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Ciencia entre mantillas

Foto: Evan VUCCI/AFP

Andan revueltas las redes por las mutaciones metafísicas que la familia Trump experimenta estos días en su viaje protocolario. A mí me parecen comprensibles. Si hoy estás en Arabia Saudí, mañana te cubre la Capilla Sixtina y pasado te adentras en la sede de la OTAN, lo normal es no tener claro si llevar mantilla, diadema de brillantes o misiles acorazados. Ante semejante lío, lo menos es que acudas ante el Papa vestida como para una fiesta de halloween.

Al que va de blanco, que lo tiene más fácil en lo de elegir vestimenta, hay que reconocerle que va camino de rehabilitar el papel jugado por la diplomacia vaticana en otros momentos de la historia con intereses mucho más taimados. Quizá esta sea la mayor mutación metafísica a la que estamos asistiendo. Al aparecer la ciencia moderna, el cristianismo suponía todo un sistema de comprensión del ser humano, del planeta y del universo; era la base para los gobiernos de los pueblos, producía conocimiento, decidía la paz y la guerra, y la distribución –fundamentalmente para sí misma– de la riqueza del orbe. Así era y su declive comenzó casi en el mismo momento en que se abrió el abismo entre religión y ciencia.

Al margen de mantillas y la cara de indisimulado fastidio del jefe del Vaticano, lo mejor de la audiencia fue el regalo que el de blanco hizo a Donald Trump: La "Carta Encíclica Laudato Si", escrita por el propio Francisco y que se basa en los aspectos científicos del calentamiento global.
Una cortesía exquisita para quien niega el cambio climático y dice que el calentamiento global es una creación de y para los chinos.

Que desde el cristianismo se aporte el valor de la ciencia tiene más miga de la que parece. Ingenio no le falta al argentino; diplomacia vaticana, tampoco.

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