Agustin Goikoetxea
Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

Pilar Careaga, la alcaldesa de Neguri en el ocaso del franquismo

‘Pilar Careaga, la alcaldesa de Franco’ es el título de la biografía escrita por el historiador Mikel Urquijo en la que repasa la vida de esta representante de la oligarquía de Neguri que no renegó de su ideología ultraderechista. Su gestión fue nefasta, contestada por asociaciones vecinales.

Careaga en la ceremonia de conmemoración de la toma de Bilbo por los franquistas en 1970.
Careaga en la ceremonia de conmemoración de la toma de Bilbo por los franquistas en 1970. (Archivo Municipal de Bilbao)

Pilar Careaga Basabe (1908-1993), fiel representante de la oligarquía de Neguri, sigue siendo a día de hoy la única alcaldesa que ha tenido Bilbo. Fascista hasta la médula, de ella dice el historiador Mikel Urquijo que «fue una mujer moderna en la manera que vivió su vida, rompiendo con muchos de los cánones de lo que la sociedad de su época esperaba de ella, pero profundamente conservadora en su ideología».

Fue la primera ingeniera del Estado español, como también la primera mujer a quien el régimen franquista puso al frente de un ayuntamiento importante. Urquijo destaca el «indudable interés» del personaje, con escasa atención por parte de los historiadores. Él, por ejemplo, se encargó del capítulo referido a ella en el tercer volumen de ‘Bilbao desde sus alcaldes’, de 1937 a 1979, obra que arrancó por impulso de Joseba Agirreazkuenaga y al que se sumó este catedrático de Historia Contemporánea de EHU. En ‘Pilar Careaga, la alcaldesa de Franco’, la biografía que acaba de publicar, aporta nuevos detalles, muchos de ellos de carácter personal gracias al archivo que la Fundación Gondra Barandiarán donó al Consistorio bilbaino en 2024.

Así, podemos conocer como Careaga envió una carta en junio de 1973 al entonces presidente del Gobierno español, Luis Carrero Blanco, comunicándole que había colocado como conserje a un recomendado suyo y la respuesta de este dándole las gracias. Es una de las misivas que conservaba con peticiones de todo tipo propias del sistema clientelar que regía en la gestión del Ayuntamiento franquista, desde conseguir una vivienda municipal a lograr una licencia de taxi, pasando por demandas de empleo, un puesto de venta en Mercabilbao o aprobar una asignatura universitaria.

Muchas eran de personas vinculadas al régimen, aunque también intercedió por opositores con familiares próximos a este. En el libro se cita el caso de un joven estudiante navarro, detenido en Bilbo por actividades políticas, por el que Careaga se interesó ante la Policía, a petición de su tío, procurador en Cortes como ella. También se recoge el caso de uno de los procesados en el Juicio de Burgos, preso en Madrid, por el que escribió al ministro de Justicia para solicitar su traslado a la cárcel de Basauri a petición de un tío suyo religioso.

Careaga, una «madrileña de Neguri» como la define Urquijo, se casó con Enrique Lequerica, hermano de José Félix Lequerica, alcalde de Bilbo (1938-1939), embajador y ministro con Franco. Con raíces familiares –estaba emparentada con la familia Ybarra a través de su abuela materna y con los Chávarri a través de su hermano– en lo que Miguel Unamuno denominó «nuevos condes siderúrgicos». Este grupo estaba formado por una serie de familias que se relacionaban entre sí a través de estrategias familiares, que evitaban la división de sus grandes fortunas y que formaron un círculo de «buenas familias» en el que se incorporaban personas de otras lugares, normalmente también de linajes de la gran burguesía.

Careaga en 1971 en la entrega de la Medalla de Oro de la Villa a Javier Ybarra. (AMB)

En 1976, la revista ‘Posible’ publicó un artículo donde analizaba la composición de los consejos de administración de grandes empresas. En el grupo de cabeza, que controlaban más de 40 compañías, se encontraban las familias Aznar, Careaga, Churruca, Delclaux, Echevarría, Guzmán, Urquijo e Ybarra. En un segundo, con vinculación con 30 y 40 firmas, estaban los Ampuero, Aresti, Arteche, Bordegaray, Gandarias, Lipperheide, Muguruza y Torrontegui. Y en el tercero, con entre 20 y 30 empresas, los Aguirre, Artiach, Chávarri, Gondra, González Echávarri, Gortazar, Laiseca, Oriol y Zubiria. Pilar Careaga tenía vinculos familiares con muchas de ellas. Su control político y económico fue absoluto durante la dictadura.

Su militancia en la ultraderecha comenzó en 1931 en Juventud Monárquica para seguir luego sucesivamente en Renovación Española, Falange y Fuerza Nueva

Esta gran burguesía, en su mayoría, trabajó contra la República española y a favor del golpe de Estado de 1936. A la propia Careaga se la concedió la Orden de Cisneros por colaborar en la preparación de la sublevación. En 1933, por citar un ejemplo, impartió una conferencia en Bilbo bajo el título ‘Circunstancias, requisitos y condiciones para hacer viable el golpe de Estado’, que justificaba el uso de la fuerza para derrocar a un gobierno. Con ese bagaje, en julio de 1936, fue detenida aunque en octubre de ese año fue liberada en virtud de un canje de prisioneros y se reincorporó a las fuerzas rebeldes.

Su militancia en la ultraderecha comenzó en 1931 en Juventud Monárquica para seguir luego sucesivamente en Renovación Española, Falange y Fuerza Nueva.

Una vez Franco en el poder, centró su actividad en organizaciones religiosas y de beneficiencia. En 1964 fue nombrada diputada provincial por las corporaciones y entidades económicas, aunque su carrera política fue frenada por la negativa de su esposo –que debía otorgar la preceptiva licencia marital– a que en 1967 fuera nombrada consejera nacional del Movimiento y probablemente procuradora en Cortes. «Sin duda fue un primer escalón para su paso a la Alcaldía», apunta Urquijo.

La llegada de Careaga a la Diputación, copada por la élite de Neguri, lo enmarca en el cambio de opinión que se produjo en la Sección Femenina sobre la presencia de las mujeres en las instituciones. En esa Diputación de carácter provincial, ya que el franquismo abolió el Concierto Económico, presidió la Comisión de Beneficencia y Obras Sociales, promoviendo entre otros proyectos el hospital de salud mental de Zamudio, y la ampliación de los de Basurto, Bermeo, Gorliz y Zaldibar.

«Por encima de la opinión del pueblo»

De la Diputación dio el salto al Ayuntamiento de Bilbo en 1969, donde «el alcalde era un delegado gubernativo, como el gobernador civil, y no respondía ante la ciudadanía, sino ante el ministro de la Gobernación», explica Urquijo. Ejemplo de esa filosofía son las declaraciones de Careaga al diario ‘Arriba’ en marzo de 1975. «Mi dimisión está por encima de la opinión del pueblo. Yo me debo a una superioridad, si esta pide mi cargo, yo acepto gustosa. […] Arreglados estábamos los alcaldes si dependiésemos de estas cosas. Otra razón será si en alguna ocasión se hace efectiva la pretensión de que los alcaldes sean elegidos por el pueblo».

Pilar Careaga fue alcaldesa desde el 7 de julio de 1969 al 7 de julio de 1975, tomando el testigo de Javier Ybarra (1963-1969), en una urbe que se había anexionado los municipios de Erandio, Derio, Loiu, Sondika y Zamudio hasta superar los 400.000 habitantes. En su mandato se construyeron grupos escolares en Masustegi, Txurdinaga y Begoña; la Solución Centro con el puente de La Salve y la Solución Sur con el viaducto de Errekalde y el ya eliminado acceso por Sabino Arana, por entonces avenida José Antonio; varios aparcamientos subterráneos, como el del Ensanche o la plaza Nueva; Mercabilbao en Basauri; o el pabellón deportivo de Artxanda.

El primer problema que tuvo que afrontar fue el de la contaminación en Erandio y las protestas que se produjeron a raíz de diferentes episodios de emisión de gases tóxicos, que se saldaron con las muertes a final de octubre e inicio de noviembre de los vecinos Anton Fernández y Josu Murueta por disparos de la Policía Armada. La familia Careaga tenía relación directa con las industrias contaminantes: Dow Unquinesa, Sefanitro, Remetal, Indumetal y Tubos Forjados.

El desarrollo urbanístico fue un caos. A pesar de la construcción de nuevas viviendas, estas no fueron suficientes, sin olvidar que el alumbrado público, saneamiento y conducciones de agua eran deficientes. En 1975, según se recoge en el archivo privado de la alcaldesa, existían 598 chabolas en las que vivían 2.333 personas. El crecimiento demográfico y urbano incrementó la producción de residuos urbanos, que obligó en 1974 a aprobar la construcción del vertedero de Artigas, con la oposición del vecindario de Alonsotegi, Kastrexana e Irauegi.

Su dimisión, aconsejada por amigos y familiares, se produjo después de una intensa polémica con las asociaciones vecinales, especialmente con la de Errekalde; la oposición de algunos medios de comunicación y la confrontación con varios concejales. «Todo ello se debe ubicar en el final de la dictadura, con Franco enfermo y con la emergencia de sectores ‘aperturistas’ en el régimen con los que Pilar Careaga estaba enfrentada desde el ‘búnker’ y que no deseaban mantener como alcaldesa a una destacada personalidad de este sector ideológico», explica.

Manifestación de adhesión a Franco en diciembre de 1970. (AMB)

Los colectivos vecinales llegaron a presentar en 1975 una carta al gobernador civil solicitando la dimisión de Careaga «por la falta de soluciones a los problemas de Bilbao» y porque deseaban un primer edil «con dedicación completa a la vida municipal, sin compatibilizar el cargo con el de procurador en Cortes», donde ocupó escaños de 1970 a 1975. En varios actos, fue abucheada.

Su archivo personal muestra el sistema clientelar que rigió en el franquismo, donde llegó a ‘enchufar’ a un recomendado del mismísimo Carrero Blanco

Tras la muerte de Franco, la disolución del Movimiento y la legalización de los partidos políticos, participó en 1976 en la constitución de Fuerza Nueva como partido y luego en labores de captación de fondos entre sus amistades. A pesar de su retirada de la política institucional, siguió participando en el sistema clientelar. Un ejemplo que cita Urquijo es una carta del líder de Fuerza Nueva, Blas Piñar, en 1979, en la que pedía su ayuda para el hijo de un guardia civil que conocía, que aspiraba a ingresar como bombero de la Diputación de Bizkaia y el traslado de la recomendación al presidente de la institución.

En ese año, el 25 de marzo, fue objeto de un atentado de ETA en el que resultó herida. En la reivindicación de la acción al diario ‘Egin’, la organización armada dijo de Careaga que estaba «estrechamente relacionada con la biografía franquista, con la oligarquía financiera y terrateniente española» y la calificó como «una de las personas más nefastas y dañinas que Vizcaya, y Euskadi en general, ha tenido que soportar bajo la bota fascista». Tras el ataque, se instaló en Madrid y, en 1982, vendió su palacete de Neguri. En 1987, al morir su esposo, volvió a empadronarse en Getxo, aunque alternó su residencia con la capital española, donde falleció el 18 de junio de 1993.