07/08/2019

Donald Trump como parte del problema

Según la base de datos sobre crímenes extremistas de la universidad de Maryland, desde el año 2000, supremacistas blancos han matado en EEUU al menos a 87 personas. La cifra parece incluso conservadora, pero sirve para ilustrar una obviedad: la violencia de aquellos que consideran a la raza blanca superior no empezó con Trump. Pero no ser el origen de un fenómeno así no implica que uno no sea parte del problema.

Trump difícilmente puede ser catalogado como un supremacista blanco –nada en su biografía prepolítica apunta en esa dirección–; es más bien un mercader cuyo marco, aunque parezca lo contrario, acostumbra a ser negociador. La relación con México lo ejemplifica: empezó culpando al país vecino de todos sus males, le amenazó con unos aranceles draconianos y, cuando logró doblegar a López Obrador en la negociación sobre la gestión de los migrantes centroamericanos, este pasó a ser un buen chico. El Trump empresario hacía lo mismo: era famoso por acudir a los tribunales con cualquier pleito, pero la mayoría de las veces el asunto concluía con un acuerdo extrajudicial.

Trump es un incendiario que juega a hacerse el loco –nadie dice que no lo esté– para infundir miedo y mejorar su posición negociadora. El problema es que esa leña alimenta fuegos que no entienden de pactos. Trump saltó a la arena política atacando a Obama por sus raíces –algo que le funcionó y que ahora repite con las congresistas demócratas–, ganó la campaña prometiendo un muro en la frontera sur, ha detenido a cientos de migrantes –incluidos menores– y sonrió en mayo cuando, al preguntar en un mitin qué debían hacer con los que cruzan la frontera clandestinamente, alguien contestó: «¡Dispararles!». El supremacismo blanco existía, pero apoyándose en él, Trump le ha dado un impulso con el que nunca hubiesen soñado sus ideólogos; es bastante sencillo concluir que una persona como el autor de la masacre en El Paso puede sentirse más legitimada con la actual Casa Blanca. Pronunciar después una burocrática condena no cambia esta realidad.