04/12/2019

Carlos GIL
Analista cultural
La edad confirma la biografía

Debe ser justo, al menos sucede de manera rutinaria. Todas las generaciones consideran que tienen tapones por encima suyo que les impide desarrollarse de manera adecuada. Los lugares de máxima responsabilidad acostumbran a estar ocupados por personas que pueden presentar una hoja de servicios abultada y que, además, tienen una edad que se acerca más a la jubilación que a las becas. ¿Es lógico que así sea o es un defecto estructural porque la gerontocracia impera de manera sospechosa, al menos en los asuntos culturales? La experiencia debe ser un valor, siempre que sea una experiencia vital, activa, que no se queda en el dogma del tiempo pasado, sino que, partiendo de lo vivido, de lo hecho, se esté en disposición de aceptar los cambios existentes, los movimientos que van produciendo a lo largo de los tiempos. En la cuestión creativa, es donde la edad no importa de manera decisoria. Puede una joven pianista copar todos los laureles. Un escultor de mediana edad puede entrar en el momento de máxima capacidad expresiva. Lo mismo que un dramaturgo octogenario puede proporcionar una pieza inconmensurable que la ponga en pie una joven directora de treinta años, o que una coreógrafa de setenta años sea la más lúcida o la más importante manejando los lenguajes escénicos más innovadores.

En estas cosas de la cultura, del arte, la edad es una confirmación biográfica, ni un plus, ni un problema para nada. En la gestión cultural el asunto entra más en el derecho administrativo.