‘Passion simple’: amar, desear, sufrir

Enamorarse hasta perder la razón, hasta que el deseo roza la obsesión. Y sufrir. Basada en la novela homónima de Annie Ernaux, la directora libanesa Danielle Arbid ha presentado en la Sección Oficial ‘Passion simple’, película que debía haberse estrenado en el festival de Cannes, finalmente cancelado.

OIHANE LARRETXEA|DONOSTIA|2020/09/20
Passion_simple
Los protagonistas de ‘Passion simple’, Sergei Polunin y Laetitia Dosch. (Gorka RUBIO I FOKU)

Enamorarse de alguien, sentir un deseo ardiente, irrefrenable. Amarlo hasta perder el sentido. El sentido de lo que hasta entonces era tu mundo. La vida comienza a girar en torno a esa persona. El enamoramiento que lleva hasta la obsesión y, en consecuencia, al sufrimiento. La directora libanesa Danielle Arbid ha llevado a la gran pantala ‘Passion simple’, novela homónima de la escritora Annie Ernaux. Recogió sus propias vivencias en 1992.

La película, que debía haberse estrenado en el cancelado festival de Cannes ha entrado esta tarde en la pugna por la Concha de Oro de la Sección Oficial de Zinemaldia.

Tal y como ha admitido la propia cineasta en la rueda de prensa posterior a la proyeccion, ha sido una película «dificil de llevar a cabo porque el propio libro es muy complicado de adaptar. Es casi una obra inadaptable, y eso era lo que me atraía, porque era un desafío», ha dicho.

«Es un libro generoso, con un final abierto, como a mí me gusta. Es una historia en la que cada uno puede proyectar su vida. No es una historia concreta, ni tiene un estilo demasiado narrativo ni los personajes están muy bien definidos. Nos habla de una emoción, una emoción precisa. La propia autora reveló después de escribir el libro que el hecho de haberse enamorado fue una suerte; y yo he querido retratar esa suerte».

La película nos descubre la intensa relación entre Hélène y Alexandre. Ella es madre separada y profesora de Literatura en la universidad. Él está casado y trabaja en el consulado de Rusia en París. Sus encuentros son ardientes, carnales, pero no hay margen para profundizar demasiado en otros aspectos sobre sus vidas. Les une un deseo difícil de controlar. Sus citas dependen de las llamadas de Alexander, y la obsesión de ella por los mensajes y las llamadas que en ocasiones tardan en llegar lo hacen insostenible.

Preguntada por las posibles críticas que puede levantar desde un punto de vista feminista, al mostrar a una mujer dependiente, quizá vulnerable, no las comparte porque de lo que se habla es de amor, de pasión. Para Arbid, la belleza de la historia es que un hombre, en la posición de Hélène, «lo viviría igual». «Todos hemos tenido una historia que nos ha dejado recuerdos, incluso heridas, y puede también que nunca la hayamos compartido con nadie», ha dicho. «Yo comprendí a esa mujer desde el principio», ha declarado la actriz protagonista, Laetitia Dosch.

Sexo natural, sexo valiente

‘Passion simple’ habla del fino hilo que separa el amor de la obsesión. «Cuando leí el libro me pareció sobre todo una historia valiente. Haber vivido un paréntesis tan intenso, donde incluso abandonas el entorno… esta mujer se enamora, y narra cómo de una historia sexual pasa a ser algo emocional hasta convertirse en algo parecido a una obsesión…», ha opinado la directora.

Valiente también por todas las escenas de sexo que incluye la película. Ha abierto un interrogante sobre cómo va a acoger el público la película en este sentido. «Una cosa es verla en la intimidad de casa y otra en el cine. Porque el cine implica compartir», ha opinado Arbid. También se ha debatido sobre si el espectador está preparado para estas escenas, especialmente el norteamericano.

El propio actor protagonista, Sergei Polunin ha revelado entre risas que durante el rodaje bebió tres botellas de whisky. «Danielle ha puesto mucha pasión en el proyecto y tenía muy claro lo que debíamos hacer. Desde la primera escena nos metió en el lado más profundo», ha contado el intérprete. Paradójicamente, su persona solo se desnuda físicamente, sus emociones quedan totalmente veladas. «Traté de interpretar al hombre ruso, a la cultura de aquel país, más fría y hermética. La verdad es que fue más fácil trabajar con el cuerpo y expresarme con él que con las palabras».