16/08/2019

Raimundo Fitero
Negligencia

P reciosa palabra: negligencia. Si le añades por delante o por detrás el adjetivo macroscópica, te queda una idea rotunda, una definición finalista. Si además está en uno de los considerandos de una sentencia de un tribunal para reclamarle una indemnización al que la clava, es decir el arquitecto trampa: Santiago Calatrava, por un puente en Venecia que ha sido un escándalo de principio a fin, estética, arquitectónica, económica y políticamente. El desvío presupuestario en su construcción ha sido sólo de cuatro millones de euros, pero siguen gastándose dinero en reparaciones porque había puesto en el suelo algo transparente y la gente se resbalaba, se dejaba la crisma con frecuencia. 

O sea, repitió su aireada y judicializada negligencia de su puente de las mil caídas de Bilbao. En Italia le han clavado una multa de setenta y ocho mil euros. Nada, unas migajas para el mayor hacedor de monstruos y colaborador áulico con todas las corrupciones mayestáticas y faraónicas de alcaldes, gobernadores y presidentes autonómicos. Su historia de desaguisados y estafas es histórica. Venecia se hunde, y el puente ha sido un peso añadido para impedir su reflotamiento.

Se han planteado su demolición.  Me empuja desde hace un buen rato la imagen de un pelotari cortándole el cuello a un ave viva de un mordisco. No la soporto. Es superior a mi macroscópica negligencia animalista. No sé si es un rito, un juego pretérito de gañanes mostrando testosterona que nubla la inteligencia o de qué hablamos, pero es repugnante, troglodita. Y si se ha dejado grabar de manera tan clara y explícita es porque considera que lo que hace es algo a enseñar a los demás, que posiblemente lo honra o lo convierte en un miembro de una secta donde escasean las neuronas pares. Esta exhibición impúdica es lo que me deja más sorprendido.