09/08/2019

Es un dilema; pero la decisión correcta es clara

No son decisiones fáciles. Se puede plantear como se quiera, pero no deja de ser un dilema complejo, con consecuencias que hay que sopesar. La empresa vasca CAF y la constructora Shapir han sido seleccionadas por la Administración israelí como adjudicatarias del proyecto del tren ligero de Jerusalén. El importe total del proyecto supera los 1.800 millones de euros. CAF anunció ayer que prevé que el proyecto se inicie este año y que la nueva red se encuentre completamente operativa en 2025. Aunque CAF es una potente empresa que trabaja simultáneamente en diferentes proyectos, un encargo de estas características garantiza la carga de trabajo, empleo y beneficios por un tiempo en un sector muy competitivo.

¿Cuál es, entonces, el problema? Básicamente, que el desarrollo del tranvía ahonda en el expolio de tierras palestinas, en la expansión de los asentamientos israelíes en el territorio ocupado y en las políticas de segregación del Estado israelí. En definitiva, vulnera derechos humanos incluso por encima de los laxos estándares de la comunidad internacional. Esto ya ha provocado que otras empresas abandonasen el proceso de licitación. Los representantes del comité de empresa lo han expresado claramente: no es que la empresa de Beasain no tenga proyectos en otros países con dudosos credenciales democráticos, pero en este caso está en duda la legalidad internacional del proyecto.

Con sus claroscuros –especialmente en la gestión de las condenas por los trabajadores muertos por amianto–, CAF es un caso de éxito. En su historia reciente ha tenido que afrontar debates importantes y lo ha hecho con acierto. Por ejemplo, cómo mantener el equilibrio entre el arraigo y la internacionalización o cómo implementar la participación en la empresa de los y las trabajadoras. Como aquellas, esta no es una decisión fácil, pero acertar marca la clase de empresa que se aspira a ser. No se puede conectar al mundo pasando por encima de los derechos de una parte.