22/03/2020

Reiniciar la mente asustada
IGOR FERNÁNDEZ
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Si hay algo que nos llena de ansiedad es la incertidumbre, y hoy vivimos la incertidumbre relacionada con la expansión de una amenaza a la salud pública, lo cual parece estar teniendo un impacto intenso en la vida psicológica de las personas pendientes de dicha evolución. Probablemente, entre la escritura de este artículo y su publicación se hayan tomado medidas preventivas más severas para evitar la expansión de un virus que nos rodea, con el objetivo de frenar su propagación, y al mismo tiempo, tenemos que continuar viviendo.

Incorporar la normalidad de nuevo a una situación que nos obliga a cambiar nuestros hábitos e incluso nuestras creencias, exige una asimilación que parece no tenemos tiempo de hacer; y también, al mismo tiempo, continuamos caminando. Si bien nuestra capacidad de adaptación ha demostrado ser excepcional ante los múltiples retos que hemos afrontado, también una de nuestras mayores debilidades se pone en medio: el pánico. El miedo es una de las emociones principales más primitivas, es un mecanismo maravilloso que nos permite hacer lo necesario para ponernos a salvo, incluso ante una amenaza que no está presente. De hecho, para que sea efectivo, el miedo debe movilizarnos antes de que la amenaza esté presente, para anticiparnos y salvarnos. Sin embargo, esa misma proeza de la mente –no solo de los seres humanos– es la que puede hacerse demasiado intensa y sobreestimularnos, impidiendo que pensemos con normalidad.

El miedo, como la tristeza o la rabia, emociones imprescindibles pero desagradables de sentir, es efectivo porque prevalece sobre la capacidad analítica, haciéndonos reaccionar con mayor velocidad que ante las conclusiones de esta. Ante el análisis, nuestro cuerpo se moviliza de manera diferente, más lenta, pero más precisa y eventualmente eficiente.

Pero, ¿cómo hacer posible que la mente analítica no salga corriendo ante el susto de una amenaza inesperada? Lo primero es saber que a veces no será posible, que nos asustaremos mucho y que haremos cosas que después nos parecerán desmesuradas, pero tenemos que contar con ello: que esa “reacción” haya sido la única posible en un momento determinado, dado el susto. Una vez atravesada la primera reacción, tenemos que responsabilizarnos de volver a poner en marcha nuestra mente racional, que estará conviviendo con el miedo, principalmente para no vivir en el pánico o la paranoia. La primera manera de hacerlo es tener un plan, planificar cosas nos da la sensación de control, lo que disminuye automáticamente el miedo.

Puede que no se trate de un plan que haga posible eliminar la amenaza pero sí uno de manejo. Fiarse de quien sabe más o compartir los pensamientos sobre el plan que estamos trazando es fundamental, porque otro de los factores que hará que el pánico se convierta en miedo manejable es la compañía. Sentirnos solos ante algo que nos da miedo, aumenta el miedo, porque la amenaza parece más inasumible. Al mismo tiempo, también es importante diferenciar entre planificar y obsesionar. Planificar es crear pasos de acción hacia un objetivo, mientras que obsesionarse es recorrer los “y si” con los que llenamos los huecos de información.

De aquí se deriva también la necesidad de que la información que busquemos sea fiable, porque necesitamos confiar para mitigar el miedo. Y no solo en los otros, como decíamos más arriba, sino en nuestro propio plan, en que, con información fiable, hemos trazado una línea de actuaciones en la que no estamos solos y que van dirigidas a un fin, con una probabilidad suficiente de que surtan efecto. Todo esto nos ayudará a seguir caminando con incertidumbre, sin que nuestra mente miedosa, y por tanto vulnerable, tenga que exacerbar los escenarios en busca de un futuro que no ha llegado, o que se vea obligada a desconectarse con la negación como manera de mantener el equilibrio. Ser conscientes nos hace responsables.