09/11/2014

Antonio Alvarez-Solís
Kazetaria
La liviandad

Nada tan humano como los paseos de Cristo por Jerusalem, como sus iras, esa «pasión del alma que mueve al enojo», como definen los académicos. Ahora Jerusalem es el mundo todo de los poderosos, con su sanedrín, sus bancos, sus sacerdotes, su hipocresía, su racismo, con sus sepulcros blanqueados... Apestan a liviandad.

Salgo ya poco porque estoy en edad de indagar mis propios enigmas, mis desconocidos abismos. Pero a veces quiero contemplar la libertad de mis perros sobre el milagroso césped de algún parque aún respetado. Y en ese parque la he conocido; mujer de cincuenta años, licenciada en tres disciplinas. Parada. Despedida. Investigada por si trabaja en negro y evade la tributación correspondiente a los cien euros mensuales que le dan por despachar los fines de semana en un chiringuito que le niega cualquier reconocimiento laboral. Come patatas y pan. Recibía una ayuda menor a los 400 euros, que ahora le han suprimido. Dentro de diez años pudiera acceder a su jubilación. Va al parque con su perra. Hay gente que la censura por tener perro en la pobreza. Es la lógica jerosimilitana: el pobre ha de vivir intensamente su miseria. Lo dicen los del sanedrín, los poderosos, los que habitan los sepulcros blanqueados. Los expertos, pájaros negros en la rama seca del Ibex. Todos inocentes, todos angustiados por la Deuda. Hay que escribirla con mayúscula. Es asunto de ricos, de cambistas en el templo. La Deuda resulta demasiado delicada para dejarla en manos de una cincuentona parada, además con perro. He izado una bandera negra en el palo mayor de mi concordia. No hay diálogo porque han envenenado las palabras. Ellos. He vuelto a casa con ira, pero no santa. Una ira terrible, una ira de dies irae. Funeral. Ira con pistola. Me he asustado. Soy un terrorista ¿Pero me dejan ser otra cosa? Esta es la cuestión.