07/12/2018

Carlos GIL
Analista cultural
El imparable turismo que nos consume

En un lugar de los Andes, cuyo nombre es muy fácil de recordar, veo un cartel en un lindo espacio de artesanía, donde se lee: “antigüedades recién hechas”. No se puede mejorar. El turismo requiere de recuerdos certificados para justificar su destrozo de la naturaleza y de los patrimonios. Por eso, la sinceridad de ese puesto, me ha iluminado desde entonces ya que uno se metaboliza sin querer en turista, por el simple hecho de estar en esos lugares donde lo importante es que cada individuo salga con algo que dirá la llegar a su casa que es original, único, que tiene poderes mágicos, que sirve para entender la cosmogonía andina. O tropical. O meridional. Da lo mismo. Las fuerzas telúricas pueden traspasarse por los olores, el paisaje, la poesía o los cantos, casi todo intangible, pero un trozo de una puerta del siglo XVII tiene que ser siempre una antigüedad recién hecha. O es un latrocino.

Nuestros entornos se han transformado para recibir turistas, en el amplio sentido del término. Los restaurantes, los pintxos, los museos miran más al comercio turístico que al servicio a los indígenas. Nuestras villas, pueblos y ciudades se están despersonalizando. Las lonjas se han convertido en escaparates de una globalización turística. Ofrecemos parodias, eso sí, recién hechas. No consumimos turismo, el turismo nos consume.