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Los niños de la guerra siguen jugando con un balón

 

El próximo 6 de septiembre, a las 20:45 en el Pequeño Maracaná de Belgrado, las selecciones de Serbia y Croacia disputarán un esperado de clasificación para el Mundial de Brasil en el Pequeño Maracaná de Belgrado. Un encuentro con mucha atracción debido al pasado reciente de ambos países y a que las heridas dejadas por la Guerra de los Balcanes aún no han cicatrizado. La inmensa mayoría de futbolistas que saltarán al verde eran niños durante la contienda bélica, pequeños que soñaban con un balón mientras la guerra destrozaba todo su entorno.

Corría el verano de 1987 y el deporte yugoslavo asistía a las exhibiciones de sus equipos de fútbol y baloncesto en categoría juvenil. Sus escuelas funcionaban a pleno rendimiento y prueba de ello fueron los éxitos en los Mundiales junior de Bormio y Chile. En la ciudad italiana, un alero con altura de pivot y el manejo de balón de un base llamado Toni Kukoc aplastó a la selección americana con un impresionante 11 de 12 en triples. En Sudamérica, mientras tanto, un grupo formado por los croatas Boban, Suker, Prosinecki, Jarni o Stimac, el montenegrino Mijatovic o el serbio Gordan Petric entre otros se proclamó campeón del mundo al vencer en los penaltis a Alemania del Este.

Fue el preludió triunfos colectivos en la máxima categoría como los logrados por la Jugoplastika de Split, triple ganadora de la Copa de Europa de basket, o la orejona conquistada por el Estrella Roja de Belgrado en una soporífera final futbolera ante el Marsella en Bari. Sin embargo, toda aquella generación estelar quedó truncada por el estallido de un brutal conflicto en el corazón de Europa, la Guerra de Yugoslavia.

Una contienda a la que el mundo del deporte no fue ajeno, más bien al contrario. Varios sucesos en campos de juego supusieron un doloroso termómetro de una escalada de tensión que alcanzó cotas inimaginables. Uno de los episodios más recordados ocurrió el 13 de marzo de 1990 en el Estadio Maksimir de Zagreb. Faltaban pocas semanas para las elecciones de Croacia, donde triunfó el ultranacionalista y muy conservador Franco Tudman, y el movimiento independentista vivía un claro ascenso. En ese contexto llegó el partido que enfrentaba al Estrella Roja de Belgrado contra el Dinamo de Zagreb. Cerca de 3000 hinchas, comandados por el terrible Arkan –futuro criminal de guerra- se desplazaron desde la capital serbia.

Las gradas de la Liga yugoslava habían sido testigo de numerosos incidentes y reflejaban los tiempos de zozobra que vivía la región. Un retrato sociológico que no pasaba inadvertido y que anticipó la tragedia. De hecho, está constatado que numerosos grupos ultras de los equipos de fútbol integraron después milicias y grupos paramilitares durante la guerra. 

Fue un encuentro televisado y se produjeron graves incidentes entre aficionados de ambos equipos. La policía, formada mayoritariamente por serbios, también intervino para en buena parte de los casos golpear a los hinchas del Dinamo. Los disturbios se sucedieron durante 70 minutos, pasaron de las gradas al césped y el partido nunca se llegó a disputar. Sin embargo, una imagen quedó grabada para en el imaginario colectivo. Por encima de los 100 heridos, varios de ellos por arma blanca, las miradas se centraron en el instante en el que el entonces prometedor medio croata Zvonimir Boban pateaba a un policía que había agredido a un hincha de su equipo en el suelo. Boban, con el 10 a la espalda, pegó a un policía que resultó no ser serbio, si no musulmán y que con el tiempo perdonó al futbolista.

Para muchos, aquello representó el inicio tácito de la guerra. No se habían producido disparos aún ni tampoco bombardeos, pero todo parecía inevitable. Boban declaró que “ahí estaba yo, una cara pública preparada para arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, todo por un ideal, por una causa: la causa croata“. Y aún hoy en el Maksimir un mural recuerda a  “los seguidores del equipo, que comenzaron la guerra con Serbia en este estadio el 13 de mayo de 1990”.

 

 

De la patada de Boban, a la bandera tirada por Divac

Durante el verano de 1990 se disputaron los Mundiales tanto de fútbol como de basket. En el primero, más allá de la exclusión de un Boban tras su patada en el partido de Zagreb, no hubo grandes sobresaltos y el combinado formado por jugadores de todas las repúblicas obtuvo un meritorio pase a cuartos tras eliminar a España. En el caso del baloncesto, en cambio, Yugoslavia se alzó con el cetro mundial en Argentina. Un nuevo título que para una generación irrepetible. No obstante, a la conclusión de la final llegó la polémica cuando un hincha saltó a la pista con una bandera croata. Hecho que no gustó a Vlade Divac que ante el asombro general, arrebató de mala manera la enseña al aficionado y la arrojó de nuevo a la grada. 

El gesto molestó a sus compañeros croatas, especialmente a Drazen Petrovic tal y como recuerda el documental de la ESPN Once brothers. La relación entre ambos, de profunda amistad hasta aquel momento, se enfrió de manera evidente hasta desaparecer. Nunca la retomarían, ya que Petrovic falleció en un accidente de tráfico en junio de 1993. Otros mantuvieron el contacto, pero tal y como explica Dino Radja en el citado documental, una vez que estalló la contienda bélica, se hizo prácticamente imposible que los jugadores de ambos países mantuvieran una relación de cordialidad.

En la primavera de 1991, el Estrella Roja de fútbol se impuso en la Copa de Europa y sus aficionados llenaron el Estadio de Bari de banderas y símbolos claramente pro serbios. En sus filas militaban jugadores como el macedonio Pancev, el croata Prosinecki, el montenegrino Savicevic –años después uno de los impulsores políticos de la independencia de su país- o el serbio Mihajlovic. La selección yugoslava, por su parte, lograba también el pase a la Eurocopa que un año después debía de disputarse en Suecia. 

 

 

La marcha de Zdovc del Eurobasket como metáfora del desmembramiento

Pocas semanas después, sin embargo, se disputó el Eurobasket en Italia. Allí, Yugoslavia volvía a partir como gran favorita al triunfo por encima de la Unión Soviética, Italia, Grecia o España.  El ambiente de tensión era total y las consultas, referéndums y declaraciones de independencia  ya se habían realizado o estaban al caer. El 25 de junio, un día antes de lo previsto en un movimiento táctico y político que buscaba sorprender a Belgrado, tanto Croacia como Eslovenia declararon su independencia.  Y precisamente de origen esloveno era Jure Zdovc, base titular de la selección yugoslava. Tras la declaración de independencia, el Gobierno de Ljubljana telefoneó a Zdovc para comunicarle que debía abandonar la concentración o sería declarado “traidor a la patria”. Con lágrimas en los ojos, se marchó del torneo y su retirada fue una metáfora del posterior desmembramiento yugoslavo. Años después, la FIBA la entregó su correspondiente medalla de Oro, aquella que ganó en la pista pero que no recogió.

Eslovenia, un pequeño país en el que más del 90% de sus habitantes había apoyado la independencia, se enfrentó a una guerra que apenas duró 10 días, arrojó 18 muertos y finalizó con un acuerdo en las Islas Brioni. Un entente muy favorable para los intereses eslovenos, país que al igual que sus vecinos croatas gozó del inmediato apoyo de Alemania. En enero de 1992 alcanzaron el reconocimiento definitivo por parte de todos los Estados miembros de la entonces CEE.

En Croacia, Serbia y Bosnia la guerra total se extendió en agosto de 1991. A partir de entonces, el mundo asistió con estupor, indignación y pasividad institucional al horror. Las televisiones de todo el mundo ofrecían imágenes de matanzas, francotiradores, familias enteras huyendo, campos de concentración, ataques indiscriminados, tortura y controles militares. Imágenes como el bombardeo de Dubrovnik, los 200 civiles muertos en Vukovar, la matanza en el mercado de Sarajevo o la quema de la biblioteca también de la capital de Bosnia, el derribo del puente de Mostar y, sobre todo, masacres como la de Srebrenica –ante la pasividad de los Cascos Azules holandeses- pasaron a ocupar capítulos destacados en el libro de la infamia mundial. Conceptos como “limpieza étnica”, “violaciones en masa”, “mutilaciones”, “genocidio” o “la Guerra de los Balcanes” eran  portada y parte de la agenda de todos los medios de comunicación del mundo.

Estadios de fútbol como el Bijeli Brijeg del Velez Mostar de Bosnia, equipo mayoritariamente musulmán, fue utilizado como campo de concentración y exterminio durante la guerra. Tras la contienda, el equipo no ha vuelto a jugar en el mencionado campo, con un aforo de 25.000 espectadores, para trasladarse a uno que apenas llega a los 10.000.

 

 

 

Seis nuevos países, cientos de miles de muertos y más de un millón de exiliados

El conflicto bélico se extendió durante cinco años y dividió la antigua Yugoslavia en varios nuevos Estados independientes. Se trató de Serbia y Montenegro, Croacia, Bosnia, Eslovenia y Macedonia. Según fuentes de la ONU, la guerra dejó un total de 278.000 muertos y desaparecidos y otros 1.325.000 exiliados. Aunque el propio organismo internacional reconoce que la cifra de desplazados o refugiados podría ser aún mayor. El cómputo global supone alrededor de un 7% de la población con la que Yugoslavia contaba antes del inicio de la contienda armada. Asimismo, las violaciones en masa fueron un arma de guerra especialmente contra las mujeres. Se estima que alrededor de 40.000 mujeres y niñas fueron violadas durante la guerra, la mayoría de ellas por fuerzas serbias aunque también están documentadas agresiones sexuales por parte de unidades bosnias. El Tribunal de La Haya sentenció por primera vez en su historia que las violaciones masivas contra mujeres también son un arma de guerra.

En lo referido al mundo del deporte, ya sin jugadores croatas en sus filas, Yugoslavia fue apartada apenas 10 días antes de la celebración de la Eurocopa de 1992. La cascada de bajas y renuncias, así como las sanciones de la ONU provocaron su no participación. Los atletas croatas, eslovenos y bosnios sí que tomarían parte en los Juegos Olímpicos de Barcelona donde recibieron un evidente apoyo de los aficionados de catalanes. Yugoslavia –como Serbia y Montenegro únicamente ya- no podría volver a competir hasta 1995, mientras que Croacia  sacó el billete para la Eurocopa de fútbol en 1996. Los deportistas serbios que competían a título individual, como el caso de la tenista Monica Seles, debían hacerlo sin acogerse a su bandera.

En Euskal Herria la contienda se hizo notar con la creación de grupos de acogida para niños y niñas de la guerra, asociaciones de ayuda humanitaria o denuncias sociales con la colocación de sábanas blancas en los balcones como protesta fueron algunos de los hechos más destacados. Así, la llegada de familias desplazadas a Lea Artibai fue otro de los puntos que despertó el interés social y mediático.

En el capítulo deportivo, el delantero bosnio Meho Kodro llegó en septiembre de 1991 a la Real Sociedad, pocas semanas de iniciarse la guerra. El jugador se convirtió en unos de los referentes de apoyo a las asociaciones humanitarias anteriormente citadas. Las noticias le llegaban a cuentagotas desde su país y la intranquilidad del goleador más que notable. Ese mismo verano aterrizaron en Osasuna los serbios Spasic y Stevanovic, aunque su paso por Iruñea no fue especialmente positivo en lo deportivo. Aún así, los rojillos insistieron en la vía Serbia tras bajar a Segunda y contrataron al defensa Petar Vasiljevic.

No fueron los únicos jugadores en llegar, ya que el Sestao Sport, equipo que entonces militaba en Segunda, fichó a los croatas Agim Xhafa y Damir Koric en 1992. Un año después, el croata Velimir Perasovic ficharía por el Baskonia de basket, mientras que en 1994 sería el montenegrino Sasha Radunovic quien llegaría al conjunto gasteiztarra. En el gran Elgorriaga Bidasoa de balonmano de la época coincidieron el montenegrino Nenad Perunicic y el entrenador asistente serbio Ivan Sopalovic, pocos meses antes el público de Artaleku también disfrutó del juego del gran Nedeljko Jovanovic. Unos años más tarde, durante el ataque de la OTAN a Serbia, Miroslav Beric integraba la plantilla del Baskonia.

Sin embargo, pese a la firma de los acuerdos de paz en Dayton (EEUU) los problemas y cambios geopolíticos no terminaron en la región. Así, en 1999, con el conflicto de Kosovo de por medio, la OTAN bombardeó Belgrado. Para el recuerdo, la imagen del entonces base del Barcelona Sasha Djordjevic pidiendo aquello de “stop the war” tras el triunfo de su equipo en la ya extinta Copa Korac. Dos años después, también se vivió una escalada de tensión en Macedonia entre las fuerzas armadas del país y el ELN albanés.

En 2006, Montenegro consiguió su independencia y se formalizó como nuevo Estado, mientras que en 2008 fue Kosovo la que declaró su independencia de forma unilateral. Actualmente, 103  de los 193 Estados miembros de la ONU han reconocido a Kosovo y Pristina y Belgrado recuperaron las relaciones formales el pasado 13 de abril. Asimismo, un reciente estudio de la Universidad de Harvard sitúa a la República Srpska, enclave serbio dentro de Bosnia con organización política y territorial propia, como uno de los cinco futuros nuevos Estados independientes que se constituirán antes de 2025. 

 

 

Una nueva generación de deportistas

Han pasado ya más de 22 años desde el inicio de la guerra y las heridas aún cicatrizan lentamente. Los que entonces eran niños de la guerra y vivían la contienda desde sus casas, hoy son jóvenes que en algunos casos integran las filas de las selecciones deportivas de Serbia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Eslovenia y Macedonia. 

Afortunadamente la tensión se ha rebajado notablemente. No será un partido más para ambos contendientes, pero a pesar de que las heridas de la guerra siguen lejos de cicatrizar definitivamente y harán falta varias generaciones para ello, los protagonistas de la contienda sobre el césped son personas que por edad no vivieron el conflicto de la misma manera que sus predecesores. Ellos son ahora los representantes deportivos de sus países y lo son practicando un ejercicio de carácter lúdico. Son los niños que durante la guerra jugaban con un balón en medio de un ambiente hostil, a la espera de un futuro mejor.

Algunos de los futbolistas que hoy forman parte de dichos combinado ni siquiera habían nacido al inicio de la guerra, mientras que otros lo hicieron fuera de los Balcanes. Es el caso del serbio Kuzmanovic o el croata Rakitic, ambos nacidos y formados en Suiza y cuya renuncia a vestir los colores de la selección relojera en categoría absoluta ocasionó una gran tormenta social y mediática. Asimismo, cabe mencionar también que el sueco Ibrahimovic, el catalán Bojan Krkic, el suizo de la Real Haris Seferovic o los austriacos Dragovic, Junuzovic o Marko Arnautovic también son hijos de inmigrantes serbios o bosnios. Una realidad que se extiende a multitud de deportes por toda europa y que también se deja notar en las selecciones de Australia, país con una gran colonia procedente la antigua Yugoslavia.

Bajo este contexto general, el próximo 6 de septiembre, en el marco de la fase de clasificación para el Mundial, Serbia y Croacia medirán sus fuerzas en Belgrado, precisamente en el Pequeño Maracaná. Ambos combinados llegan en una situación clasificatoria muy diferente, ya que cuando apenas les restan tres partidos por disputar, Croacia intenta alcanzar a Bélgica en la primera plaza, mientras que Serbia debe sumar los nueve puntos en liza y esperar otros tantos tropiezos de la ajedrezada. No parece una empresa nada sencilla. De inicio, debe superar a Croacia en su próximo envite. En el choque de ida, disputado en el Maksimir de Zagreb, el mismo lugar de los fuertes enfrentamientos de 1990 y donde Boban pateó al policía, Croacia ganó a Serbia por dos tantos a cero. Ivica Olic y Mario Mandzukic fueron autores de los tantos de la selección entrenada por Igor Stimac.

Existe otro precedente. Fue en 1999, cuando ambos equipos también se enfrentaron en busca de una plaza en la Eurocopa disputada en Bélgica y Holanda. Entonces, en medio de una tensión ambiental manifiesta, los hinchas visitantes no se desplazaron al campo rival y Mirkovic y Jarni se enzarzaron nada más arrancar el partido aunque la cosa no fue a mayores, fue Yugoslavia –con jugadores de Serbia y Montenegro- quien se llevó el gato al agua y Croacia quedó eliminada.

 

 

Mihajlovic, renovación con el compromiso e identidad como base

Serbia, por su parte, tras el paso de Clemente, Djukic o Antic por el banquillo, logró el pasaporte para el Mundial de Sudáfrica, pero no pasó el corte de la primera ronda. Ahora, con un ícono deportivo y nacional como Sinisa Mihajlovic como míster, las beli orlovi –“águilas blancas”- se encuentran en plena fase de reconstrucción. Sin apenas opciones de estar en la cita brasileña, el trabajo del que fuera jugador de Estrella Roja, Roma, Lazio, Inter o Fiorentina no es otro que sentar las bases para disfrutar de un futuro más halagüeño.

Lo hace sobre unas bases estrictas y tratando de utilizar el compromiso como seña de identidad. Ejemplo de ello es la expulsión de Adem Ljajic de la selección, un futbolista con un amplio serial de problemas en su particupar mochila, tras negarse a cantar el himno de Serbia durante un amistoso ante España. El entrenador cuenta con un acuerdo escrito con sus futbolistas que obliga a cantar el himno nacional antes de cada encuentro. Ljajic adujo motivos personales para no entonarlo pero Mihajlovic fue inflexible.

El jugador más veterano del equipo es el portero Vladimir Stojkovic, nacido en 1983 y que cuando estalló la contienda bélica apenas contaba con ocho años. La mayoría de los futbolistas serbios tenían con menos de cinco años cuando se desató la guerra. Es el caso de Aleksic, Slobodan Rajkovic, Petrovic, Tomovic, Tadic, Sulejmani, Radovanovic, Krsticic, Lazovic y Djorjevic. Otros como Ignjorski, Milivojevic, Scepovic y Stevanovic vinieron al mundo en 1991, año del inicio del conflicto. Especialmente curioso el caso del último, ya que siendo hijo de madre soltera y nacido en Suiza, su progenitora lo dejó al cuidado de su abuela y su tío en Serbia cuando apenas contaba con tres meses. Por su parte, Nastasic, Mijailovic, Mitrovic, Markovic, Predrag Rajkovic, y Djuricic nacieron durante los años de la Guerra de los Balcanes.

A este hecho hay que sumarle que buena parte de los integrantes del combinado que entrena Mihajlovic son originarios de Belgrado, por lo que vivieron tanto el conflicto como los posteriores bombardeos de la OTAN a finales de los 90. Los jugadores del área capitalina son Kolarov, Rukavina, Sobodan Rajkovic, Basta, Sulejmani, Radovanovic, Krsticic, Djuricic, Scepovic, Mitrovic, Djordjevic y Stevanovic.

Junto a ellos, cabe señalar que el portero suplente Kahriman forma parte del pueblo romaní, el defensa Bisevac nació en lo que hoy es territorio de Kosovo, Kuzmanovic es originario de Suiza, mientras que Subotic pudo elegir entre cuatro selecciones para ser internacional absoluto. Nacido en Banja Luka, capital de la República Srpska, pero tras el estallido de la guerra se trasladó a Alemania. Posteriormente, la familia del actual defensa del Dortmund cruzó el Atlántico y se estableció en Salt Lake City. Así las cosas, Subotic contó con la posibilidad de jugar con Bosnia, Serbia, Alemania y EEUU, decantándose finalmente por sus raíces familiares.

 

 

Veterania y juventud con raíces variadas en la ajedrezada

Croacia completó un gran torneo en la Eurocopa 2008 de la mano del carismático Slaven Bilic. Ganó sus tres primeros partidos, pese a no poder contar con el delantero Eduardo, y se quedó a un paso de las semifinales tras perder a penaltis contra Turquía. Klasnic adelantó a la ajedrezada en la prórroga, pero cuando ya parecía imposible llegó el empate otomano. En la ruleta rusa de los 11 metros, Croacia estaba moralmente derrotada y acabó sucumbiendo. El paso por Austria y Suiza, que sirvió de gran escaparate internacional para el talento de Luka Modric, tampoco estuvo exento de polémica. Y es que tras la victoria ante uno de los anfitriones, en el vestuario croata sonó la música de Thompson, un cantante local de tintes ultraconservadores y que debe su apodo al fúsil que utilizó durante la guerra. Sus conciertos están prohibidos en numerosos países de Europa y Bilic se excusó ante la prensa internacional señalando que se trataba de un cd de un futbolista sin determinar.

Fuera del Mundial de 2010 y ya con el antiguo defensa del Cádiz o West Ham Igor Stimac como director técnico, Croacia busca obtener el billete para jugar en Brasil. No lo tendrá fácil, ya que desbancar a la new age belga comandada por Fellaini, Hazard, De Bruyne, Kompany, Vermaelen, Courtois, Benteke o Lukaku no parece nada sencillo. Sin embargo, acumulando un punto los vatreni -"locos"- estarán como mínimo en la repesca.

Actualmente, Croacia cuenta con un equipo más veterano y con una composición mucho más heterogénea que Serbia. Stimac dispone de futbolistas muy experimentados como el portero Pletikosa y el delantero Ivic, nacidos ambos en 1979, o el capitán Darijo Srna que llegó al mundo en 1982. Sin embargo, su futbolista de más edad es el zaguero Josip Simunic. Su particularidad es que siendo hijo de croatas de Bosnia, nació en Australia y jamás ha residido en el país de origen de su familia.

El año que explotó la guerra supuso también el nacimiento de los internacionales Ademi, Andrijasevic y Vukusic. Por su parte, Corluka, Strinic, Vida, Lovren, Milic, Rakitic, Perisic, Badelj, Madzukic, Kalinic, Kelava, Maloca, Pivanic, Pavlovic, Pamic e Ilicevic contaban con menos de cinco años en aquel 1991. Durante los años de conflicto, llegaron al mundo Kovacic, Rebic, Pikac, Bubnjic y Radosevic. En 1996, un año después de la firma de los Acuerdos de Dayton nacio Alen Halilovic. Talentoso jugador que apenas cuenta con 17 primaveras y es hijo de un antiguo jugador del Valladolid. Es el primer internacional que vino al mundo una vez finalizada la Guerra de los Balcanes.

Dentro del cuadro ajedrezado hay más intrahistorias que merecen ser resaltadas y que reafirman la complicada composición sociológica, política, geográfica y étnica de la región. Así, hay casos muy similares al del serbio Kuzmanovic, el sevillista Ivan Rakitic nació en Suiza e Ilicevic lo hizo en Alemania y ninguno de los dos ha residido nunca en Croacia. Originario de Austria es Kovacic, una de las grandes promesas del Inter de Milán. Un país en el que también creció Nico Kranjcar, ya que pese a nacer en Zagreb, su padre fue un destacado jugador del Rapid de Viena. En 2006, con su progenitor Zlatko como seleccionador, la inclusión de Nico en la lista croata para el Mundial desató una gran polémica. El tiempo dio la razón a ambos.

Un total de cinco jugadores de la selección proceden de territorio bosnio. El delantero Jelavic es de Capljina, localidad bosnia de amplia mayoría croata superior al 90% de la población. El defensa del Werder Bremen es de Mostar, ciudad bosnia donde un tercio de la población se siente croata, mientas que Lovren es de Zenica, pueblo con un 15% de croatas. El delantero Mladen Petric, por su parte, procede también del municipio bosnio de Dubrave. Vedran Corluka, por su parte, nació en la República Srpska y tras el inicio de la guerra se trasladó con su familia a Zagreb. 



Bosnia y Montenegro tocan su sueño, Eslovenia se aferra y Macedonia descartada

En el mismo grupo que serbios y croatas se encuentra encuadrada la selección de Macedonia. No obstante, el equipo de Goran Pandev no tiene ninguna opción y ocupa la última plaza con apenas cuatro puntos.

Mucho más cerca de estrenarse por primera vez en un Mundial están Bosnia y Montenegro. Los dragones azules cuentan con tres puntos de ventaja sobre Grecia y tienen prácticamente asegurada la repesca. Aún así, les restan cuatro encuentros y el equipo entrenado por Safet Susic y que tiene a Edin Dzeko como principal estrella busca la plaza directa para Brasil. El doble enfrentamiento contra Eslovaquia de estos días será clave, la victoria pondría el Mundial al alcance de su mano, mientras que perdiendo volverían a meter a los eslovacos en la pomada.

La reciente derrota de Montenegro en Ucrania supuso un jarro de agua fría para el conjunto de los bravos halcones. Con el ex realista Andrija Delibasic en sus filas, comandan el grupo H con dos puntos de ventaja sobre Inglaterra. Sin embargo, han disputado un choque más que los Pross y Ucrania, por lo que Montenegro no se puede permitir ningún tropiezo más. Obtener buenos resultados en sus desplazamientos a Varsovia y Londres supondría un paso de gigante para asegurarse cuando menos la repesca. El partido final será en casa ante Moldavia.

Mucho más remotas, aunque no imposibles, son las posibilidades de las que goza Eslovenia.  De nuevo con Katanec en el banquillo, entrenador que les clasificó para la Euro de 2000 y el Mundial de 2002, intentan recortar distancias para acceder al play-off. Actualmente, dicha plaza es para Albania con un punto de ventaja sobre Islandia, dos sobre Noruega y cuatro sobre Eslovenia. Como dato que indica el potencial deportivo de un Estado con menos de tres millones de habitantes, señalar que en 2010 las selecciones eslovenas de fútbol, basket y balonmano participaron en sus respectivas copas del mundo.

Kosovo sigue esperando su oportunidad, ya que la FIFA no ha dado aún luz verde a su incorporación. Un veto en el que influye notablemente la posición de Suiza, lugar donde el ente internacional cuenta con su sede y Federación más beneficiada del concurso de futbolistas de origen kosovar en el exilio. Es el caso de Behrami, Dzemaili, Xhaka, Mehmedi o Shaqiri, manifestando algunos de ellos de manera público su deseo de jugar con Kosovo en cuanto su selección consiga la oficialidad.


Beñat Zarrabeitia



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