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Lecciones soberanistas sobre la triste victoria de Rosa Díez

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La gran paradoja para Rosa Díez es que su egolatría le ha condenado al ostracismo en el momento en el que su gran proyecto político tiene más posibilidades de implantarse. Uno de los objetivos fundacionales de UPyD siempre fue constituirse como «partido bisagra español» que pudiese suplantar a PNV y CiU como apoyo de PP y PSOE en el Congreso cuando estos no obtuviesen mayoría absoluta. Básicamente, envolverse en la rojigualda y en el «España una» para que presidentes como José María Aznar no se viesen obligados a hablar catalán en la intimidad. Con la irrupción de Ciudadanos y el previsible establecimiento, junto a Podemos, de un cuatripartidismo más o menos equitativo en Madrid, se cumple el sueño de la antigua esperanza blanca del unionismo. Lo dramático para ella, que tanto gusta del favor de las cámaras y de presentarse como la razón absoluta e irrebatible, es que no estará en la Cámara Baja para disfrutarlo.

Al margen de la satisfacción que a uno pueda producirle la debacle de la cabeza del nacionalismo español más ultra, esta ecuación debería provocar análisis urgentes tanto en Euskal Herria como en Catalunya. Con Ciudadanos convertido en tercera pata de un régimen que se cierra hacia dentro se finiquita también la antigua aspiración de mercadear competencias a cambio de investiduras y presupuestos. También se da un portazo a ese proceso constituyente y esa plurinacional elevadas hasta los altares por cierta progresía española hasta el punto de elevarse como tope para cualquier dinámica independentista. El «ahora no toca» disfrazado de buenas palabras muestra sus carencias.

En Catalunya llegaron hasta esta lógica hace años y el tiempo puede terminar demostrando que el proceso soberanista, ese ejercicio de democracia radical y desobediencia colectiva, ha constituido la única apuesta rupturista con posibilidad de quebrar el régimen de 1978. En Euskal Herria, por el contrario, el lehendakari Iñigo Urkullu sigue insistiendo en ese camino del diálogo que puede dejarle sin recorrido. Resulta imposible hablar con quien no te corresponde ni siquiera con un acuse de recibo. Si a eso le añadimos que la aritmética convertiría al PNV en irrelevante para llegar a pactos con Moncloa, las perspectivas de repetir el juego del toma y daca que Sabin Etxea siempre ha presentado como «capacidad de pactar» se reducen exponencialmente. Cierto es que un contexto político tan volátil el análisis de ayer puede ser viejo pasadomañana. Sin embargo, la tendencia es clara: el cierre del régimen español se produce desde el unionismo. 

Ante esa perspectiva sería un error histórico para Euskal Herria no empezar a crear desde ya las estructuras, las alianzas, las complicidades y las estrategias que permitan hacer frente a la resurrección del sistema. Dinámicas como la de Gure Esku Dago son claves para este momento político. Las soluciones del pasado no sirven para un momento cambiante y vertiginoso. Enrocarnos en nuestras parcelas sin generosidad ni audacia nos condenaría a perder un tiempo de oro para constituirnos como Estado soberano y hacer de la democracia nuestra seña de identidad frente a modelos que se construyen, nuevamente, en base a la negación. Al otro lado del Ebro ya se están moviendo. 

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