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Jugar a pequeña es perder

Vivimos días de alto voltaje político. Y aún así parece que hay quien no se percata de que nada será igual en un futuro mucho más próximo de lo que pudiera parecer.

El Régimen español del 75, a punto de naufragar hace sólo unos meses, trata de salvar los muebles con la mirada puesta en una Catalunya que ya ha decicido decidir. Sea cual sea la opción última. Y eso ya no es lo más importante, sino el mismo hecho de arrancar un derecho inalienable.

La derechona, la encargada de gestionar la bancarrota, hace aguas y hasta su gerente principal se sienta en el banquillo de un tribunal trucado para dar cuentas del grado de corrupción al que han llegado.

Y los militares, para redondear la imagen, siguen transportando carros blindados a Catalunya con fatuo aire chulesco.

Lo de la izquierda española resulta difícil de entender, aún con la más benigna de las lentes. Y qué decir de los nacional-regionalistas vascos.

Ahora Urkullu dice disfrutar de la esperanza de que le transfieran dos o tres competencias que hace casi cuarenta años que debieran estar gestionando las instituciones autonómicas del tercio.

Da la impresión de que algunas y algunos no saben en qué tiempo vivimos.

 

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