15/06/2018

La aventura animada en el Gran Norte
Mikel INSAUSTI
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Las nuevas generaciones tienen la oportunidad de acercarse a la literatura de Jack London a través de una meritoria producción animada europea, que adapta su contenido a un público familiar. Todo lo contrario de la versión que hizo el italiano Lucio Fulci en 1973 con protagonismo de Franco Nero, y que era de una extremada violencia. Sería corregida por Disney en 1993 con una realización de Randal Klaser más edulcorada, pero que reúne el atractivo de presentar a un joven Ethan Hawke. Hubo una secuela titulada “Vuelve colmillo blanco” (1994), mucho más olvidable y que impidió la continuidad de estas aventuras filmadas en acción real. El nuevo “Colmillo blanco” deja las escenas más violentas en fuera de campo, conservando el espíritu del original en lo tocante a la descripción de cómo la vida salvaje se degrada al entrar en contacto con la civilización y la codicia humana a la hora de explotar los recursos naturales y, más en concreto, a los animales.

El perro lobo es criado por el jefe nativo Castor Gris, pero pronto será codiciado por un indeseable que representa lo peor de la colonización, del que será finalmente rescatado por una pareja de granjeros.

Más allá de las variaciones argumentales al conocido texto, lo que sorprende y resulta diferenciador es el tratamiento visual. La falta de medios, en comparación con los presupuestos de los grandes estudios (ha contado con alrededor de diez millones de euros), fuerza la imaginación, y así el detalle del 3D es reemplazado por áreas planas de pintura en los rostros, lo que conjugado con la naturalidad de acción humana que otorga la captura de movimiento, crea una sensación de inmersión en los grandes horizones paisajísticos del Yukon. La cámara se sitúa a la altura de los animales de cuatro patas, con la perspectiva del perro mediante planos en contrapicado.