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Crónica de un festival anunciado, días 8 y 9 (fin)

La película Donbass del director de origen bielorruso Sergei Loznitsa se ha alzado con el Giraldillo de Oro en esta decimoquinta edición del Festival de Sevilla. El jurado ha valorado el balance entre el tono documental y la ficción así como el realismo y la creatividad de la fotografía. La historia de Loznitsa resulta “conmovedora, cotidiana y muy cercana a nivel humano”. El Gran Premio del Jurado, por su parte, ha ido a parar a Ray & Liz, de Richard Billingham.

Completan el palmarés Yolande Zauberman, premio a la mejor dirección por M; Milorad Krstic y Radmila Roczkov, premio al mejor guión por Ruben Brandt, Collector; Joy Anwulika Alphonsus, premio a la mejor actriz por Joy; Vincent Lacoste y Pierre Deladonchamps, premio a los mejores actores por Vivir deprisa, amar despacio; y José A. Alayon & Víctor Moreno, premio a la mejor fotografía por La ciudad oculta.

Mektoub, my love: canto uno, de Abdellatif Kechiche

Cuatro años después de La vida de Adèle, Abdellatif Kechiche regresa al cine con la primera parte de una ambiciosa trilogía sobre la juventud y el deseo basada en la novela Blessure, la vraie de François Bégaudeau. El primero de los largometrajes —el canto uno— se sitúa en un pueblo veraniego del sureste francés en 1994 y recrea los enredos de jóvenes locales y foráneos que bailan, trabajan más bien poco, pasean por la playa, hablan sin parar y se enamoran o se desenamoran. En Mektoub, my love, Abdellatif Kechiche parece una versión rijosa de Eric Rohmer. La cámara se detiene con insistencia en los cuerpos y la pantalla se llena de culos femeninos hasta un extremo enfermizo. Culos modélicos, por supuesto, igual que todos los demás cuerpos que protagonizan el metraje. Al margen de parafilias y voyerismos masculinos, la película despertó pasiones en Cannes y existen motivos.

Amin (Shaïn Boumediene) es un joven aspirante a guionista y fotógrafo que regresa en verano a su pueblo costero y sirve de enganche narrativo y testigo de las tensiones sexuales entre todos los demás protagonistas. Ophélie (Ophélie Bau) vive con la ausencia de su prometido mientras se enreda con el primo de Amin, Tony (Salim Kechiouche), que a su vez seduce a una veraneante de Niza llamada Charlotte (Alexia Chardard) que ha llegado al pueblo junto a su amiga Céline (Lou Luttiau). No hay más misterio. Todo el mérito de la película, de los 186 minutos de la película, reside en la destreza del director a la hora de generar situaciones y diálogos profusos, y de deslizar la cámara entre los interlocutores con una naturalidad apabullante. Uno asiste a momentos cotidianos con la sensación de introducirse en la escena, ya sea en la paz de la playa o en el bullicio de la sala de baile. Si se hace un esfuerzo para desentenderse de la mirada hipersexualizada del director, y será difícil, el espectador encontrará un trabajo cinematográfico arriesgado y minucioso. Y a la espera de continuación.

El peral salvaje, de Nuri Bilge Ceylan

Cuatro años después de haberse impuesto en Cannes con Sueño de invierno, Nuri Bilge Ceylan regresa con otro largometraje de más de tres horas donde relata las penurias familiares de un joven aspirante a escritor que vive con un padre endeudado y derrochador, una madre sacrificada y una hermana adolescente. La historia se centra precisamente en las tensiones paternofiliales y sostiene un mensaje de redención. Saltan a la luz otros temas como la esencia del Islam en un mundo de tecnología, la soledad del creador, la incomunicación entre generaciones o la discontinuidad entre los sueños y la realidad. Nadie podrá discutir el lirismo ni las pretensiones filosóficas del filme, sus fogonazos cómicos o la interesante representación de una Turquía rural de cabañas de ganado y llamamientos a la oración. Resulta más dudoso, sin embargo, que el espectador medio no pierda la paciencia entre secuencias interminables, diálogos abundantes pero no siempre trascendentes y planos a menudo prescindibles de un personaje poco empático que se desplaza de un lugar a otro sin que sepamos muy bien de dónde viene o adónde va.

Atardecer, de László Nemes

László Nemes llega al Festival de Sevilla con el aval de El hijo de Saúl, la obra que en 2015 se llevó el Gran Premio del Jurado de Cannes y en 2016 el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Atardecer regresa al Budapest de principios del siglo XX e inspecciona la decadencia del Imperio Austrohúngaro y el ambiente violento que precede a la Gran Guerra. Como si fuera un programa de realidad simulada, la cámara de Nemes se pega a la nuca de Irisz Leiter (Juli Jakab), una inocente sombrerera que busca a su hermano, y nos arrastra hacia un paseo en primera persona por la capital imperial. El relato es deliberadamente confuso, de difícil seguimiento, y al director parece que le interesa más mostrarnos una atmósfera que contarnos una historia. La predilección por el plano secuencia subjetivo de Atardecer nos recuerda a El arca rusa de Aleksandr Sokúrov, y sirve como pretexto para exhibir el heroico trabajo del equipo de arte en la recreación de una época, un lugar y una clase social rodeada de belleza y lujos.

Border, de Ali Abbasi

El director iraní Ali Abbasi se alzó con el premio a la mejor película de la sección Un Certain Regard de Cannes con este filme basado en la novela breve Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist. Tina (Eva Melander) trabaja en la aduana sueca con una gran pericia a la hora de detectar mercancías prohibidas hasta que tropieza con un hombre extraño llamado Vore (Eero Milonoff) que pondrá a prueba sus capacidades. Border es una libérrima versión de la fábula del patito feo en clave de thriller fantástico y sobre el fondo de un trama de pornografía infantil. La originalidad del planteamiento y el impresionante trabajo de caracterización al que se someten los dos protagonistas son motivos suficientes para fascinarse con la historia. Ali Abbasi nos habla de la monstruosidad humana y de la humanidad de los monstruos a través de una fábula que va cayendo en las tinieblas y que produce extrañeza y fascinación a partes iguales.

Diamantino, de Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt

Divertida y disparatada farsa en forma de caricatura sobre la figura idolátrica de Cristiano Ronaldo, el fútbol como opio de masas, la evasión fiscal, la crisis de los refugiados y los nuevos populismos de extrema derecha en Europa. Diamantino (Carloto Cotta) es una estrella del fútbol portugués que cae en desgracia después de una jugada desacertada en el Mundial de Rusia 2018. Por un lado, dos inspectoras fiscales vigilan con un dron los movimientos de la estrella del balón y urden un plan para infiltrarse en su casa. Por otro lado, tenemos un maquiavélico programa de manipulación genética se propone descubrir la esencia de la genialidad de Diamantino pero solo encuentra un cerebro cercano a la oligofrenia y un futbolista que recorre el terreno de juego entre alucinaciones llenas de cachorros sobre fondo rosa. Entretanto, Diamantino tiene dos hermanas gemelas que solo piensan en dinero y participa sin quererlo en una campaña publicitaria para apoyar el Portugexit. Nadie le pedirá a la película que sea profunda o hermosa. Nos basta con el desfile surrealista de equívocos que, a pesar de su ligereza, ponen sobre la mesa algunos de los grandes temas de debate público que preocupan a la sociedad europea de nuestros tiempos.

Jaulas, de Nicolás Pacheco

Digna ópera prima del director sevillano Nicolás Pacheco, que después de siete cortometrajes y ocho años de preparativos, da por fin el salto al largo con esta alocada historia de pájaros, venganzas, dinero robado y droga. El relato está basado en una operación urbanística ocurrida hace ahora diez años en Sevilla: el desalojo de los vecinos de Los Bermejales a cambio de una compensación económica. Estefanía de los Santos y Marta Gavilán interpretan a una madre y una hija que se hartan de un padre violento interpretado por Antonio Estrada. Jaulas habla precisamente de un elenco de personajes atrapados en unas vidas de las que no consiguen huir. Todo ocurre en una Andalucía retro pasada por el filtro de la fotografía de Alejandro Espadero, elegante y sugestiva, que recrea un tiempo y un lugar reconocibles pero indeterminados. Es cierto que el guión queda un tanto desflecado y por momentos confuso, pero son tantos lo momentos divertidos que resulta fácil dejarse llevar por las persecuciones, los gags y las situaciones estrambóticas. Entre las grandes virtudes del filme cabe destacar el trabajo de ambientación, con una laboriosa tarea de arte, el ritmo trepidante, las constantes piruetas de humor y la poderosa interpretación de Antonio Estrada en su papel de villano rural.

Euforia, de Valeria Golino

Comedia dramática o drama cómico, según se mire, que aborda la relación entre dos hermanos. Matteo (Riccardo Scamarcio) es un empresario adinerado, insensible y egoísta. Ettore (Valerio Mastrandrea) es un profesor separado que se prepara para afrontar un tratamiento contra un tumor cerebral. Euforia es una fábula sobre la redención y las segundas oportunidades, y además, es el retrato feroz de una clase acomodada que vive de las apariencias, el hedonismo y la hipocresía. El personaje de Matteo encarna a ese emprendedor sin escrúpulos que plantea convertir los campos de refugiados en un nuevo nicho de mercado y que a lo largo de la película deberá confrontar una realidad más trascendental que sus propios negocios, la de un hermano que se encamina sin remedio hacia la muerte. Valeria Golino consigue algunos momentos vistosos e incluso emotivos, pero el resultado es más bien deficiente, con diálogos poco convincentes y personajes insustanciales y más propios de un melodrama televisivo.

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