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Cuando la vergüenza es propia

La vergüenza siempre implica una respuesta de índole moral. Sea por pudor, por temor a hacer el ridículo uno mismo o que lo hagan otros. Hay veces que es sinónimo de ignominia o afrenta pública.

Creo que a esto último se quiso referir el PP al hablar de la fotografía en la que, salvo una excepción, la suya, la del PP y su alter ego en Nafarroa, UPN, dieron imagen de unidad la totalidad de sindicatos y partidos políticos del espectro vasco. Le dieron el título de «La foto de la vergüenza» y en esto, en lo de la vergüenza, han resbalado como se resbala en una pista de hielo. La acepción no sirve cuando lo que supuestamente lo causa es algo a lo que patinadores, árbitros, relevos, público y hasta el marcador del tiempo dan crédito y apoyo. Si la acción que todo el resto considera noble es causa de la vergüenza, hablas de la tuya propia.

Que se aúnen voluntades para apoyar el desarme de ETA dentro del proceso del final ordenado de la violencia es para felicitarse. No reconocerlo es abochornante.

Este país pesa mucho. Pesan los años, las décadas y los días. Pesa la historia y el futuro. La historia y el futuro son cosa seria. La vergüenza también.

Foto:Marisol Ramirez/Argazki Press

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