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Las Patronas que ayudan a migrantes en México: Trump está loco

Una noche con las Patronas, voluntarias que ofrecen comida a los emigrantes que traviesan Mexico con destino a Estados Unidos montados a bordo del tren conocido como La Bestia.

Eduard Ribas i Admetlla | EFE|Amatlán de los Reyes (México)|2019/06/15
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Las patronas obsequian comida en bolsas a los inmigrantes centroamericanos que viajan en La Bestia camino a Estados Unidos. (Foto: Ronaldo SCHEMIDT|AFP)

«Estas personas no han comido ni han tomado agua en días. ¿Cómo quieres que te sonrían? Dales comida y te darán una cara bonita porque les habrás alimentado el alma»

Desde hace 24 años y sin ganar dinero a cambio, el colectivo Las Patronas atiende a los migrantes que viajan encima de peligrosos trenes de cargas por México, pero nunca habían visto una situación como la actual: «Trump está loco», aseveran.

En un pequeño albergue de paredes rosadas ubicado a escasos metros de la vía que atraviesa la comunidad de Guadalupe (estado de Veracruz), estas 12 mujeres preparan comida a diario para lanzar a los migrantes que viajan a bordo del tren conocido como La Bestia.

Desde 1995, Las Patronas viven pendientes del silbido del tren que viene del sur, el cual no tiene horarios fijos, y han desarrollado un oído tan fino que escuchan a La Bestia cuando todavía está a algunos kilómetros de distancia.

«Si ellos no se cansan de migrar, nosotras no tenemos derecho a descansar», cuenta este sábado a Efe Norma, cuya madre fue quien comenzó la tarea de auxiliar a las personas que viajan durante días encima de los vagones de carga bajo las inclemencias del tiempo para alcanzar Estados Unidos.

Al escuchar que viene el tren, Las Patronas y otros voluntarios corren con enorme celeridad hacia la vía, donde algunos maquinistas reducen la velocidad para facilitar que los migrantes puedan agarrar las tortas (bocadillos), el arroz y las botellas que les lanzan.

Tras estas dos décadas de trabajo intenso, Norma tiene muy claro que «la migración nunca va a parar y cada vez es más complicado el tema».

Según cuenta, antes solo pasaban migrantes centroamericanos, mayormente de Honduras, Guatemala y El Salvador, mientras que ahora el flujo es «mucho más diverso» puesto que se han sumado haitianos, cubanos y venezolanos, entre otros.

Desde mediados del año pasado, aumentaron considerablemente las caravanas de migrantes que atraviesan México hacia Estados Unidos, lo que ha provocado serias tensiones diplomáticas entre los gobiernos mexicano y estadounidense.

La situación llegó a su límite a inicios de junio, cuando el presidente de Estados Unidosa, Donald Trump, amenazó con imponer aranceles a las exportaciones mexicanas, algo que el Gobierno de México evitó con la promesa de frenar a los migrantes.

«Ahorita con esto del arancel... Este señor es un loco, lo tengo aquí», dice Norma indignada mientras sitúa uno de sus dedos entre ceja y ceja.

Esta «patrona» critica que Trump actúa como si Estados Unidos fuera una «empresa» y lamenta que «no está haciendo lo que tendría que hacer», al restringir la llegada de migrantes a su territorio.

«No está pensando en la gente, le vale un cacahuete lo que opina la gente», cuenta Norma, quien lleva muchos años viendo cómo los migrantes arriesgan sus vidas en los trenes.

Un ejemplo de ello es Edwin, un hondureño de unos 50 años que anda por el albergue de Las Patronas cojeando y evitando mediar palabra con el resto de personas.

Este migrante con la mirada perdida explica a Efe que se cayó de La Bestia intentando subir al tren en marcha. A diferencia de otros migrantes que fallecen, él pudo salvar su vida pero no su rodilla.

Por suerte, Las Patronas lo ayudaron, lo llevaron a un hospital y ahora lo hospedan en su humilde albergue. Aunque no desiste de llegar a Estados Unidos tiene una cosa clara: «no me vuelvo a subir ni loco».

Debido a los altos índices de violencia en el oriental estado de Veracruz, cada vez es más común que los trenes circulen de noche para evitar asaltos, cuenta Julia, una integrante de Las Patronas que regenta una pequeña tienda de alimentación para financiar el albergue.

Julia, que también vive al lado de la vía, se sumó al colectivo hace 17 años, después de que un chico hondureño le suplicara «un taquito y bendiciones», algo que le «partió el corazón» e interpretó como un llamado de Dios para ayudar a los migrantes.

Muchos vecinos de esta conservadora comunidad de Veracruz ve con recelo la llegada de migrantes y la labor de las Patronas, contra quienes han metido «cizaña», señala Julia.

«Nos dicen que si estamos locas, que si cometemos un delito. Pues si alimentar a los migrantes de mi bolsillo es un delito, soy culpable», responde contundente Norma.

Y reprocha que haya gente que critique a los migrantes por estar «enojados»: «Estas personas no han comido ni han tomado agua en días. ¿Cómo quieres que te sonrían? Dales comida y te darán una cara bonita porque les habrás alimentado el alma», concluye.