Aritz Intxusta
Redactor de actualidad

Cuatro suicidios a la semana y 20 intentos detrás de cada uno

El suicidio es una de las principales causas de mortalidad en Hegoalde. Causa más de 200 muertes todos los años. Se saben los perfiles, la edad a la que sucede, por qué la gente se quita la vida y qué funciona mejor para evitarlo. Pero la sociedad los desconoce.

El 60% de los suicidas no tienen diagnosticada ninguna enfermedad mental. (GETTY)
El 60% de los suicidas no tiene diagnosticada ninguna enfermedad mental. (GETTY)

Cada año se suicidan más de 200 personas en Hego Euskal Herria. En el conjunto de Araba, Gipuzkoa y Bizkaia mueren unas 170-180 y Nafarroa oscila entre 45-50 casos. En 2020, con todo lo que supuso la pandemia y el encierro, no se desvió la pauta. Son aproximadamente cuatro suicidios por semana. Las cifras asustan, pero el drama del suicidio no acaba aquí, sino que resulta mucho más extenso. 

Adriana Goñi es directora del hospital del día sicogeriátrico de Nafarroa y tiene más datos. Según esta experta, solo en el servicio de Urgencias del Complejo Hospitalario de Iruñea se atiende un intento de suicidio cada dos días. Es decir, por cada conducta suicida con desenlace fatal en Nafarroa hay al menos otros cuatro intentos lo suficientemente graves como para acabar en Urgencias del hospital. Quedan fuera del recuento, por tanto, aquellas tentativas de suicidio que se atajan en la propia casa por mediación de una madre, de la pareja... de quien sea. Esos intentos no se reflejan en ninguna parte. Estudios de criminalística apuntan a que, en realidad, por cada suicida que logra quitarse la vida se producen 20 tentativas. 

Así que, muy probablemente, hoy habrá al menos media docena de personas en los hospitales de Hegoalde por intentar acabar con su vida (si llegan a Urgencias se les tiene al menos 24 horas en observación y hasta dos semanas si la tentativa es lo suficientemente grave) y otra familia estará preparando un funeral o leyendo una nota de despedida.

«Cuando hay un intento es que hemos llegado tarde. Ya lo ha hecho. Si le atienden en Urgencias un médico lo estabiliza orgánicamente y llama a siquiatría. Nadie sale del Complejo Hospitalario sin una cita con el siquiatra en caso de que se le haya atendido por lesiones autolíticas», detalla Goñi.

Además de la cita con el especialista, se les ofrece un seguimiento telefónico. «No queremos sacarlos del foco. Sabemos que uno de cada cuatro hará otro intento antes de que pase el primer año», prosigue esta responsable de Salud Mental. «Acceden todos a dar el teléfono y a que les llamemos regularmente. En ese momento están hundidos emocionalmente». 

Goñi forma parte de Napresui, la comisión interdisciplinar de expertos y asociaciones que tratan enfrentarse al fenómeno en Nafarroa. Ella confía en que con formación y un mejor sistema de rastreo, muchas muertes se eviten. «Se necesita mejorar el registro de tentativas. Tenemos uno, pero aún es flojo. Necesitamos tenerlos fichados. Yo necesito saber cuántas personas con conductas suicidas están activas en este momento, ahora mismo. Necesito que aparezca en la historia clínica, que los médicos de cabecera lo marquen. Hay que hacer seguimiento. Necesitamos concienciar más, formar más». 

La formación es imprescindible porque el suicidio es complejo. No se explica solo como un fenómeno de Salud Mental, aunque lógicamente las personas que padecen una enfermedad de este tipo son más propensas a suicidarse. Las investigaciones de Goñi apuntan a que el 60% o el 65% de las personas con conductas suicidas sufren enfermedad mental. El resto simplemente recurre al suicidio porque está sufriendo demasiado. «Lo que sí puedo afirmar es que las personas felices no se suicidan», afirma Goñi.

Desesperanza y perfiles

«Para que ocurra un suicidio tiene que darse una situación de sufrimiento intenso unida a una sensación de desesperanza, al convencimiento de que la situación no va a cambiar», añade la criminóloga Leire Izaguirre, colaboradora de la asociación Besarkatu, que aúna a familiares de personas que han fallecido de este modo. «Es esencial ganar tiempo, convencerles de que el dolor va a terminar, dar herramientas para superarlo».

Izaguirre, que se formó en Experto sobre Suicidio que imparte la UPV/EHU, explica que el fenómeno no afecta a todos por igual. Tres de cada cuatro personas que logran quitarse la vida son hombres. Sin embargo, si se computan los suicidios efectivos y los intentos, las cifras están más equilibradas por sexo. 

Además, los intentos de suicidio son más frecuentes en determinadas etapas de la vida. Principalmente, en la adolescencia y en la vejez. Los varones de entre 50 y 70 años constituyen uno de los grupos más vulnerables.

«Entre los 15 y los 29 años, el suicidio segunda causa de mortalidad externa», asegura Izaguirre. Por ello, la criminóloga imparte formación en los colegios al profesorado para que detecten a personas en riesgo y traten el tema en clase. 

«Los adolescentes son personas de riesgo porque se dan muchísimos cambios. Pasan de la dependencia a la independencia, un cambio potente. Este desapego genera vértigo y en esa edad la impulsividad es más alta», comenta la especialista. 

Llamadas de auxilio

Contener la ideación y el impulso suicida resulta esencial. «Si una persona nos llama significa que hay una oportunidad, existe una duda que podemos canalizar hacia el lado de vivir. Pero hay que estar muy formado. No es algo fácil», dice Alfonso Echávarri, coordinador del Teléfono de la Esperanza en Nafarroa. 

De las 12.000 llamadas que recibió el año pasado el Teléfono de la Esperanza, cerca de 450 tuvieron que ver con conductas suicidas y en unas 40 había un suicidio en curso. «Ojalá pudiéramos evitarlos todos, pero muchas veces no sabemos el desenlace. Cuelgan y ya no sabemos nada más», confiesa Echávarri. 

Lo que sí afirma el responsable del Teléfono de la Esperanza es que si salen del «túnel», pueden volver a ser felices. «Lo sé porque los tengo a mi lado. Conozco a varios que están conmigo en el Teléfono, atendiendo ahora a otros y convenciéndoles para que sigan viviendo».

Izaguirre, la criminóloga, insiste en que el del suicidio no puede entenderse como un problema individual. «El desconocimiento es generalizado. El suicidio se da en todas las familias. Tenemos que entender que, sin formación, nadie sabe actuar. Por eso nadie, ningún familiar, merece cargar con esa culpa, porque el suicidio es un problema de toda sociedad. Hace falta formar a profesores, a médicos, y hasta a los siquiatras... Debemos afrontarlo como un problema de Salud Pública».