18/02/2014

Manuel Millera
Miembro de Attac Navarra-Nafarroa
Novecento: la «Fiumana»

«Una riada humana que avanza, de frente, sin miedo, despacio pero decididamente» inmortalizada por el cuadro de Giuseppe Pellizza da Volpedo «El Cuarto Estado», de 1901, popularizado luego por la película «Novecento» de Bernardo Bertolucci, es el símbolo que rescata el autor para poner en valor la importancia de las Marchas por la Dignidad. Y así, mientras que «El Cuarto Estado» y «Novecento» han sido capaces de representar los valores de la izquierda durante más de un siglo, considera que esas Marchas expresan los mismos valores «con nuestras armas»: zapatos para caminar juntos, manos para una hilera humana que anuncie el fin de las cadenas opresoras, cerebros para pensar y ojos para ver el camino hacía el futuro, que distingan amigos de enemigos.

«Los fascistas no son como los hongos, que nacen en una noche, no. Han sido los patronos los que han plantado a los fascistas, los han querido, les han pagado. Y con ellos, los patronos han ganado cada vez más, hasta no saber dónde meter el dinero. Y así inventaron la guerra, y nos mandaron a África, a Rusia, a Grecia, a Albania, a España,... Pero siempre pagamos nosotros. ¿Quién paga? El proletariado, los campesinos, los obreros, los pobres...» Olmo

La «fiumana» significa la riada humana. Una multitud que avanza. De frente, sin miedo. Despacio, pero decididamente. Es casi mediodía, el sol está encima. Cuatro personajes en primer plano. Un hombre con barba y sombrero en el centro, la mano izquierda en el bolsillo; la mirada clara concede al conjunto la serenidad de una decisión correctamente tomada, entre todas y todos. En su mano derecha la chaqueta al hombro. A su lado apoyando, un compañero, también barba y sombrero, chaqueta sobre hombro izquierdo. Comparte la determinación de avanzar con la camisa desabrochada, es un descamisado. A su izquierda, una mujer descalza que abre un brazo como preguntando algo ¿Quizá hubiese empezado antes? Sostiene en su otro brazo un niño desnudo que parece morderse su propio puño, tiene hambre. Hay pobreza, pero sobre todo, hay dignidad. El grupo unido camina hacia un futuro mejor.

Es el cartel de una película. Usted lo conoce muy bien. Y «La Fiumana» el primer título que su autor quiso ponerle, luego, «Los embajadores del hambre» o «El Diluvio» aunque se terminó llamando «El Cuarto Poder». Un cuadro de enormes dimensiones, tan grande (545 x 293 cm) como los derechos y emociones que representa. Colores sepia, ocre, siena y tierra, la misma que nos alimenta. El moreno en la piel de los jornaleros, en contraposición al pálido de las clases altas, orgullosas de no trabajar al aire libre.

Elaborado por un artista comprometido, hijo de familia acomodada pero transformado por un rico proceso de concienciación social, al observar huelgas y manifestaciones populares. Giuseppe Pelliza da Volpedo lo terminó en 1901 después de 3 años de estudios y hasta 9 bocetos diferentes. Existen antecedentes, como «La Libertad guiando al pueblo» de Delacroix, aunque Pelliza quiso evitar cualquier vinculación violenta. Otros ven referencias a los clásicos italianos, desde Miguel Angel hasta Leonardo y, en concreto, de «La Escuela de Atenas» de Rafael. Cambia el protagonismo de pensadores, filósofos o sabios por la unión del pueblo. Pelliza se suicidó a los 38 años tras la muerte de su hijo y su esposa.

Podemos adivinar las cavilaciones sobre el conflicto irreconciliable entre los ideales impulsados por el arte y la dura realidad de un mundo, que nos abruma todos los días. Un drama muy acorde con su obra más conocida. Después de que los tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, no fuesen capaces de garantizar al ser humano unos mínimos dignos, la clase obrera a través del pincel de su autor, quiso mostrar que la industrialización social traía consigo una de las mayores mentiras del progreso humano: «las máquinas os harán libres». Se expuso por vez primera en la Trienal de Milán.

Bernardo Bertolucci filmó en 1976 una película de 5 horas y media, al principio, mal acogida por los críticos, hoy un clásico indiscutible, casi una obra de arte; con la grandiosidad de una ópera de Verdi. En ella se efectúa un italiano paseo por el siglo XX, a través de la amistad de los dos protagonistas Olmo Dalcó (Gerard Depardieu) y Alfredo Berlinghieri (Robert de Niro) que nacen el mismo día dentro de dos familias y dos ambientes contrapuestos, el patrono y el jornalero, con música de E. Morricone. Entre los dos, se mueve Attila (Donald Sutherland) un camisa negra que sirve y muy bien, por cierto, a quien le paga, que no desea manchar sus manos con el trabajo sucio. Se dice que el actor nunca quiso ver la película, horrorizado por su propia imagen. El camino va desde enero de 1901 hasta abril de 1945, con epílogo en la primavera de 1976. Se narra la muerte de Verdi, la huelga agraria de 1908, la Primera Guerra Mundial, la creación del PCI (Livorno, 1921), el golpe de estado de Mussolini (1922), la prohibición del PCI (1925), la Segunda Guerra Mundial, el día de la liberación (25 de abril 1945) y la derrota del fascismo.

El pasado viernes 21 de diciembre se celebró en el Centro Social Ocupado «La Traba», en el barrio de Arganzuela, un acto que, bajo el título «Ponte Flamenco», dió cobijo al cantaor Manuel Gerena, el grupo de sevillanas reivindicativas «Gente del Pueblo» y el dúo castellano «Rojo Cancionero», acompañando a Rafa Mayoral (PAH), Raquel Balbuena (Mujeres del Carbón) y Diego Cañamero (SAT) «si se levanta el pueblo entero, los vamos a derrotar». Cerca de un millar de personas abarrotaron el Centro Social, que llegó a peligrar por las presiones ejercidas por el Ayuntamiento.

Finalmente, por puro tesón y tras identificarse, DNI en boca, pudo terminar. Tras sus cantes se leyó un comunicado de adhesiones del mundo de la cultura a las Marchas por la Dignidad. Como fondo de escenario, el cuadro de la Fiumana, cuyos personajes miran de reojo y parecen bailar a su ritmo.

Durante más de un siglo este dibujo ha sabido simbolizar los valores de la izquierda. ¿Qué novela, cuadro, película o escultura podrá representar el conflicto de clases del siglo XXI? ¿Cómo representar de una manera no convencional el descomunal robo legal donde los políticos ponen una tirita sobre el tobillo de un enfermo de cáncer, mientras los ricos ríen? Las Marchas por la Dignidad quizá no tengan mucho arte, pero si rebosan dignidad, solidaridad, conciencia y cambio. Podemos.

Se trata de juntar en Madrid a un millón de personas, para expresar con nuestras armas, que no nos engañan, que no queremos seguir así y que una minoría no puede ni debe decidir nuestro futuro, porque en tal caso nuestro destino es la barbarie o la destrucción. Nuestras armas son: zapatos para caminar juntos, se hace camino al andar y al volver la vista atrás se ve el camino que nunca hay que volver a pisar; manos para una hilera humana que anuncie el fin de las cadenas opresoras; bocas para besarse y gritar nuestro descontento; cerebros para pensar y no caer en provocaciones; ojos para ver el camino hacia el futuro, que distingan a amigos de enemigos.

Hoy, la dictadura del mercado se ha puesto la careta de la troika europea. ¿Somos capaces de quitársela? Creo que Pelliza o Bertolucci se levantarán para aplaudirnos. Les hemos entendido.