Personal de supermercados, entre el miedo al coronavirus y la vocación de servicio a la sociedad

Como actividad esencial, los establecimientos de alimentación siguen trabajando en medio de la epidemia del coronavirus, con su personal siendo consciente de que es imprescindible para que la sociedad cubra sus necesidades más básicas, aunque haciendo frente al miedo constante a contraer el Covid-19 a pesar de las medidas de seguridad.

Pello Guerra, Maddi Txintxurreta, Juanjo Basterrra e Idoia Eraso|2020/04/05
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Sofía Treceño, cobrando en la caja del establecimiento de Supermercados Berriak en Laudio. (Marisol REMIREZ/FOKU)

«Señora, tiene que llevar guantes. Al menos póngase los que utilizamos para coger la fruta. Muchas gracias». Aunque estaba cobrando a un cliente, la empleada de una superficie de alimentación se ha dado cuenta de que la persona que había accedido al local no llevaba ningún tipo de protección ante el coronavirus.

«Tenemos que estar con mil ojos», señala esta cajera-reponedora que trabaja en un Alcampo de Iruñea. La empleada lleva puesto un gorro de plástico, además de la habitual mascarilla y los guantes. Esos son los elementos que le protegen de un peligro, el coronavirus, con el que convive durante toda su jornada laboral.

En otros lugares se acrecienta esa protección con unas mamparas de plástico que protegen, desde diferentes puntos, a las personas que se encargan de cobrar su compra a los clientes, que deben guardar un metro de distancia y esperar ante la caja su turno hasta que termina la persona que les precede en el cobro.

Es la dinámica que ha implantado la propagación del Covid-19 y que se extiende a todas las facetas del trabajo en un negocio de alimentación. Así lo destaca María, que regenta un Carrefour de barrio en Iruñea.

Responde a las preguntas a cierta distancia y ataviada con una mascarilla y guantes, las medidas de seguridad que presentan todos sus empleados, porque «lo que más me preocupa es la seguridad de mis trabajadores y por eso les insisto en que, además, se den gel y alcohol constantemente en los guantes».

Al mismo tiempo hace todo lo posible «para mantener la tienda limpia y obligo a los clientes a que se pongan unos guantes que les ofrezco al entrar para que solo toquen el género con ellos y se los quiten al salir. Aunque traigan otros de la calle, se los deben poner por encima si quieren entrar».

Esta medida no siempre ha sido bien recibida, ya que «hay gente de todo tipo, personas comprensivas y otras que no se dan cuenta de lo que realmente está pasando y que es muy grave». Una falta de concienciación que se aprecia incluso «en el contenido de la compra, porque, con esa excusa, igual vienen a comprar únicamente un paquete de pañuelos de papel, por ejemplo». Pero, al mismo tiempo, «también hay mucha gente concienciada que agradece que estemos abiertos».

No es para menos, ya que estos empleados de tiendas de alimentación asumen un riesgo y sufren las consecuencias de tener que trabajar «ocho horas con una mascarilla puesta, tanto para cobrar, como para descargar el camión y reponer las estanterías. Es muy cansado y genera dolor de cabeza, porque al final estás respirando el CO2 que echas por la boca. De todos modos, prefiero el dolor de cabeza que terminar contagiada».

Con esa expresión recoge el miedo latente a terminar infectados por el coronavirus. «Por aquí pasan cientos de personas al día y les tienes que cobrar, atender sus preguntas. El riesgo está ahí y genera inseguridad».

La afluencia de clientes se ha ido regulando, ya que «al principio, la gente se puso muy nerviosa y hubo un poco de colapso. Pero la situación se ha estabilizado bastante y se ha vuelto a la rutina de comprar para dos o tres días».

A esa circunstancia ha contribuido el hecho de que los clientes se han acostumbrado a que «si un día no encuentran un producto, al día siguiente o a los dos días lo tienen, sea leche o papel higiénico, ya que el abastecimiento no falla».

Pero no solo esos productos han visto incrementado su consumo, ya que también ha crecido «el de levadura fresca, porque se ve que hay gente que está haciendo pan en casa». También han subido las ventas de lejía, gel de manos y, últimamente, las de cerveza y vino. «La gente no puede salir y se ve que se toma en casa lo que bebía en los bares», comenta entre risas.



Algo parecido ocurre en el supermercado de la cadena Eroski de la localidad de Mutiloa en el que trabaja Asier Mauleón. Aunque habla ya como un veterano, lo cierto es que lleva en su puesto de cajero unos pocos días, eso sí, los más duros que se puede esperar en este trabajo. «Entré el 11 de marzo, cuando la gente se lanzó a comprar a las tiendas. Era mi semana de aprendizaje y me pasó por encima», recuerda.

«Como acababa de empezar, no tenía claro si aquello era normal, pero los más veteranos estaban muy sorprendidos. Esos días se batieron récords de venta. Era impresionante, con centenares de personas pasando con el carro lleno y las ocho cajas abiertas», rememora.

Fueron días en los que se llegaban a hacer compras «por valor de 300 o 400 euros. Una señora hizo una compra de 200 euros y 50 eran solo para papel higiénico», detalla.

La situación se ha ido normalizando «y ya estamos dos o tres cajas a la vez con tres o cuatro clientes pasando de uno en uno siguiendo las normas de seguridad». Además «se ha limitado la compra de algunos productos, aunque no falta de nada. Puede que algún producto no esté en un momento determinado, pero se repone más adelante sin problemas», señala Mauleón.

Al tratarse de una actividad esencial, su trabajo hace que por las tardes tenga que salir de casa, «algo que se agradece», pero al mismo tiempo siente cierto miedo ante la posibilidad de contagiarse del coronavirus. «Más que por mí, me preocupa contagiar a mi familia», reconoce, aunque esa preocupación se atenúa ante el agradecimiento de los clientes. «Muchas gente nos agradece que estemos trabajando y también sienta bien poder ayudar, Gracias a nuestro trabajo, algunos lo tienen más fácil», concluye.

«Situación caótica»

Ni Maider ni Larraitz quieren dar su verdadero nombre para este reportaje, tampoco el de la cadena de supermercados para la que trabajan. La primera lo hace en Zarautz, la segunda en Aretxabaleta, y ambas quieren denunciar la «caótica» situación que llevan sufriendo en sus empleos desde que el Gobierno español de Pedro Sánchez decretara el estado de alarma.

Se quejan de que las medidas de protección han sido tardías e insuficientes. En Aretxabaleta, la empresa dispuso cintas en el suelo para marcar distancias entre los mostradores y las cajas del supermercado unos días antes de que se pusiera en marcha el confinamiento obligatorio. Pero, según Larraitz, pasaron una semana sin que la directiva tomara ninguna medida más, excepto el uso de guantes; incluso cuando alguna trabajadora reclamó mascarillas, la empresa denegó su uso porque «asustaba» a los clientes y «dañaba la imagen» del supermercado.

Hasta la «semana pasada», la empresa no entregó las mascarillas a los empleados. «Lo único que han hecho es reducir el aforo de 120 personas a 60 y cerrar a las ocho de la tarde, una hora antes. Pero con eso no consiguen nada, estamos igual. Lo que hay que hacer es reducir el tiempo de exposición al virus»,  opina Larraitz.

Pero además de criticar la gestión de la empresa, Larraitz dice estar «muy enfadada» con la actitud de los clientes. «Lo han entendido todo al revés –lamenta–, esto no es una oportunidad para que puedas salir a la calle una vez al día, lo que hay que hacer es salir lo menos posible de casa». Afirma que aunque haya gente que les agradece su trabajo, otros acuden a hacer la compra «mañana y tarde», todos los días, hasta «para comprar cuatro cervezas».

Idoia también denuncia la actitud de algunas clientas. Relata que los primeros días, la gente acudía al supermercado en el que trabaja como en «una avalancha», llevándose los carros llenos. «Fue un verdadero caos, nos quedamos sin existencias, sobre todo sin alimentos de primera necesidad; macarrones, leche, legumbres, papel higiénico... todavía no hemos conseguido darle la vuelta a eso», cuenta.

Idoia es la encargada del supermercado para el que trabaja, y dice que las empleadas «no dan abasto» por el «estrés» al que están sometidas. «No llegan» las mascarillas para la plantilla y la empresa les ha dado las instrucciones y material para que los trabajadores puedan confeccionar EPIs en casa. Se incumple la distancia de seguridad, y han tenido que contratar a un trabajador de seguridad para que pueda controlar la cola que se forma todos los días a la entrada, ya que ninguna de las trabajadoras podía encargarse de esa labor, pues «la carga» de trabajo que soportan en el supermercado es «impresionante».

Al igual que Larraitz, la empleada de Zarautz afirma que ir al supermercado se ha convertido en la «excusa perfecta» para salir de casa. «La gente compra cualquier chorrada y eso nos cabrea, es indignante», protesta. Eso sí, esta inusual situación también le ha dejado ver la mejor cara de algunos clientes: «Una clienta vino a darme cinco mascarillas diciendo que nos veía sin medidas de protección y que eso era lo menos que podía hacer. No sabía cómo agradecérselo, me quedé con las ganas de darle un abrazo».



«Las más precarizadas, pero ahora imprescindibles»

Cruz Solano trabaja en el Carrefour de la calle de General Álava en Gasteiz, en el epicentro desde donde se expandió el Covid-19. Trabaja en la carnicería de cara al público. En este centro comercial son 42 trabajadores y trabajadoras en plantilla.

Admite que cuentan con los medios de protección necesarios, pero reprueba, en este caso, que «estamos mucho tiempo expuestos, porque el horario se mantiene desde las 9:00 a las 21:00 horas de lunes a sábado. Otros supermercados han reducido la jornada. Creo que es necesario», dice el trabajador.

Mientras ellos viven al filo de la exposición al virus, considera que «bastante gente viene al supermercado a pasar el día, lo que incrementa el riesgo no sólo para ellos, sino para todos y todas quienes estamos aquí». Tras esa pequeña introducción, remarca a nivel personal que «hay mucho miedo a contagiarnos. Hay que tomárselo en serio porque se guardan las distancias, se mantiene el aforo limitado, pero el miedo no te lo quita nadie. Hay algunos compañeros y compañeras que se encuentran de baja por otras patologías, pero, en cuanto notaron algo, cogieron la baja». A su juicio, «deberían hacernos caso y reducir la jornada, de esa forma, reduciríamos la exposición y bajaría también el riesgo en esta ciudad.

A juicio de Solano, en Gasteiz la impresión que hay es que «no remite el impacto del coronavirus. No se nota. Cada vez hay más enfermos y más muertos». Lo argumenta con claridad porque no hay un control exacto de la situación, «entre asintomáticos y entre a quienes no les hacen la prueba». Lo cierto es que en el supermercado de Carrefour de Gasteiz «vienes a trabajar y no te controlan la temperatura ni te hacen prueba alguna, pese a que estamos de cara al público en esta ciudad que fue el epicentro del Covid-19».

Supermercados Berriak cuenta con centros comerciales en Laudio, Amurrio, Ugao y Bilbo. En Laudio, Ludi Temiño, que trabaja de cara el público en la carnicería, explica que «tenemos mucha preocupación por el Covid-19» y eso se nota «no solo entre la plantilla, que somos en total, entre todos los centros, unas 80 trabajadoras y trabajadores, sino entre los y las clientes. Se les ve cada vez más tristes. Al comienzo, estaban mucho más nerviosos e irascibles, ahora se les ve que esa preocupación se está transformando en tristeza».

Admite la contradicción de  que «somos las más precarizadas y ahora resulta que somos imprescindibles, pero tenemos que estar expuestas y no podemos dejar de venir». Temiño entiende que «se debería haber parado la actividad desde el principio, para evitar el riesgo» y reconoce que «el mal tiempo también ayuda para que se evite ir a la calle o al  supermercado con frecuencia. La gente, por otro lado, se está dando cuenta con el confinamiento que esto va en serio, que tienes que parar, porque el virus no para».



En Supermercados Berriak las medidas de seguridad para las y los trabajadores han aumentado. «Se intenta hacer lo mejor posible. Es difícil, cuando hay mucha gente, buscas distancia».

Su compañera Blanqui Zubiaur, desde el servicio de panadería, indica que estar de cara al público ante la pandemia provocada por el Covid-19 «hace que nuestra preocupación aumente, porque, al final, no sabemos si todo esto va a terminar afectándonos a nosotras. Tenemos que estar trabajando y el miedo lo tenemos ahí. Eso es muy importante».

Zubiaur destaca que «el Covid-19 y el mal tiempo» han reducido la presencia de clientes en el supermercado. «Más que pasar mucha gente, lo que está ocurriendo es que hay gente que repite y repite. Eso creo que se debería terminar. Vienen dos personas, algunos hasta tres veces y otros solo a por una cerveza. Esas cosas se deberían mirar un poco, porque son innecesarias».

Tiene «un poquito de  miedo», según admite, porque «tengo a todos en casa. Estoy expuesta durante las siete horas y, quieras o no, tienes temor de que te puedan contagiar o que puedas contagiar cuando llegas a casa».

Blanqui Zubiaur pide a la población que «se mentalice y se quede en casa. Si no tuviera que trabajar, estaría en casa. Haría las compras una vez a la semana».

Sofía Treceño es la responsable del súper de Laudio y también apoya en el servicio de cajera. «Estamos muy aceleradas. Tenemos mucho trabajo». Y precisa que «entre la gente hay de todo: mucha no es consciente, otra está histérica. Hay de todo».

Adelanta que en el supermercado las medidas de protección son adecuadas entre el personal, pero lamenta que «todavía se ve a mucha gente. No está concienciada ante el riesgo real que tenemos frente al Covid-19».

Espera que «todas estas medidas» de restricción impuestas «no duren mucho», aunque remarca, por último, que  «no deberíamos bajar la guardia, es decir que la gente se quede en casa y eviten salir a la calle».

De la «ola» del papel higiénico a la de la cerveza

Ofelia Pérez trabaja en uno de los supermercados Dia de Ermua. Es cajera. Dice estar «saturada, porque tenemos mucho trabajo». Tras la primera ola de clientes que se llevaban los rollos del papel de WC, admite que «le han seguido otras como la ola de la cerveza y nos encontramos, en este momento, con la tercera ola: la harina de repostería». Admite, sin embargo, que siente temor a lo que pueda ocurrir, «porque estamos en primera línea de exposición al virus, sin duda».

Supermercados Dia repartió tarde, «hace una semana, tan solo», las mascarillas de protección, pese a que las siete trabajadoras, una más de refuerzo, pidieron desde el comiendo a la dirección medidas de protección. «Nos contestaban que los gobiernos y Sanidad les decían que no eran obligatorias, a pesar de estar expuestas ante los y las clientes en primera línea. A nosotras, al final, nos llegaron el viernes pasado, junto a guantes y gel desinfectante. Nos dieron siete mascarillas a cada trabajadora». Una cantidad que se presume insuficiente para estar todos los días trabajando. Este pasado martes, por otro lado, «nos llegaron las pantallas de metacrilato para evitar contacto directo, pero las hemos tenido que colocar nosotras». Sí que remarca que «nos han ofrecido 250 euros como incentivo a las trabajadoras por el esfuerzo que estamos realizando».

Ofelia Pérez explica que «la gente mayor, la más vulnerable ante el Covid-19, es la que menos concienciada está. Hay un cliente de 89 años que viene al súper tres veces al día, sin necesidad» y ocurre que «sale una señora con los guantes que les entregamos y después se los da al primero que pasa para que lo eche a la basura rompiendo la cadena de seguridad».



Nulo absentismo

Aunque la incidencia del coronavirus es muy inferior, en Ipar Euskal Herria el Covid-19 también genera inquietud entre las cajeras y reponedoras de los supermercados Leclerc de Urruña y Carrefour de Donibane Lohizune.

La mayoría de los testimonios dan fe de preocupación, pero también de vocación del servicio (no siempre reconocido) que ofrecen a la sociedad. Las medidas establecidas por las empresas dan sensación de seguridad a gran parte de sus empleadas, aunque reconocen, que se trata de afirmaciones que vienen con un gran ‘pero’, y es que no haya habido personas contagiadas en el lugar de trabajo. «Las cosas serían muy diferentes si hubiese habido alguien enfermo aquí» reconoce Raoul, reponedor en Carrefour.

Las medidas que dan esa sensación de seguridad son varias: láminas rígidas de plástico de un metro de alto y dos de largo, colocadas entre las cajeras y los compradores, el control del número de personas que se deja entrar en el supermercado, y la puesta a disposición de mascarillas, guantes y gel desinfectante a las trabajadoras.

Las cajeras están obligadas a llevar una mascarilla, pero los guantes que tienen a su disposición son opcionales, aunque que la gran mayoría los utiliza. Marie, en Leclerc, reconoce que «un poco de miedo, claro», pero que se siente segura tras el plástico. Afirmación con la que se muestran de acuerdo Claire y Miren, empleadas de Carrefour. En las palabras de Ludivine, el miedo es más palpable, pero aún así, ha decido ir a trabajar.

El absentismo es prácticamente nulo. Fue en el momento en el que se cancelaron las clases cuando las cajeras que tienen hijas o hijos en edad escolar pidieron la baja, pero la gran mayoría sigue acudiendo a su puesto de trabajo. La respuesta al «porqué» es tanto económica, como para evitar «que me explote la cabeza» tal y como afirma Sandrine, reponedora en Leclerc, y con la que se muestran de acuerdo Claire y Miren.

También hay quién decide no portar mascarilla, como Jon, que pesa la fruta en Leclerc y que se siente protegido por el parapeto. Además dice que no le ve utilidad a los guantes, ya que se lava las manos continuamente con el gel. Raoul ha decidido no llevar mascarilla, porque «hay pocas y prefiero guardarlas para las cajeras».

Como ocurre en los territorios del sur, el comportamiento hacia las trabajadoras es, en general, de absoluto respeto y se oyen muy a menudo exhortaciones de ánimo. Aunque, por supuesto, también son testigos y objeto de otro tipo de comportamientos.

Ana-Mari, de la tienda de Urruña, señala que «algunos ni dicen buenos días del miedo que tienen, y otros sacan su frustración y su enfado con nosotras». La expresión de este último sentimiento también es motivo de queja por parte de Claire: «Algunos se enfadan cuando les digo que tienen que respetar las medidas de seguridad».

El servicio Drive, con el que se pueden hacer las compras por internet y tan solo es necesario ir a buscarlas con el coche, ha crecido exponencialmente, hasta verse saturado en algunos lugares.

Pantxika trabaja en este servicio en Carrefour, y afirma que entre los compradores que lo utilizan, las expresiones de miedo son más habituales. Hay gente que la abronca porque está tocando la compra y quieren hacerlo ellos, pero la regla es clara: los compradores no deben de salir del automóvil. También están los que quieren salir para ayudarle, pero una vez más, la prohibición es indiscutible. Cada día colocan un cartel en donde se dan a conocer las reglas a respetar y Pantxika explica que hay que ponerlo sin falta, para evitar este tipo de situaciones: «El lunes se nos olvidó y fue mucho más difícil».

 

 

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