Dos años después de las revueltas en Nueva Caledonia que acabaron con la detención, la deportación, el encarcelamiento preventivo y la humillación pública de una docena de militantes de las antípodas francesas, los jueces de instrucción de París han archivado el caso argumentando que no es posible probar que los líderes kanakos instigaran un alzamiento popular en cuyo origen no hay más combustible que el que proporciona una metrópoli anclada no sólo a miles de kilómetros del archipiélago melanesio, sino sobre todo situada siglos atrás, en aquella época en la que Francia era el centro de un gran imperio colonial y esclavista. Ya no importa que uno de los acusados muriera en prisión sin atención médica y sin que ni siquiera avisaran a su familia; lo verdaderamente importante es que, en realidad, esos independentistas, pseudofranceses desagradecidos, no son inocentes, solo han sido puestos en libertad por falta de pruebas. A pesar de que estas islas se encuentran en el otro extremo del planeta, la opinión pública francesa sabe, sin resquicio a la duda, que algo malo hicieron, seguro. Lo que viene a demostrar que el colonialismo no solo persigue someter a los colonizados, sino que busca la complicidad de los colonizadores para finalmente subyugar a ambos. El resultado es que, hoy día, ciudadanía francesa y sociedad sana son términos que se encuentran en las antípodas.