Sakonean
El bucle libio

La guerra, la miseria y el abandono más absoluto en el inhóspito sur de Libia empujan a la población tuareg hacia una única ciudad costera.

Karlos ZURUTUZA|GARA
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HUIDA DEL SUR


El remoto sur se ha convertido en un auténtico agujero negro en el que sobrevivir es todo un milagro. Sebha ocupa el segundo lugar en la lista de ciudades libias con mayor pérdida de población después de Bengasi. Al ser el único enclave amazigh en el litoral libio, Zuwara es un destino preferente para los tuaregs.

No es fácil barrer las calles de una ciudad en constante lucha con la playa. Cuando llueve resulta ya imposible retirar del suelo esa masa compacta de arena, polvo y basura. Mohamed Ayssa se dio cuenta de ello hace ya tres años. Fue entonces cuando este tuareg de 33 años abandonó su casa en Ubari, en el extremo sur del país, y se instaló en Zuwara con su mujer y sus dos hijos. Esta ciudad costera en la frontera de Túnez le ha dado una oportunidad para empezar de cero y, por el momento, sobrevive barriendo las calles y de trabajos esporádico en la construcción.

«No es fácil aquí pero en el sur es simplemente imposible. Allí no hay nada para nadie», dice Mohamed, desde su casa en la ciudad vieja de Zuwara; un laberinto de callejuelas sin nombre ni asfalto. Los 200 dinares que pagan por el alquiler es todo un dineral para ellos, así como para el resto de sus vecinos en el barrio. Durante los últimos tres años han sido muchas familias como la suya las que han abandonado la remota y desértica región de Fezzan para instalarse en Zuwara. Si la inestabilidad provocada por los tres gobiernos en liza es la norma en la costa, el remoto sur del país se ha convertido en un auténtico agujero negro en el que sobrevivir es todo un milagro.

A finales de 2014 estalló un conflicto en Ubari entre los tuaregs y los tubus –pueblo subsahariano que vive entre las fronteras de Libia, Chad y Níger–. A nivel local, la disputa tenía raíces tanto económicas como identitarias entre dos pueblos que han vivido juntos en el desierto durante siglos. Sin embargo, la creciente intervención de los gobiernos rivales de Libia así como la de las potencias internacionales que los respaldan acabaron por convertir el conflicto en una guerra subsidiaria que se alargó hasta principios de 2016.

«Nunca llegué a entender cómo empezó todo aquello ni tampoco cómo acabó. Solo sé que nosotros acabamos perdiéndolo todo: desde nuestra casa hasta la pequeña tienda de la que vivíamos», apunta Zeinab, la esposa de Mohamed. Aparentemente, sus razones para instalarse en Zuwara fueron las mismas que las de sus vecinos.

«Aquí son todos amazighs, nos une una cultura y una lengua común. Además, la seguridad es mucho mejor que en cualquier otra parte de Libia», argumenta la tuareg. Si bien la población bereber en Libia es compacta en las montañas de Nafusa, a 100 kilómetros al sur, las posibilidades de encontrar un trabajo para estos desplazados son mayores en la costa, donde reside la inmensa mayoría de los libios. Al ser el único enclave amazigh en el litoral libio, Zuwara es un destino preferente para los tuaregs. Probablemente sea esta la única localidad del país donde son libios, y no subsaharianos o bangladeshíes, los que barren sus calles o compitan por trabajos en la construcción con los subsaharianos.

A sus 28 años, Hassan Mohamed compagina trabajos esporádicos para sobrevivir con su labor en el Comité Tuareg, desde el que intenta coordinar la escasa ayuda a este colectivo de desplazados internos. Mohamed habla de 120 familias censadas, pero asegura que son muchas más. Por si fuera poco, al hambre y la miseria parecen sumárseles obstáculos administrativos.

«Uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos es que son muchos los que no tienen ni pasaporte ni el documento con el que se identifican los libios desde 2011; es como si no existieran, y no pueden recibir atención médica, escolarizar a sus hijos…», explica Mohamed. El joven vive en un pequeño apartamento junto con Aysha, su madre. Enferma de diabetes, sufre también de una dolencia de estómago que necesita de un tratamiento que no puede recibir en Libia, pero tampoco en el extranjero al carecer de documentación.

«Aquí por lo menos hay medicinas, pero en el sur la gente sigue muriendo por simples picaduras de escorpión», dice la tuareg. No exagera: el pasado agosto, la Organización Mundial de la Salud entregó 4.000 dosis de antídoto contra veneno de escorpión financiadas por el gobierno italiano para hacer frente a una epidemia que se cobra decenas víctimas en Libia cada año.

Desde las dependencias del Comité de Emergencia de Zuwara, Sadiq Jiash, su presidente, explica que a los desplazados se les ayuda con alimentos básicos, mantas y «poco más», pero que la corrupción que reina en Trípoli impide que la ayuda internacional llegue a la ciudad.

«Estamos desbordados y este no es más que uno entre mil frentes abiertos que tenemos que gestionar», asegura Jiash.

Más guerras

Los que no dejan de llegar son los tuaregs. A aquella primera oleada desde Ubari se le suma hoy la de los que huyen de Sebha –la ciudad principal del sur del país– por culpa de nuevos enfrentamientos, esta vez entre tubus y miembros de la tribu Awlad Suleiman. Se trata de un clan árabe antes leal a Gadafi, pero hoy alineado con el Gobierno que respalda la ONU en Trípoli. Los esfuerzos para poner fin a los combates que estallaron la pasada primavera solo empeoraron las cosas cuando los mediadores del este de Libia fueron acusados de tratar de llevar a la Sexta Fuerza (la milicia de Awlad Suleiman) bajo el control de Jalifa Haftar, el hombre fuerte del gobierno oriental de Libia.

El último brote de violencia entre árabes y subsaharianos, que se conoce localmente como la «tercera guerra tubu-Awlad Suleiman», se remonta a los años en los que Gadafi enviaba colonos árabes a esta estratégica región sureña mientras expulsaba a su población autóctona.

En un informe publicado el pasado agosto, la Organización Internacional para las Migraciones Sebha ocupaba el segundo lugar en la lista de ciudades libias con mayor perdida de población después de Bengasi. En el mismo estudio, la ONG estimaba en 193,581 el número de desplazados internos en Libia. El de Ahmed Saleh es otro nombre en las estadísticas. Era periodista en un medio digital con sede en Sebha, pero dice que abandonó el trabajo y la ciudad por culpa de aquellos enfrentamientos hace cuatro meses.

«Era imposible trabajar allí. Sacar una cámara en la calle solo acarreaba problemas, desde perderla a ser golpeado por prácticamente cualquiera», asegura este tuareg de 27 años. Si bien partió hacia Zuwara como el resto, Saleh no descartaba la opción de intentar llegar a Europa de no encontrar un trabajo aquí. Muchos de los desplazados del sur no hablan el árabe, pero no es el caso de Saleh. El tuareg domina varias lenguas extranjeras lo que, unido a su experiencia en el mundo de la comunicación, lo presentaban como un candidato perfecto para llevar el área de comunicación de un partido político con sede en Zuwara fundado el pasado año. Por el momento, Saleh se ha librado de extenuantes jornadas barriendo o retirando escombro.

Cambios

Adam Rami Kerki, cabeza de la Asamblea Nacional Tubu (la principal organización de este pueblo en Libia), dice que las disputas entre los tubus y los tuaregs han terminado. Pero la seguridad en Sebha parece lejos de estar garantizada.

«Aunque ahora la situación ha mejorado ligeramente en Sebha, se trata de un escenario muy volátil porque las tensiones con los Awlad Suleiman siguen siendo altas», matizó el tubu por teléfono desde Bengasi, donde reside actualmente. Según dice, ningún líder «aparte de los involucrados en actividades criminales» puede pasar la noche en la ciudad sin ser secuestrado o asesinado.

Las humildes casas de adobe en la ciudad vieja de Zuwara están a cientos de kilómetros de allí pero siguen repletas de dolor. Hace ya tres años que Aysha llegó a este lugar desde su Ubari natal con su marido y sus dos hijos. Dice que le gustaría volver, pero ya sabe que no podrá hacerlo en breve. Quizá nunca.

«Desde 2011 todo ha cambiado muchísimo: no hay seguridad, ni dinero… No entiendo nada de lo que está pasando», lamenta esta mujer en tuareg, la única lengua que conoce. No sabe ni leer ni escribir pero asegura dominar el «alfabeto antiguo», un código que los tuaregs llevan dibujando en la arena desde hace al menos 2.000 años.

Preguntada sobre si siente añoranza por los tiempos de Gadafi, la mujer es categórica.

«Yo nunca vi a Gadafi por allí. Tampoco supe de nadie, antes o después de él, que hiciera nada por nosotros», dice esta mujer que no existe en ningún documento

 

un caos sostenible

La inestabilidad en el sur de Libia no es más que el reflejo aumentado de la situación que vive el país cumplidos ya siete años desde el final de la guerra de 2011. A día de hoy hay un Gobierno en Tobruk, en el este del país, y otro que respalda la ONU en Trípoli. Este último se instaló en marzo de 2016 sin el refrendo de los libios y tras expulsar al Ejecutivo capitalino anterior, pero no logró desactivarlo por completo. Así, hablamos de tres nodos de poder principales cuya influencia se ejerce a través de 2.000 grupos armados bordados en el complejo tejido tribal libio. A esto hay que añadirle los rescoldos del Estado Islámico que se reagrupan no solo en el sur del país, sino también en los alrededores de Bani Walid o Sirte, esta última la capital del «califato» entre 2015 y 2016.

El proceso de transición política puesto en marcha en 2012 no se ha traducido aún en la redacción de una Constitución sobre la que normalizar la vida política. Es un círculo vicioso: las instituciones carecen de legitimidad por la ausencia de un acuerdo social, y este no acaba de materializarse por la falta de credibilidad de los organismos públicos. Mientras tanto, los libios de la calle viven su día a día navegando entre el colapso de la economía que condena a la mayoría la pobreza y la violencia entre milicias que sacan músculo frente sus nuevos empleadores (principalmente Roma en el caso de Trípoli). El equilibrio de poder de los diferentes grupos armados patrocinados por élites generalmente ajenas al país ha desembocado en una situación de «tablas» que, si bien degenera en escaramuzas y enfrentamientos más o menos graves, no acaba decantando la balanza hacia ninguna de las partes. Así, entre salarios rentistas en una moneda brutalmente devaluada y conflictos que solo van a mayores en el sur del país, los libios parecen haberse adaptado a una especie de caos «sostenible» que muchos temen que pueda alargarse durante años.K.Z.

 

Al menos dos muertos en un ataque en Trípoli

Al menos dos personas murieron y diez más resultaron heridas como consecuencia de un ataque en Trípoli contra la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores del Gobierno respaldado por la ONU. Los tres milicianos que llevaron a cabo el asalto también murieron en el asalto. El ataque comenzó con la explosión de un coche bomba, tras la que tres asaltantes irrumpieron en el Ministerio y abrieron fuego contra los guardias. Uno de los milicianos murió en el tiroteo y los otros hicieron estallar la carga explosiva que llevaban adosada. «El caos de seguridad en Libia ofrece las condiciones propicias para Estado Islámico y otros grupos terroristas», reconoció el ministro del Interior del Ejecutivo de Trípoli, Fathi Ali Bashagha, quien denunció la falta de medios y pidió el levantamiento del embargo de armas. «Cero armas, cero vehículos», lamentó.GARA

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