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No es un varapalo

La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en el caso de Oriol Junqueras no es, como habituamos los periodistas a decir, un varapalo para el Tribunal Supremo español. Es mucho más contundete, es un zurriagazo.

Y no sólo porque Junqueras pueda recuperar la libertad, que no es cosa menor, sino porque consagra el principio de que los tribunales españoles no son omnipotentes en su función de defender las políticas de Estado.

Junqueras, como Puigdemont y Comí son europarlamentarios de pleno derecho porque así lo decidió la ciudadanía que les eligió.

No es el de España un reino donde la cordura y el sentido común tengan un lugar preeminente, pero si algo de luz  quedara, alguien tendría que preguntarse cómo se estará contemplando desde Europa a un Estado miembro que niega a los diputados tomar posesión del cargo. Y más aún, cómo mirarán a un país donde los ciudadanos eligen a líderes encarcelados o en el exilio.

Puigdemont y Comí no son prófugos. Viven y trabajan en Europa, a la que representan. Y Junqueras no es un político preso sino un preso político. ¿Tan difícil es reconocer que la represión que comandó Felipe VI estuvo mal?

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