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El que se pica, ajos come

La invitación de Andres Manuel López Obrador, elegido presidente por el pueblo mexicano, a Felipe VI, elegido rey por su padre y Francisco Franco, ha desatado todos los truenos que cabían en la Caja de Pandora.

En algo ha debido acertar el presidente de México cuando todas las fuerzas del nacionalismo español, con la excepción de Podemos, han sumado sus voces en un coro de indignados en el que, aparte de insultos y desvaríos, no se puede distingir argumento alguno.

Porque es cierto y verificado que la soldadesca española no aportó más que dolor e infecciones a gentes que se regían por sus propios usos y costumbres, incluida la antropofagia. Y no es menos cierto que esquilmaron el oro y la plata y sólo les dejaron la cruz impuesta a sangre y fuego.

Tan cierto es ello que quinientos años después, el desarrollo de las sociedades donde imperó la espada española, sigue trabada por los lastres del pasado.

Pedir perdón después de tamaña atrocidad no es una ocurrencia. Es una necesidad.

Y si a los mandatarios, reyes y lacayos españoles la idea no les hace gracia, recuerden el dicho -también muy español-: "El que se pica, ajos come"

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