11/10/2018

Un cuento gótico para público familiar
Mikel INSAUSTI
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No creo que sea deliberado, pero Tarantino siempre se ha rodeado de colegas de profesión que difícilmente podrían hacerle sombra, y entre sus mejores amigos se encuentran Robert Rodríguez y Eli Roth, que han practicado el cine de género con poca fortuna. Eli Roth se inició en el terror con “Cabin Fever” (2002) y “Hostel” (2005), y después de la obligada secuela de su segundo largometraje no ha recuperado ni siquiera el favor de la audiencia más proclive a las películas de sustos. Tal vez por ello se haya decidido a probar suerte con una película de miedo, pero dirigida al público familiar, ya que se basa en una novela gótica para adolescentes que John Bellairs escribió en 1973. En teoría podría parecer que la adaptación llega tarde, porque ya se han hecho muchas otras cintas de temática similar, si bien comercialmente ha tenido una respuesta positiva, recuperando la inversión inicial de 42 millones de dólares.

La aceptación se debe en parte a su tono nostálgico, que mira hacia el terror infantil que había en muchos de los éxitos de la productora Amblin en los años 80. Y que para ese viaje no podía haber encontrado mejor conductor que Jack Black, actor carismático donde los haya que sabe meterse a la audiencia en el bolsillo con su divertido histrionismo, una vez más justificado por el papel de brujo, que recurre a la magia para todo cuanto con sus gestos y ademanes no puede conseguir.

Otro aspecto que le añade encanto a la función es la ambientación en los años 50, que dota al enfoque retrospectivo de un magnífico entorno para la verdadera protagonista escénica, que es la vieja mansión del reloj. Se supone que perteneció en el pasado a un brujo malévolo, por lo que sus actuales inquilinos deberán luchar contra sus maleficios. El personaje de Jack Black adopta a un sobrino huérfano que se mete en líos.


 

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