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La mujer romana

La mujer romana tenía como rol principal ser madre, pero era precisamente la maternidad la que le abría las puertas a un incipiente empoderamiento. Lo cuenta la exposición ‘Mulieres. Mujeres en Augusta Emérita’ del Museo Oiasso, en Irun, rica en esculturas, lápidas, joyas e instrumentos de uso cotidiano femenino.

Gotzon Aranburu|2018/05/13 08:50
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El busto de la conocida como ‘la Gitana’. (Gotzon ARANBURU)

Augusta Emérita, la actual Mérida extremeña, fue fundada el año 25 antes de Cristo. Pronto creció y llegó a los 50.000 habitantes, convirtiéndose en capital de la Lusitania. Con tierras fértiles y el río Guadiana a mano, a la par que crecía en número de habitantes Augusta Emérita también lo hacía en dotación monumental. Teatro, anfiteatro, circo romano, templos de Diana y de Marte, Arco de Trajano… a los que hay que sumar servicios como puentes, embalses, acueductos o balnearios. Algunas de estas edificaciones, como los embalses, alcanzaron tal perfección que se siguen utilizando hoy en día para acumular agua para el regadío. Ya en época de Diocleciano, Augusta Emérita adquiere categoría de metrópoli y residencia de autoridades. La urbe siguió siendo romana hasta la invasión visigoda, a la que seguiría la musulmana.

La exposición ‘Mulieres. Mujeres en Augusta Emérita’ –realizada en colaboración entre el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, el Museo Romano Oiasso de Irun y Arkeologi Museoa de Bilbao– comprende esos cuatro siglos de vida plenamente romana de la ciudad y cuenta con más de cincuenta piezas singulares y únicas, procedentes del rico yacimiento arqueológico extremeño, completadas con otras halladas en suelo y aguas vascos. Son objetos de la vida cotidiana de las mujeres e incluso representaciones de ellas mismas y sus familias, que ayudan a conocer el papel del colectivo entre los siglos I a.C y IV d.C. La muestra se encuentra dividida en apartados: familia, maternidad, etapas de la vida, vida laboral, vida cultural, imagen de la mujer y vida pública, y de cada una de ellas se presentan distintas piezas y objetos pertenecientes a las mismas, así como paneles y textos explicativos.

No ha de suponerse que todo el protagonismo corresponde en la exposición a las romanas vinculadas al poder. Al contrario, junto a bustos de emperatrices, princesas de la casa imperial y esposas de altos cargos, encontraremos en Oiasso el relieve de una tabernera sacando vino de un barril, o el de una prostituta, la joven griega de 13 años Lampas, dato que ilustra sobre lo antiguo de la explotación de la mujer, especialmente la inmigrada. También se muestra la lápida de una mima, Cornelia Nothis, una mujer que probablemente llegó a actuar en el teatro romano de la ciudad. Durante los siglos de existencia de Augusta Emérita la situación de la mujer fue evolucionando y alcanzaron mayores cotas de autonomía y capacidad de decisión, en cuestiones como el divorcio, el acceso a la educación o el derecho al manejo de su propio patrimonio, por ejemplo.

Aunque la mayoría de las mujeres de Augusta Emérita poseían un bajo nivel cultural, solía ser responsabilidad suya llevar las cuentas del hogar y, en su caso, del negocio familiar, de ahí que en Oiasso se muestren utensilios de escritura. Tampoco hay que olvidar su rol en materia religiosa, con responsabilidades en el culto, dado que –como nos indica la doctora en Historia Antigua Elena Torregarai, responsable científica del museo– se las consideraba idóneas para la función de intermediación con los dioses e interpretación de sus designios.

Los historiadores coinciden en que el papel desempeñado por la mujer romana fue mucho más relevante socialmente y políticamente que el de las mujeres griegas, pues mientras la opinión de las primeras apenas contaba para sus maridos, las segundas sí llegaron a tener gran influencia sobre senadores, patricios e incluso emperadores. En cualquier caso, las mujeres con poder no eran bien vistas por la plebe, y menos aún si las consideraban enemigas de Roma, caso de la egipcia Cleopatra. De la misma manera que la condición de soldado otorgaba respetabilidal al hombre, el rol principal de la mujer romana era la maternidad, y de ello provenía su prestigio social y su ‘empoderamiento’, hasta el punto de que le permitía librarse de la tutela masculina, que ejercía sobre ella, según el caso, el padre o el marido. Concretamente, una mujer que hubiese dado a luz a tres hijos ya quedaba libre de tal tutela.

La capacidad económica constituía una importante línea divisoria entre las mujeres romanas. Las adineradas disponían de esclavos o de ornatrices que las peinaban durante horas o las masajeaban con aceites olorosos; en caso de necesidad, recurrían a las pelucas egipcias de pelo natural y fibras vegetales. De todos modos, los excesos de color y maquillas llamativos no estaban bien vistos, pues se asociaban a las prostitutas. Mientras, la inmensa mayoría de mujeres se dejaba la salud en continuos embarazos, cuidado de los niños y labores del hogar. Otro pequeño grupo se dedicaba a labores como la elaboración de queso y de conservas.

En cuanto a la relación marido-mujer, se daba una clara supeditación de ésta con respeto al hombre, e incluso, hasta que tenía su primer hijo, con respecto a la suegra. Aunque el vínculo matrimonial se consideraba permanente e indisoluble, si la pareja no lograba tener hijos era frecuente que el marido pidiera y obtuviera el divorcio, pero no lo era en sentido contrario. Garantizar la continuidad de la estirpe familiar era un objetivo de primer orden. César Augusto, en su reinado entre el 27 a.C y el 14 d.C, legisló en favor de la institución matrimonial, prohibiendo las uniones entre libres y libertos y castigando con dureza el adulterio. Existe coincidencia en que su esposa, la emperatriz Livia, ejerció una importante influencia en su marido –el primer emperador de Roma– no solo en cuestiones domésticas sino también de Estado.

Las representaciones recogidas en la exposición permiten comprobar los cambios experimentados en la maternidad, el propio parto y el cuidado de los neonatos, desde aquella época hasta la actualidad. Para empezar, las mujeres romanas se convertían en madres a muy temprana edad, apenas adolescentes. Daban a luz sentadas en sillas parteras, y el recién nacido permanecía envuelto en vendas durantes meses. La parturienta solía ser asistida en el trance por las matronas –rara vez por un médico– y eran frecuente los fallecimientos durante el parto, e incluso durante el embarazo. Cuando ocurría, la difunta era despedida con grandes honores. Una vitrina del museo está dedicada precisamente a los instrumentos ginecológicos de la época.

La exposición ilustra, asimismo, sobre la costumbres de adorno personal de las romanas. Reservados para las clases más pudientes, los adornos externos eran exponentes de poder económico y social. En oro y plata se realizaba un gran repertorio de piezas, como diademas, agujas del cabello, collares, colgantes, pendientes, ceñidores, brazaletes o hebillas. Las joyas que se muestran en Irun proceden de tumbas de mujeres emeritenses de clase alta.

Afortunadamente, a los romanos les gustaba legar su imagen para la posteridad, sobre todo mediante el retrato. Era la familia imperial de cada periodo la que definía el estilo imperante, que el pueblo llano trataba de imitar en la medida de sus posibilidades. Y decimos afortunadamente porque por una parte ha permitido que podamos conocer mejor a los romanos, ponerles cara, y por otra permite datar las obras en los diferentes periodos del imperio, dado que cada uno de ellos presenta el citado estilo impuesto por los ‘influencers’ imperiales.

Hay también retratos que rompen la norma estilística, como el busto de ‘la gitana’, joven emeritense sin identificar y peinada en la tradición local ibérica. Cabe destacar que originalmente todas estas obras eran policromadas y algunas incluso llevaban pendientes metálicos, como se deduce de los orificios practicados.

Aunque la parte del león de ‘Mulieres’ procede de los fondos arqueológicos de Mérida, se completa con interesantes piezas descubiertas en Euskal Herria. Como indica el profesor Iñaki García Camino, de Bizkaiko Arkeologi Museoa, Euskal Herria «era periférica en el Imperio Romano, pero no residual». Aportadas por el propio Museo Oiasso y por el museo vizcaino, estas piezas, aunque a nivel artístico y técnico no alcanzan la perfección de las obras emeritenses, ilustran perfectamente la penetración romana del modo de vida romano en nuestro territorio.

Monumentos funerarios, inscripciones, monedas… han ido apareciendo en sucesivas prospecciones arqueológicas en nuestro territorio. Ni que decir del propio puerto de Oiasso, en la actual Irun. Entre las piezas ‘vascas’ que se muestran en el museo destaca la lápida funeraria de Obispoetxe, de Galdakao, labrada en piedra arenisca, así como la Isis-Fortuna de Peña Forua y una moneda que representa a la emperatriz Faustina, descubierta en Aloria (Orduña).

La aportación guipuzcoana a la muestra tiene nombre de divinidades: Marte, Minerva, el Sol y la Luna, representadas en cuatro extraordinarias estatuillas de bronce que fueron halladas en el mar, a la altura del cabo de Higuer. En forma de apliques, adornaban un arca que contenía una vajilla de lujo. Desde hace una treintena de años permanecen en Gordailua, y los visitantes al Museo Oiasso solo han podido contemplar sus reproducciones. Ahora es el momento de disfrutar de las piezas originales y viajar así mentalmente dos milenios atrás, hasta la Vasconia romana.