15/02/2015

Hermann Bellinghausen
Factura / lectura

El revolcón tecnológico que se ha llevado la lectura es brutal, pero tal vez no definitivo. ¿Cuánto cambiarán nuestras formas de pensar, leer y escribir? Como el cambio climático, es algo que sabremos después de que haya ocurrido.

Aun quienes han leído toda su vida, a lo largo de años y días, los que leen mucho y algo se les pega, los lectores porque sí, por gusto, o los eruditos, todos saben que no han leído suficiente, que siempre hay más. Aprenden a ser selectivos a despecho de su especialidad, sus intereses, gustos o alcance intelectual. Esto, que nunca fue fácil, pero solía ser estimulante incluso para los neuróticos que se sentían en falta, resulta más arduo en la época actual de transición, donde la relación humana con el conocimiento y la lectura deja de ser lo que era para transitar a otra condición cognitiva de la lectura, donde la forma libro, incluso la forma letra, sin necesariamente desaparecer, ya no ocupan el centro de la operación y tal vez nunca vuelvan a hacerlo.

En los tiempos en los que la representación gráfica ilustraba al texto, aun en tiempos del cómic semileído, o cuando lo que había eran libros y revistas (no hace tanto, un par de décadas), era posible seguir el hilo de las obras, las ideas, los rumbos verbales de las lecturas que cada quien construía en el acto. Uno elegía de entre los libros disponibles, o los periódicos, o las secciones de estos, cosas así.

Había bibliotecas y sus entrañables ratones, librerías de nuevo y de viejo, las colecciones de los amigos, mesas de lectura en el bosque... Se comía con un libro enfrente, se iba al retrete con las noticias, y por furia o necesidad uno usaba la página para limpiar las partes involucradas. Se iba a la cama con un libro, y lector y volumen se pasaban horas juntos. En ocasiones absorbentes, el lector amanecía con el libro y los ojos todavía abiertos.

No es que ya no suceda (aunque cada vez menos), sino que ahora eso, o algo similar, sucede de otra manera. La gente lleva a la cama ordenadores, tablets, dispositivos telefónicos donde lee y mira sin cesar, escribe, interactúa con el texto de manera inimaginable para el lector anterior, que a lo más se atrevía al lápiz para subrayar o escribir en las márgenes del texto.

¿Se lee más o menos? ¿Mejor o peor? A caballo entre las tres o cuatro generaciones vivientes, las viejas y las nuevas formas de lectura y escritura aparecen imbricadas, revueltas. ¿Cuánto más durará esta interfase? Pareciera que se pueden alcanzar conocimientos sólidos en materias prácticas, científicas, históricas, literarias o filosóficas sin haber abierto un solo libro de papel. De manera harto conveniente, las máquinas proporcionan sus instrucciones de uso, que se actualizan solas constantemente. La Summa universal está en el aire, en la nube, en el éter. Sin embargo, sobrevive la sospecha de que el verdadero conocimiento reside en la letra impresa, y los escritores todavía otean la posteridad en la medida en que ven sus páginas publicadas, con portada, lomo y gramaje. Un aspirante a la presidencia, cebado solo en la televisión, puede hacer todavía el ridículo por no conocer tres libros; quizá pronto eso sea irrelevante.

Era heroico dar con una “Enciclopedia Británica” o alguna similar, acudir, sacar el tomo deseado, visitar la entrada; o recorrer los meandros hasta perderse en aquel compendio de saberes necesarios o prestigiosos. ¡Tomar nota! ¡Memorizar! No, que ahora bastan unos cuántos distraídos clics (se aceptan faltas de ortografía en la búsqueda, la máquina es más lista que nosotros), y a veces una tarjeta de crédito, para acceder a la información. Con mover un dedo, literalmente. Copias y pegas. Hay quien alega, basándose en argumentos pedagógicos o neurocientíficos, que eso no es leer, solo navegar, un conocimiento simulado y superficial. Pero entonces, ¿dónde queda el derecho a la diletancia, la divagación, el montaje personal y el azar, tan sagrado para el lector de libros? Sin retroceder más allá del siglo pasado, cabe preguntarse cómo hubieran navegado Benjamin, Torri, Borges o Blanchot. Gracias a Goggle y Wikipedia, y en general el supermercado de la información, reinan el plagio (involuntario o no según el grado de ignorancia del usuario), la falsa erudición, la trivialidad repetida en millones de visitas rastreables e identificables. Ya existen allí policías, espías y ladrones que roban a los ladrones.

El revolcón tecnológico que se ha llevado la lectura es brutal, pero tal vez no definitivo. Algunos, en las primeras generaciones posteriores a la fractura tecnológica encuentran nuevos usos, valores y belleza en producir libros físicos, impresos. La lectura será minoritaria, aun si contamos el mercado comercial trasnacional. El impacto de lo nuevo es fuerte. ¿Cuánto cambiarán nuestras formas de pensar, leer y escribir? Como el cambio climático, es algo que sabremos después de que haya ocurrido.