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Lo peor, el ridículo

He perdido buena parte de una jornada festiva y calurosa entregado al pleno del Congreso de los Diputados españoles. Y digo perdido porque, salvo las honrosas elecciones en que confiaba, el resto de la obra no ha pasado de la categoría de pantomima.

De modo previo, atendí de buena mañana a las explicaciones públicas de Carmen Calvo y Pablo Echenique y abandoné el asuntó con la grave sensación de haber entendido mejor a la jefaza del PSOE que al jefazo de Unidas Podemos. Algo muy inquietante, sin duda.

También me he atragantado con el debate del mediodía, entre la menestra y las albondigas, y no he sido capaz de entender el rumbo que siguen  las izquierdas españolas, justo en la ruta que lleva al precipicio.

Al final lo han logrado. Las derechas en vías de reagrupación van a derrocar a las supuestas izquierdas sin tener que recurrir a los militares africanistas. Y a catalanes, vascos y gallegos sólo nos señalan el camino de la salida. Que cada cual se lo coma con su pan.

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