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Sánchez en su laberinto

Pedro Sánchez llegó a La Moncloa de aquella manera, con el empujón de todos cuantos no soportaban más a un Partido Popular corrupto hasta la médula.

Lo hicieron sin entusiasmo pero la situación requería generosidad y abrir no una ventana sino apenas un ventanucco, una saetera, a la esperanza de que las cosas no siguieran empeorando.

La nefasta gestión de Rajoy en la crísis catalana apuntaló el apoyo de los independentistas, más que escamados también con el PSOE que votó por la aplicación del 155 y el envío de los piolines a apalear a la población civil.

El presidente del Gobierno español ha frustrado el menor atisbo de acuerdo en Catalunya; ha instruido al Fiscal General del Estado para que la Justicia Política mantenga a medio Govern en prisión y a la otra mitad en el exilio; sigue negando que las personas tengan derecho a decidir sobre el futuro de su propia comunidad humana, social y política, algo que en Canadá y Reino Unido, por ejemplo, no se entiende.

Y ahora, en el inicio del juicio al Procés se presenta con unos presupuestos generales y la amenaza de elecciones en una alocada primavera que las derechas agitan como las banderitas de Colón.

Aquí, el PNV calla y mantiene su apoyo a Sánchez mientras dice estar junto a los líderes catalanes. Y uno ve a Sánchez desnortado, mareado en su laberinto.

De aquí, lo digo convencido, no va a salir nada bueno.

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