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Alzola, una familia impulsada por el motor del deporte

Alzola, una familia impulsada por el motor del deporte

La familia Alzola es un ejemplo de que la vitalidad y la mentalidad no están relacionadas con la fecha de las partidas de nacimiento y de que no hay mejor motor que el deporte para demostrarlo. Con ese espíritu han practicado diversas especialidades siguiendo la huella abierta por Jesús Mari, que a los 68 años ha superado un coágulo en la cabeza que ha mermado algunas cualidades físicas, pero no su espíritu para seguir en las carreras masters del calendario de ciclo cross, donde su hija Naia es con 43 la única vasca que es madre y ha superado las barreras que se ha encontrado por ello. Ha coincidido con los principales referentes del ciclismo y del feminismo en el deporte vasco, como Dina Bilbao, Joane Somarriba, Nekane Lasa o la nueva generación de Eider Merino o Lourdes Oyarbide.

Y todos apoyados por su madre, Maite Amezua, que ha acompañado a Jesús Mari y a sus tres hijas en los circuitos de motociclismo, los de escalada, las estaciones de esquí y todas las pruebas de atletismo, ciclismo y triatlón en las que han participado los Alzola.

Porque su característica es la inquietud por practicar diversas especialidades que tiene como responsable a Jesús Mari, un chaval movido que buscó el riesgo en la escalada y las motos de competición: «Empecé a escalar con 16 años. Conseguíamos motos y nos íbamos a Atxarte o Baltzola. Pronto empecé a trabajar y compré material e íbamos a escalar a Picos de Europa y Pirineos, además de competir en moto. Escalaba en la época de históricos como Udaondo, Régil o Kike de Pablo, integrante de la primera ascensión vasca al Everest. Luego llego la escalada en libre de Jon Lazkano, Wili Bañales, Guillermo Bergaretxe... En los primeros años aquello no era una forma de hacer deporte, era una locura. He visto morir a gente delante mío por no conocer bien las técnicas».

Con la moto compitió en motocross, en las subidas y en los circuitos de velocidad: «Hubo un año que inventaron la categoría Súper, con 64 licencias y, como había sido tercero el año anterior en la Copa Senior, me metieron directamente y me vi en el lío del campeonato de España. Coincidió con el secuestro de Luis Suñer Sanchís y, como lo vendió todo para desvincularse del motociclismo, me compré una Morbidelli de la escudería Avidesa. Teníamos una Ford Transit que en la parte de atrás era taller y dentro como una vivienda. La llevábamos llena de gasolina, que nos intoxicábamos. El primer año me doblaban, pero el último no bajé del décimo puesto compitiendo con gente como Nieto, Tormo o Palomo. En Euskadi corrimos en subidas porque no había circuito. Solo se hizo uno en Intxaurrondo en 1975, pero se mató Emilio Medina y no se volvió a hacer».

Dejó la moto tras una grave caída: «En 1983 me mandaron hacer un reportaje para ETB, recién creada entonces. Me caí y me enfadé bastante. Si me caigo peleando en un circuito me quedo contento, pero me jorobó caerme así. Vendí la moto y la furgoneta a la familia de Herri Torrontegi».

Así se centró en una escalada más segura: «En los primeros años era un riesgo. Luego la técnica mejoró mucho. Hasta que una tarde de octubre del 86, escalábamos el primer espolón de Atxarte con el último sol y vimos en el periódico que se iba a hacer un triatlón de invierno en Reinosa: correr diez kilómetros, subir en bici a Brañavieja, unos 25, y otros diez de esquí de fondo. Para mí fue como si ese día descubriera el deporte. Me dijeron que no había cojones, que no iba a poder correr diez kilómetros. Me puse a correr, para Navidades adelgacé cinco kilos. Fue un flechazo y me enamoré».

Llegó a correr la Behobia en 1:15: «Aprendí qué era el deporte, me hizo mejorar. En el primer triatlón de Reinosa en 1987 subí en bici con dos catalanes que habían subido el Everest, Oscar Cadiach y Enric Lucas. Todavía recuerdo cómo este último, alto y fuerte, marcaba huella en la nieve de la carretera. Corrió mucha gente ilustre, ciclistas profesionales, aventureros, montañeros… Los ciclistas te miraban como un bicho raro. Les costó admitir que viniéramos intrusos, pero era mejor salir 95 y no once».

Era el primer triatlón invernal organizado en el Estado español y lo ganaron Pello Ruiz Cabestany e Isabel Dumall. La siguiente edición Pedro Delgado, que ese año ganó su Tour, y Dina Bilbao. Diez años después, en 1997, se imponía... Naia Alzola, que ese año fue campeona de España.

Con ella no es necesaria ninguna prueba de ADN. Es hija de su padre, una versión femenina y mejorada de una vida marcada por el deporte y la vitalidad: «Mis primeros recuerdos son del ruido de los motores, del olor a gasolina, de la primera furgoneta, de carreras en pueblos de España que ponían fardos de paja en las curvas... Íbamos al monte y me llevaba a escalar. Yo a todo decía que sí, y aunque mi madre se asustaba un poco, iba a Atxarte, Urkiola o Mugarra. Era bastante fácil de convencer».

Jesús Mari confirma que «ya con ocho-nueve años llevaba a Naia a escalar, que si hago ahora eso la Diputación me quita la niña. Coincidiendo con mi descubrimiento del esquí de fondo, la llevamos a un curso y la cogieron para ir a concentraciones, primero con Bizkaia y luego con Euskadi. Casi sin querer nos vimos en la nieve cada vez que podíamos y acabamos esquiando toda la familia. Mi mujer al principio no esquiaba, pero vio que no tenía sentido estar cuatro esquiando y ella en la cafetería y se animó».

Naia recuerda que «con once años empecé a ver a Alzola –le llama así a su padre– en los triatlones y con doce hice mi primer cursillo de esquí en Lunada. Me enganchó porque es un deporte maravilloso. Fue bonito porque acabamos toda la familia esquiando, hasta mi madre. Yo he tenido habilidad, físicamente no era una fuera de serie, pero técnicamente me arreglaba bien. Algunos de la selección vasca nos lo tomábamos en serio. Soñaba con ser esquiadora».

Con doce años quedó segunda en el campeonato de España benjamín de esquí de fondo. Con quince ganó la Behobia en roller-sky absoluta en féminas, con 18 fue campeona de España junior de esquí de fondo y absoluta en 2000, 2002, 2003: «La progresión era grande, andaba bien a nivel de Euskadi y España, había una selección española de chicos, pero no de chicas. Llevaban alguna de vez en cuando, pero la Federación no apostó por el equipo femenino. Era un deporte complicado. Todo el año te entrenabas, en verano con esquís de ruedas, corriendo por el monte o en bici... Gané campeonatos de España, en juveniles, en seniors, pero después de la decepción de ver que no había más progresión, pensé que eso era una mierda y tiré al mountain bike».

Su padre fue uno de los primeros en tener una bicicleta de montaña en Euskal Herria: «Como me gustaba la montaña, era una forma de avanzar más que a pie. Se la pedí a Javier Elorriaga, que buscó en un catálogo y me la trajo en 1984». Naia recuerda que «nadie tenía y me decían “¿qué mierda de bici ha traído tu padre?”».
También se volcó en los triatlones porque participaba su padre: «Me encantaba verlos. Participaban chicas como Dina Bilbao o Isabel Dumall y las miraba con admiración. Me decía que de mayor quería ser como ellas. Dina hacía muchas cosas, se iba con la piragua a bajar el Nilo o a cruzar Groenlandia con los esquís... Era un referente para mí».

Dina Bilbao fue pionera. Formó parte en 1985 del Orbea, primer equipo ciclista femenino, y dominó las pruebas de triatlón invernal y de verano y el duatlón, fue aventurera y desapareció en La Antigua en 1997 con 36 años en un temporal: «Tendría ahora 58 y habría hecho muchísimo por el deporte femenino. Aquella sí era un referente. Trasmitía alegría, tenía una personalidad fuerte. Una vez no nos seleccionaron para el campeonato de España. Garay nos dijo que no competíamos. “Pero si somos campeonas de Euskadi”, le decía yo. Al final la víspera nos dijo que podíamos incorporarnos a la selección. Dina tenía mucha ironía y me dijo: “¡Vamos a hacer un carrerón!” e hicimos podio las dos en el campeonato de España».

De los triatlones recuerda otro campeonato estatal en Tramacastilla, la primera vez que le ganó a su padre: «Me hizo ilusión, no por ganar al viejo, sino porque él tenía mucho nivel. En una Copa de Europa hice tercera, novena en el campeonato de Europa y duodécima en el Mundial de 2002. Éramos muy pocas chicas, pero buenas deportistas, fuertes. Había ciclistas, atletas y algunas que hacíamos un poco de todo. Me gustaba apuntarme a diferentes historias. Por ejemplo una vez había un campeonato de Europa de raids en la isla de Hierro, hacía falta una chica y allí fui. Hice rafting... A todo decía que sí».

Fue medallista de bronce en un Mundial por relevos de triatlón de invierno y plata en un Europeo con la selección española en 2003, pero recuerda que «cuanto más arriba vas en competición, más rollos aparecen. Selecciones, enchufes, envidias y preferencias. Una vez en una revista de esquí de fondo en la que colaboraba, me pidieron escribir un artículo sobre la selección de triatlón. Escribí lo que pensaba y ya no fui más con la selección. Me quitaron de colaboradora. Me daba igual, no me gusta callarme. Me parece importante decir lo que pienso donde debo decirlo. Y eso pasaba allí. Los deportistas se quejaban por lo bajito, pero cuando había que hablar con los responsables, solo hablábamos Ana Serra y yo, que era la más joven. Siempre hemos tenido el aita y yo problemas por hablar claro y a algunos les gusta y a otros les molesta. Las Federaciones en general suelen ser reacias a recibir críticas».

Una forma de ser que también le hizo sufrir a Jesús Mari: «El esquí fue como un huracán, muy intenso. Entré en la Federación casi sin querer y me supuso enfadarme con gente. Alguien tenía que entrar y organizar carreras, pero me supuso un desgaste y, cuando acabó mi fase, lo dejé».

Su hermana Saioa también destacó en las pruebas de esquí de fondo y se proclamó campeona de Euskadi y de Bizkaia en categorías inferiores. Naia fue monitora de esquí: «Mi estación era Somport, su director era muy cercano, y monté una escuela con unos amigos y estuve unos años hasta que empecé a trabajar de andereño», pero no dejó el deporte.

«Me tiré a hacer descenso con 17-18 años porque me decían que iba rápido. Me dejaron una Grisley y un Dainese y mi primera carrera fue un campeonato de España en Zumarraga, desde La Antigua. Y me gustó. En esas carreras conocí a mi amiga Josune Peñagarikano. Ella ha sido una loca de la bici desde niña, hacía descenso y nos hicimos muy amigas. Vivíamos juntas, íbamos juntas a la Universidad y a las carreras. Estudiamos Magisterio de Educación Física, éramos la segunda promoción con un montón de deportistas como Patxi Vila. Fueron tres años y una gozada».

Tener esas amistades y tres novios ciclistas, uno el padre de sus dos hijas, le animó a competir con la bicicleta. La disciplina que la enganchó fue el ciclocross. Coincidió con Nekane Lasa, la única vasca que ha ganado un campeonato de España en 2004, tras la que Naia quedó segunda en Igorre y cuarta en el estatal de Durana de 2002.

Naia fue compañera de Nekane Lasa en el Debabarrena en los años 2003-07 y destaca que «era maja, humilde, más joven que yo, pero aprendí mucho con ella. Fueron unos años de los que tengo buen recuerdo. Fue maravilloso jugar a ser ciclista y correr la Bira. Había una crono en Goiuria, le pedí un buzo a Juanjo Sebastián. Se morían de risa, pero me hacía mucha ilusión. Hice rodillo, había mucha gente conocida en las curvas de Iurreta, fue una motivación y cuando llegué arriba estaba feliz. Hasta que me dijeron que fui penúltima. Yo pensaba que había subido bien y me dijeron que debía haber bajado dos piñones… Me fui triste al hotel, con lo bien que pensaba que la había hecho...».

La Bira le permitió compartir pelotón con Joane Somarriba, ganadora de tres Tours y dos Giros: «Para mí fue increíble. Me acerqué a ella y le dije que había otras ciclistas buenas, pero que ella era un referente. La había visto en el Mundial de Verona y la admiraba como deportista. Era la élite. Le dije en la primera etapa que era un honor compartir con ella pelotón y que estaba supercontenta por eso. Le salió la risa. Pensaría, “esta xelebre”... Para mí era una gozada estar con esas corredoras. Yo no era ciclista, estaba allí por casualidades de la vida. Fue mi cumple y el organizador me trajo un ramo de flores a la salida, las compañeras me hicieron un regalo precioso... Para mí fue especial y acabé una de mis dos Biras».

En 2014-15 corrió en el CAF impulsado por el organizador de la Bira, Agustín Ruiz: «Me insistió, es de mi pueblo, le decía que no estaba para correr en un equipo UCI, no me gustaba la gente que estaba con él, pero tenían una subvención porque era corredora vizcaína... Hicieron un equipo que saltó por los aires. No me gustó el ambiente. Desde entonces me compro la ropa y no quiero ningún compromiso con nadie. Luego me rompí una muñeca, estuve otro año parada porque me operaron y ahora tengo un estado de forma medio-bajo y una técnica bastante alta que me salva. Estoy para correr el calendario vasco, me lo paso bien y disfruto».

Así en Orduña corrió la misma carrera que su padre, que no solo no ha abandonado la práctica deportiva con el paso de los años, la aumentó tras ser prejubilado con 52. Y no ha dejado de competir en ciclocross a pesar de que «el año pasado tuve un coágulo y a finales de diciembre estaba en la cama. Me ha dejado secuelas, pero me he puesto bien, meto la rueda al sitio. Físicamente me toca andar menos y con este parón mucho menos, no oigo bien y no me arreglo con el audífono, cuando me llegan por detrás no se de qué lado me llegan. No me atrevo a salir a la carretera, pero en Euskadi somos una familia, la gente lo sabe y hay un respeto».

Naia explica que «fuimos a principio de año a Almería y no podía conducir ni andar en bici, me impactaba verle así. No estaba ni para dar un paseo». Pero esa vitalidad que le ha caracterizado y su mentalidad le han permitido volver este año a las carreras y tras acabarlas no para y se convierte en el asistente de su hija para cambiarle y limpiarle las bicicletas: «Me he animado y por eso estoy contento. No sé si voy seguir mucho tiempo, pero este invierno estoy corriendo y tengo muchas ganas de esquiar como antes».

Además tienen una ilusión, la de coincidir las tres generaciones en una carrera, para lo que hay que esperar dos años, hasta que Laida, la nieta mayor, pueda correr como cadete. Cuando le plantean esa opción demuestra que también es hija de su madre y se apunta: «¡Vale!». Tanto ella como su hermana Maider practican ciclismo en la escuela de Arratia, escalan en el rocódromo y esquían. También trasmite que «mi madre es un ejemplo. La gente conoce a los dos, mi profesor me preguntó si era hija de Naia Alzola, todos la quieren y eso está muy bien».

También Jesús Mari incide en el cariño que se gana Naia con su forma de ser: «Es una profesional muy bien considerada en su trabajo, en el pueblo la quieren muchos alumnos y padres. Como deportista ha tenido poco motor, pero por su carácter ha conseguido cosas. No es un portento, en las pruebas de esfuerzo o en las analíticas los valores no eran buenos, pero cuando había que competir lo compensaba con su capacidad de sufrimiento».

Y Naia también destaca que su padre «es un personaje curioso, en Durango es un tío respetado y querido en sus círculos. Es un trasgresor de las normas. Siempre me ha transmitido mucho, hemos tenido una relación especial y muy cercana. Nos hemos entrenado y hemos hecho muchas carreras juntos. El deporte nos ha enseñado mucho, nos ha hecho como somos, ha sido el motor de nuestra ilusión. Mis novios han sido ciclistas, como los de mis amigas, y al final somos los que somos por esas experiencias».


«Tengo un compromiso social, estoy en las carreras como madre, como mujer, como ciudadana y como euskaldun»

Naia Alzola es la única madre vasca que compite en ciclocross y ha tenido que convivir en su trayectoria deportiva con el machismo. Como mujer recuerda que «íbamos a algunas carreras y nos decían que “estáis estorbando, no sabemos donde meteros. Venid a ver a los novios”. Les respondía que “tranquilos, seguiremos estorbando y viniendo hasta que seamos muchas y nos toméis en cuenta”. Había discusiones, cosas que te sentaban mal, pero las superábamos desde el buen humor».

Los obstáculos aumentaban por ser madre: «A nivel físico, psicológico y social es triste, pero es así. Somos muy progres, pero en la práctica... Tenía claro que quería ser madre y me puse el límite de los 30 años. Me quedé embarazada a esa edad y he vivido la maternidad diferente a otras deportistas. He visto entrenarse como una loca a alguna embarazada de ocho meses. Me salió vivir una maternidad tranquila, dejé de andar en el rodillo cuando empecé a tener tripa. El primer embarazo de Laida fue maravilloso, le di leche mucho tiempo, aunque me veía que físicamente era un desastre. No había engordado mucho, 16 kilos, pero me costó un año salir a correr y andar en bici porque estaba pasada de peso. Mi padre y mi marido se reían de mí, me decían que estaba gorda, siempre han sido sinceros. Alberto, el padre de las niñas, era ciclista y para ellos el peso es muy importante, no me tomaba en serio. Socialmente también veía que me decían “qué necesidad tienes de salir en bici...”  Fue casi un acto de rebeldía. Vivía en Dima, un pueblo muy pequeño, muy tradicional. Pero me salí del tiesto, para eso siempre he tenido fuerza, y antes de sacarme la licencia corrí con el hermano de Alberto la Quebrantahuesos en 2009. Nunca había hecho 200 kilómetros. Ese invierno me volqué en el ciclocross porque Alzola tenía toda la infraestructura y me compré una autocaravana porque parecía que todo el mundo, si quería hacer ciclocross, debía tenerla».

Recuerda que «luego tuve otro parón con Maider, la segunda niña. Fue más difícil física y psicológicamente porque tenía que atender a Laida. Vivía en Dima, mi familia en Durango y el padre nunca ha tenido mucho instinto paternal. Tenía que tirar yo del carro y me agarré una anemia, estuve cuatro meses sin dormir y pasé un año malísimo. El cuerpo tiene límites y me costó recuperarme y volver, pero lo hice. Era curioso estar en las salidas con la pequeña en brazos en muchas carreras casi hasta que pitaba el juez y luego se la dejaba a mi madre y salía».

A pesar de tener que encargarse de sus dos hijas como si fuera madre soltera, de compaginar la maternidad con el trabajo y de no poder entrenarse como las demás, volvió a un buen nivel, sobre todo en ciclocross. Ganó carreras y títulos en el calendario vasco y se llevó la challange vasca en el invierno 2014-15, en el que fue segunda en el campeonato de Euskadi: «Cumplía en el ciclocross, hacía salidas buenas, aguantaba y estaba en el podio en el calendario vasco y hacía Top 10 fácil en las Copas de España. También hice algo de carretera para divertirme».

Todavía es habitual en los primeros puestos de las carreras vascas, pero no compite solo porque le gusta el ciclocross: «Tengo también un compromiso social. Debemos hacer campaña, ser ejemplo para las que vienen por detrás, que haya quince mujeres es mejor que cuatro. Tenemos esta responsabilidad y estamos todas en eso. Estoy pasada de kilos, pero estoy en las carreras como madre, como mujer, como ciudadana y como euskaldun. Hemos conseguido que los organizadores y la Federación igualen los premios con los chicos, que organicen carreras para nosotras y se merecen un agradecimiento».

En su día llegó a negarse a subir al podio tras ganar algunas carreras porque decidieron cambiar el reglamento y reducir las cantidades establecidas cuando participaban pocas ciclistas y peleó por conseguir la igualdad de premios y por incentivar la participación femenina.

Por eso, a pesar de poder ganar trofeos en la categoría master, defiende que todas las que superan los 30 corran con las élites y sub’23. De las trece mujeres con dorsal para el calendario vasco, siete superan los 40: «Ha habido un movimiento para hacer pelotón, para que seamos más. No vamos a segregarnos porque hay que mimar a las jóvenes. Me ha tocado ser la portavoz, aunque buscamos que las Paulas (Suárez y Lanz) lo sean en el futuro, y queremos hacer piña, que no haya saltos generacionales, que seamos más. Y mejores».

Porque defiende el feminismo desde la compromiso y el optimismo: «Me ha tocado estar en manifestaciones, mesas redondas de deporte femenino en las que no se hace más que llorar... ¡Ya vale de lamentarse! Hay que ser positivo, ver qué se ha mejorado y qué se puede hacer en adelante. Si no, no avanzamos. Está muy bien juntarnos como nos hemos juntado muchos años y ver cuales son nuestros problemas. Detectarlos, analizarlos y marcar hojas de ruta. Pero si no sonreímos, si no somos optimistas, si no disfrutamos con esta lucha, es difícil la progresión», sentencia predicando con el ejemplo, con una sonrisa que no abandona ni cuando sufre en competición y con una mentalidad siempre positiva.

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