba inmerso en una larga y cruenta guerra civil que parecía no tener fin. Como en todo conflicto bélico, la escasez de alimentos y materia prima acabó siendo un problema grave e ineludible. Cuando, en 1543, los portugueses introdujeron en suelo japonés los primeros arcabuces no solo cambiaron el transcurso de la contienda, también iniciaron un proceso de transformación en su sociedad.

En este contexto convergieron los factores propicios para que la caza se erigiera como una actividad económica y un método de subsistencia de vital importancia. Los habitantes de las zonas rurales comenzaron a adentrarse en las montañas para cazar –sobre todo en invierno, cuando la agricultura se tornaba impracticable– y suplir la demanda general de carne, pieles y otros productos derivados de la misma. Se cree que fue en este preciso momento cuando en las regiones montañosas de Tōhoku –al norte de Honshū, la principal isla del archipiélago nipón– nació la figura del cazador matagi.

Interesados en prácticamente cualquier mamífero, su presa más primordial, emblemática y valiosa ha sido durante siglos el oso negro japonés; una especie catalogada actualmente como vulnerable, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Debido a la ferocidad del animal y a la peligrosidad del terreno, los matagi adoptaron la necesaria costumbre de cazar siempre en grupo y formar comunidades fuertemente unidas, tanto por sus intereses económicos y vitales como por sus vínculos religiosos y espirituales.

Aunque esta es la versión histórica más aceptada, lo cierto es que el origen de los matagi como una subcultura propia, así como de sus tradiciones y creencias, no está exento de leyendas y misterios. Ni siquiera el fotógrafo y experto en la materia Yasuhiro Tanaka, que ha convivido y trabajado con ellos por más de treinta años, conoce todas las respuestas. Tanaka, quien a raíz de sus múltiples aventuras con los matagi ha redactado multitud de libros sobre diversos aspectos de su cultura, explica que «probablemente la caza exista en Japón desde la Edad de Piedra, pero no hablamos de esos cazadores como si fueran matagi».

«La cultura matagi implica una forma muy rigurosa de entender la caza, y una actitud muy específica respecto a la naturaleza», defiende Tanaka solemnemente, sentado sobre el tatami de un viejo cobertizo en la remota aldea Animatagi. Situado en la prefectura de Akita, este pueblo es conocido entre los locales como “el hogar (original) de los matagi”.

Incluso el significado del término matagi es un enigma en sí mismo, con acepciones muy diversas tales como “cazadores de invierno” o “más fuertes que un demonio”. Como afirma el propio Tanaka, «nadie sabe con certeza cuándo se acuñó y se empezó a emplear el término». En cualquier caso, ninguna de esas alternativas convence al veterano líder Endo, quien reconoce que la palabra matagi no le gusta demasiado: «Se empezó a utilizar popularmente a raíz de la película también llamada ‘Matagi’ (protagonizada en 1982 por la ya fallecida estrella del cine japonés Kô Nishimura), pero nosotros siempre nos hemos denominado teppo-uchi, que vendría a significar ‘aquellos que empuñan un arma (para abatir a su presa)’; o en su defecto ‘caminantes de las montañas’». Según Endo, «estos son los conceptos que mejor nos definen».  

Banzaburo, padre de los matagi.  Paralelamente al contexto histórico, existen diferentes leyendas y cuentos populares que explican los orígenes de los matagi desde un prisma más religioso. Atendiendo a la región o la comunidad el relato varía, pero en todas ellas se venera a la deidad de las montañas, una figura con muchos rostros (o versiones) presente en el sintoísmo desde tiempos muy remotos. La más extendida es aquella que cuenta como la diosa del monte Nikko (prefectura de Togichi) fue atacada por la deidad del cercano monte Akagi.

La diosa del monte Nikko pidió la ayuda de un joven cazador, Banzaburo, conocido en la zona por sus legendarias habilidades con el arco. La deidad del monte Akagi se había encarnado en el mundo material como un gigantesco centípedo  –o serpiente, en algunas versiones de la historia– y Banzaburo acabó con ella disparándole a los ojos. A cambio de su meritoria gesta, la diosa le entregó al héroe un pergamino que le concedía a él y a sus descendientes el derecho, para toda la posteridad, de cazar en las montañas y bosques de Japón. De acuerdo con la tradición folklórica, cada líder de un grupo o comunidad matagi, como sucesor y heredero de Banzaburo, dispone de una copia manuscrita de ese documento, que se transmite de generación en generación.

Cazadores atípicos. Independientemente de la ambigüedad de su orígenes, de la disyuntiva en cuanto a nomenclatura, o incluso del uso de armamento e indumentarias actuales, lo que resulta innegable es que no son cazadores corrientes. Seguramente uno de los factores que mejor representa este hecho es que siempre utilizan un dialecto específico para cuando practican la caza. En palabras del representante de la comunidad de Oguni, Endo: «Una de las peculiaridades de los matagi es precisamente hablar el lenguaje de las montañas al adentrarse en ellas. Es uno de nuestros pilares fundamentales». Los matagi consideran que esto es necesario porque el idioma terrenal es inapropiado y demasiado vulgar como para ser utilizado en territorio sagrado. Además, creen que los animales salvajes a los que persiguen pueden entenderles y, por ese motivo, deben cambiar su argot durante la caza; un ejemplo de ello es que oso en japonés se dice kuma, pero los matagi le llaman itazu.

Justamente en su tesis doctoral sobre la relación del ser humano con el oso negro a lo largo de la historia japonesa, la investigadora Catherine Knight reúne y analiza las diferentes teorías y datos existentes sobre la importancia de este animal en la cultura matagi. Esta comunidad entiende que el “oso de la luna creciente” –apodado así por la peculiar marca blanca ubicada en su pecho–, es un mensajero de la Diosa de la Montaña (Yama-no-Kami), que desciende al mundo terrenal de los humanos para ofrecerles sus pieles y carnes. Debido a esa contradicción inherente en matar una figura sacra siempre llevan a cabo plegarias, así como rituales expiatorios antes y después de abatir a su presa, no solo para solicitar fortuna y buena salud durante la caza, sino también como agradecimiento y para aplacar la furia de sus deidades. Del mismo modo, estas comunidades presentan otro tipo de tabúes. Concretamente respecto a la figura de la mujer, quien en la cultura matagi tiene totalmente prohibido adentrarse al reino divino de las montañas. De hecho, tradicionalmente un cazador matagi no puede dormir –menos aún tener relaciones sexuales– con su esposa en los días previos a la cacería, ya que eso le dejaría “manchado” y “corrompido”.

Aún cuando los valores y las costumbres de los matagi son ciertamente particulares, no es fácil responder de dónde provienen. En este sentido, la ecuación sobre la identidad y raíces de esta comunidad de cazadores no puede resolverse sin introducir en ella la figura de los ainos, el peculiar grupo étnico indígena de la isla de Hokkaidō. Cabe destacar que los ainu no siempre se vieron limitados a vivir en la segunda isla más grande del país nipón, sino que hubo una época en la que también habitaban las regiones norteñas de Honshū, donde se encuentran los matagi a día de hoy.

En el siglo VIII, la corte imperial decidió expandir sus fronteras y conquistar lo que llamaban “el salvaje este”, por lo que resulta plausible que en ese período algunas de las costumbres de los ainu fueran finalmente asimiladas y adoptadas por el pueblo yamato, el grupo étnico mayoritario de Japón, del cual descienden los matagi.

Muchos expertos reconocen que existen enormes similitudes respecto a los ainu en lo relativo al lenguaje, creencias y tradiciones. Una muestra de ello es que estos también cazan al oso pardo, aunque lo consideren un espécimen sagrado, al igual que emplean un lenguaje específico en las montañas. No obstante, la naturaleza de ese vínculo no se ha podido concretar de forma concluyente, dado que los registros escritos sobre la cultura matagi son casi inexistentes o nulos. Incluso los miembros actuales de estas comunidades –quienes han aprendido todo lo que saben de forma oral gracias a sus progenitores–, coinciden con este relato. En la versión que defiende el veterano Endo, «los matagi vendían parte de lo que cazaban para intercambiarlo por arroz y otros bienes, dado que en las regiones montañosas este no puede cultivarse. Eran precisamente los ainu quienes les vendían ese arroz, y creo que esa es la forma en que ambas culturas se relacionaron».

Perspectiva de futuro. De aquí a cien años puede que la cultura matagi haya desaparecido por completo. «Cazar y recorrer las montañas es algo que entraña muchos peligros. Se necesita fortaleza física o, mejor dicho, perseverancia y fuerza de espíritu. Y las personas de hoy en día han dejado de utilizar y reconocer la importancia de ese concepto», destaca Endo, quien admite resignado: «Es un problema grave que nos afecta y preocupa bastante».

Sin embargo, incluso en tiempos tan aciagos para su comunidad, este anciano cazador aún atisba alguna esperanza, pues asegura que, «de vez en cuando, algún descendiente de matagi decide que quiere aprender y convertirse en cazador. Es en ese momento cuando las personas de su entorno, los que todavía perduramos, quienes debemos guiarle y enseñarle cuanto sabemos. Es primordial para preservar nuestra herencia cultural», reafirma Endo.  

A día de hoy los matagi se postulan como una figura fundamental para la sociedad japonesa pues, tal y como reivindica Endo y en contraposición a la visión del imaginario colectivo, esta comunidad no solo se dedica a la caza del oso: «Para prevenir accidentes en los bosques, organizamos patrullas contra incendios; y también realizamos seminarios en los que procuramos educar al resto de ciudadanos sobre la importancia de no matar animales de forma indiscriminada, solo en situaciones de necesidad real, o cuando estos suponen un peligro». Debido a su alto grado de concienciación e implicación para con el entorno que les rodea, los matagi están convencidos de que pueden actuar como defensores de los ecosistemas locales, así como promotores de una convivencia saludable entre lo rural y lo urbano, siempre en comunión y armonía con la naturaleza.

Equilibrio natural. Los matagi, a diferencia de la mayoría de cazadores modernos, nunca enfocan la caza como una actividad lúdica o deportiva. Esta comunidad considera que tiene permiso para cazar porque la deidad de la montaña se lo otorga y, por tanto, cuando ascienden a su territorio sagrado actúan con un sentido de máxima reverencia por el equilibrio natural. Abaten únicamente lo necesario para sobrevivir, vía la venta regulada o el autoconsumo, o bien con la finalidad de proteger asentamientos rurales y agrícolas de la influencia de animales salvajes. En este sentido, durante los últimos años en los que no han podido cazar debido al riesgo radiactivo, se ha vislumbrado un aumento significativo en el número de animales salvajes. Hecho que provocó «muchos problemas y dificultades, pues la vida silvestre recuperó su territorio, y empezó a invadir pueblos y cosechas. Problemas con los cuales estamos lidiando aún hoy en día», destaca Endo, quien explica que ahora «lo que procuramos es encargarnos de controlar y gestionar el número de animales de la zona» con la intención de garantizar la seguridad de sus conciudadanos y la prosperidad de la agricultura.

Para revertir su decadencia, en Japón cada año se celebra el Matagi Summit, una convención en la que estos cazadores tradicionales comparten su historia, experiencias, creencias y estilo de vida, con la intención de eliminar el estigma que les acompaña y, de ser posible, captar nuevos miembros.