09/11/2018

Tu cara me suena
Mikel INSAUSTI
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El otro día un espectáculo de tributo a Queen llenaba el Navarra Arena con más de cuatro mil espectadores en sus gradas, cantidad de público que la mayoría de grupos genuinos jamás podrán reunir en sus conciertos. ¿Por qué unos imitadores son capaces de competir con artistas originales y quitarles su pan? Porque ya no hay cultura musical, y lo que se explota es el fenómeno fan y la mitificación o el culto a la fama. En esta nueva situación de mercado Queen, como grupo especializado en llenar estadios, tiene mucho que ganar, aunque su caristmático líder esté criando malvas. Se hace la correspondiente película, y se busca un “impersonator”, alguien que suplante al malogrado Freddie Mercury, igual que en los talent shows televisivos de imitaciones a cantantes famosos.

Que Rami Malek se parece, que no se parece, pero qué más da. Si al final todo es cuestión de echarse unas risas con su imitación, lo mismo que habría sucedido con el inicialmente previsto Sacha Baron Cohen. El objetivo del manager de Queen y de los responsables del grupo es quitar hierro a todo lo relacionado con la vida de excesos que pudo llevar hasta su muerte Mercury, haciendo una alegre y cantarina comedia musical para todos los públicos. Hasta tal punto llega el edulcoramiento del biopic central que se convierte en un entretenimiento ideal para la audiencia familiar que volverá a ver “Bohemian Rhapsody” en las sobremesas frente al televisor.

Lo más gracioso de la película es la caracterización de un irreconocible Mike Myers como villano de la función, que al final tiene su merecido por ser un ejecutivo muy maligno que no quiso apostar por el éxito masivo de Queen. Encaja con el tono pueril más propio de un musical montado para la función de teatro escolar, y también con la idea maniquea que se tiene del negocio del rock, en la que los artistas bajo contrato aparecen como los buenos de la película.