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El liderazgo de la riqueza

Ricos felices debían ser los de hace unas décadas. Los que vivían, viajaban y hasta levitaban sobre una armonía sinfónica de rentas, fondos y posesiones sin que nadie supiera de ellos. Excepto quienes debían saberlo. Anónimos felices, situados dentro de la esfera propia que crea el dinero bien afinado. Ese tiempo ha muerto. Hoy, ser rico exige exhibir de forma impúdica la riqueza. Y formar parte de una selecta lista Forbes en la que la cortesía financiera obliga a no preguntar a ninguno cómo ganó su primer millón de dólares. Si no, ya se sabe, se corre el riesgo de que un océano de pobres –y en ese mar sí que es durísima la competencia– acabe desafinando el recital de la obscenidad.

Estas personas, las de la foto, son ricas, aunque no lo parezcan. Asisten a la final del BNP Paribas Open, en California, que para los ricos viene a ser como un concierto popular de tenis, a due voci y al aire libre. Digo que todos son ricos porque están en la zona más baja del estadio, porque el de la vulgar visera es Bill Gates –nominado dos días después de esta instantánea como el hombre más rico del mundo por la revista Forbes, una vez más–, y porque los ricos siempre se sientan junto a los ricos.   

Todo es tan comprensible en la imagen que podría pasar por una foto de gente normal. Todo menos el rictus común de labios apretados con el que se espera una mala noticia, agravado en algunas comisuras que cuelgan decididamente hacia abajo, como emoticonos enojados. Será que ser menos rico que otros es una especie de penitencia. No es una suposición. Hace un año, cuando Donald Trump todavía no era presidente de Estados Unidos, protestó amargamente –bueno, vivamente, como él sabe hacerlo– porque apareció en el puesto 324. Un insulto. Según explicó el magnate, su fortuna era de más de 10 mil millones de dólares y no solo los ridículos 4.500 que decía Forbes. Toda una maniobra, la de la revista. «Tratan de volverme lo más pobre posible», dijo.

A ver quién puede decir algo coherente sobre un mundo en el que la lista Forbes fascina y avergüenza, por activa y por pasiva, a los más ricos; seduce a los que no lo son tanto, deslumbra a los pobres y, lo que es mucho peor, no indigna absolutamente a nadie. A mí no se me ocurre.
Fotografía: Mattew Sockman/AFP

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