12/09/2018

Cuando tropiezas una y otra vez en la misma piedra
Koldo LANDALUZE
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En “Cuando los ángeles duermen” topamos con el enésimo ejemplo del joven cineasta que se sabe al pie de la letra cada uno de los resortes técnicos que otorgan empaque a un filme comercial. Lo malo de este asunto que comienza a ser un tanto reiterativo es que el maravilloso castillo visual se derrumba a las primeras de cambio por una cuestión lógica, si las bases argumentales apenas se sostienen, el resto cae por su propio peso. Es una lástima que la carrera de Gonzalo Bendala haya optado por la vía fácil a la hora de intentar seducir al mayor número posible de espectadores mediante un discurso formal de índole hollywoodense porque en su primera película, “Días rojos” se intuía en su trasfondo todo el espíritu y emoción que adolece en esta su nueva realización. Podría decirse que, con el paso del tiempo, Bandala se ha esforzado al máximo en curtirse en el medio haciendo especial énfasis en su apartado de narrativa visual, lo cual es válido pero no suficiente. La tensión funciona cuando la cámara capta con precisión los encuadres y la premisa de este thriller resulta estimulante, el progresivo descenso a los infiernos de un hombre de clase media cuya vida dará un giro imprevisto tras atropellar accidentalmente a dos jóvenes.

A partir de este episodio, asistimos al progresivo derrumbre de un personaje común atrapado por su monstruo interior. Lo malo del argumento es que a medida que avanza el metraje aumenta su inverosimilitud hasta llegar a unos extremos realmente sicotrónicos. Otro elemento que no ayuda a que el conjunto se salve es el diseño del desgraciado protagonista encarnado por un Julián Villagrán que sufre lo indecible intentando reflotar un personaje que se pasa de frenada y metiéndose en la piel de un hombre de nula personalidad e incapaz de afrontar el encadenado de sucesos dramáticos que le asaltan en su viaje hacia ninguna parte.