Alberto Pradilla
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Pradilla

La colaboración entre fuerzas transformadoras, sin subalternidades, es la vía para evitar el cierre antidemocrático del régimen de 1978 y poner en marcha el cambio

«Cuñado naranja» como vencedor no es algo para celebrar

La beligerancia extrema con que progresismo español e izquierda independentista catalana han chocado en estas elecciones podría llevar a ciertos sectores a celebrar los malos resultados de Catalunya Sí Que Es Pot. Mala idea, en mi opinión, sacar el revanchismo en los momentos en los que debería predominar la audacia.

2015/09/29

Según me cuentan, en la celebración de la CUP del domingo también coincidían en la lectura de que el triunfo de Ciudadanos, que es la cara oscura del domingo, no es nada que aplaudir. Especialmente cuando las elecciones plebiscitarias catalanas dan paso a una campaña al Congreso español que se prevé cerrada sobre sí misma en la idea de más España y menos democracia. Que «cuñado naranja», es decir, Albert Rivera, aparezca como representante de la «nueva política» y líder reforzado de cara a diciembre frente a Podemos no es una buena perspectiva.

El proceso catalán ha puesto sobre la mesa las graves carencias en clave democrática del sistema político español. En estos cuatro años de crisis estructural no ha habido ningún otro movimiento con mayor capacidad de demostrar que el rey estaba desnudo. Por desgracia esta interpretación no ha encontrado eco en la izquierda transformadora española. Frente a la necesidad de ruptura democrática, el mensaje de Podemos se entrampó en apelaciones que coincidían mucho más con el discurso habitual de Ciudadanos. Es cierto que la pedagogía se lleva mal con las urgencias electorales. Pero, como dice el tópico, la gente suele preferir el original que la copia. Se trata de un error de cálculo que deja a Pablo Iglesias tocado en la carrera hacia Moncloa en un territorio como Catalunya, que con su «voto dual» siempre fue clave para dejar fuera al PP.

La irrupción de Rivera como gran triunfador de la noche y la percepción de que es quien mejor utilizó el trampolín catalán hacia Moncloa da miedito. Por un lado, por su reforzamiento a través de un discurso impecable: apeló a la «regeneración», se envolvió en la bandera de la «nueva política» y se encumbró entre los gritos de «yo soy español, español, español» que lanzaban sus seguidores. Por otro, porque se ubica en una inmejorable posición para convertirse en la «bisagra-nacionalista-española» para PP y PSOE en Moncloa. Si el ego se lo permitiese, Rosa Díez debería estar disfrutando de que su sueño se cumpla en la figura de Rivera.

Quizá la lección catalana permita ver que la colaboración entre fuerzas transformadoras de diversas naciones, sin subalternidades, es la única vía para evitar el cierre antidemocrático del régimen y poner en marcha el cambio.

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