La operación política que ha iniciado Gabriel Rufián es tan difícil de entender desde Barcelona −creo que desde cualquier lugar con identidades nacionales diversas− que he acabado pensando que solo es comprensible desde Chamberí. Había pistas: un acto en Madrid, con un diputado de Más Madrid y moderado por una periodista habitual de los medios madrileños. Solo habían pasado tres minutos cuando se nombró a la presidenta de la Comunidad de Madrid.Rufián proponía reinventar la plurinacionalidad desde una lógica que cabe en la M-30. No es una mera enmienda estética: la propuesta en liza no entiende el Estado. Uno puede comprender y hasta ver normal que en la capital, como en esa amplísima parte mononacional del Estado, se considere a menudo que «a la izquierda del PSOE» hay un solo espacio político y que, en un momento de emergencia, debe ir a la una. Esa idea tiene tanta lógica que, de hecho, ya ha ocurrido. Eso exactamente fue Sumar en las elecciones del 23-J, donde confluyeron todas las expresiones políticas por la izquierda de adscripción española. Incluido Podemos, por cierto, aunque después se fuera del grupo. Pero Rufián propone una vuelta de tuerca y que a esa alianza se sumen fuerzas de diferente matriz nacional, como la suya. Cosa que podría funcionar en unas elecciones de circunscripción única. Pero nunca si se analiza, como él reclamó, «provincia por provincia». Porque lo que suele olvidar la izquierda madrileña, y parece que ahora también Rufián, es que en Bizkaia, Pontevedra, Tarragona, Nafarroa, Lugo o Barcelona no hay un solo espacio a la izquierda del PSOE, sino dos, con sus propias trayectorias históricas, su diversa implantación territorial y su diferente idea de nación. No solo existen, conviven. Y ambos son competitivos por separado. Tanto Comuns como ERC ganan más votos defendiendo su propio programa que mezclados. La colaboración entre izquierdas es una obligación antifascista, pero diluir ahora espacios políticos como si todo fuera lo mismo es un suicidio.