13/06/2018

Carlos GIL
Analista cultural
Mucho más que una duda razonable

Cierta postura progresista ha mantenido una estigmatización de la televisión. Un discurso anclado en una realidad mutada. La influencia social, política y cultural de la televisión es innegable. Su capacidad para producir una alienación programada en amplios sectores sociales cuesta rebatirse. No es el invento lo que es pernicioso, sino su utilización. Por lo tanto, hay que empezar a matizar mucho en la crítica porque parece que todos están de acuerdo en señalar que se está produciendo las mejores narraciones audiovisuales directamente para la televisión.

Guionistas, directores actrices de primera categoría del cine han traspasado la frontera y participan en magníficas series. Entra en lo que podríamos considerar cultura de gran entidad, no solamente en entretenimiento desmotivador. Incluso con contenidos de marcada tendencia política fuera de lo habitual. Un compromiso estético, ético y político. Una evolución. Una posibilidad de convertirse en un elemento cultural de gran importancia.

Por ello, más que una duda razonable, el nombramiento de Màxim Huerta como ministro de Cultura, nos coloca ante una angustia. Viene de la televisión, pero de la de peor calaña, la anticultural, la enajenante. No se conoce de su labor nada más que una editorial muy comercial le publica novelas. Nunca se ha significado en asuntos de esta índole. Para mayor abundamiento sabemos que le alquilaba un piso a otro presentador de televisión. Asunto poco cultural.