2018/08/26

Erreportajea
explotación de menores
La venta de la inocencia en JapÓn

En los barrios más ociosos de las grandes urbes de Japón abundan los establecimientos donde los adultos pueden hacer realidad la fantasía de tener una cita con una estudiante de secundaria. Es un floreciente negocio de explotación de menores con carga sexual, denominado JK, al que Tokio le ha declarado la guerra con una nueva ordenanza. No obstante, a excepción de la prefectura de Aichi, en el resto del país se sigue mercadeando con las niñas.

Lucas Vallecillos
022_japon05

En Akihabara, el barrio predilecto de Tokio para los apasionados del manga, a casi cualquier hora es fácil ver entre la muchedumbre adolescentes que muestran en un cartel los servicios que ofrecen en establecimientos JK. Por supuesto aseguran que son solo actividades sociales, pero es evidente que hay un trasfondo sexual donde lo único que se ofrece como reclamo es el acceso a ellas. Con la nueva ordenanza tokiota, en la capital y su área metropolitana queda prohibido que menores de 18 años presten servicios de compañía en negocios JK. La escena descrita en Akihabara, donde en teoría actualmente son mujeres adultas ocultas bajo una estética de niña, se repite en todas las grandes urbes del país pero con menores, a excepción de la prefectura de Aichi donde hay una ley similar a la de Tokio. A plena luz del día y sin disimulo se mercadea con la inocencia y la ingenuidad de las niñas, como si fueran un artículo de consumo.

Los negocios en torno a la explotación de las menores son abundantes. Van desde las versiones más ligeras, como los meido café, donde las chicas vestidas con un provocativo disfraz que suele ser de criada, cantan, charlan con los clientes o los amenizan con juegos infantiles, hasta un amplio abanico de establecimientos denominados JK business. Estos últimos ofrecen numerosos servicios, como paseos, masajes, dormir agarrados de la mano, sesión de fotos o simplemente charlar; aunque es sabido que los clientes a menudo terminan solicitando a las chicas una cita fuera de su trabajo, o ellas mismas les ofrecen servicios denominados secretos, con contenido sexual.

«Todos los problemas relacionados con el sexo y la violencia infantil son ignorados por la sociedad japonesa. No quieren hablar de este asunto. Respecto a la ley de violencia sexual, ahora estamos cambiando una ley que tiene 100 años. Hay mucha condescendencia», dice Shijoko Fujiwara, la presidenta de Lighthouse, una ONG que lucha por los derechos de las menores explotadas en Japón. Toma aire, y prosigue: «En 1996, el I Congreso Mundial contra la Explotación Sexual Comercial de la Infancia criticó a Japón porque la mayoría del porno infantil salía de aquí. Fue una vergüenza para el país, por eso en el año 1999 el Gobierno hizo una ley para prohibirlo debido a la presión de la comunidad internacional. Entonces, los japoneses se preguntaban si eran raras las fotos de niños desnudos, o hacer sexo con ellos. Así pensaban. Les extrañaba que vender libros de niñas desnudas no fuera normal. Hasta ese momento, no nos dimos cuenta de este problema».

Se prohibió la producción y distribución de pornografía infantil, pero no fue hasta el año 2014 cuando se vetó la tenencia. No obstante, la ley excluye el manga y contenidos similares como la infografía, por ser medios de expresión artística, y donde está muy presente el abuso sexual de adultos sobre escolares, incluso en actos sexuales violentos.

En Japón, la niña objeto es una realidad palpable en lo referente al ocio y la publicidad. La explotación del atractivo que despiertan las menores no solo se ciñe a la venta de su compañía, genera otro tipo de negocios. Existen tiendas donde se vende ropa usada de las chicas, como trajes de colegiala y prendas interiores junto a una foto de la dueña –que se supone es una adulta con apariencia de niña– o de grupos de música como AKB48 o Kamen Joshi. Estas bandas están formadas por niñas idolatradas por adultos que, además de asistir a sus conciertos, pagan o compran cantidades de CDs con el fin de adquirir los derechos que les permitan acceder a ellas para tomarse una foto juntos o charlar.

Pornografía infantil. En torno al mercadeo de la figura idealizada de la colegiala, destaca Yuki Aoyama. El fotógrafo recrea en sus imágenes su obsesión por las chicas de secundaria. Aoyama ha publicado siete libros, que están prácticamente agotados, y ha vendido 70.000 copias de su obra más demandada. El asegura que no hace erotismo, sino beauty. «Cuando yo era estudiante de secundaria estaba rodeado de chicas con uniforme. Me interesaban mucho, pero no pude salir con ninguna. Mi timidez me impedía hablar con ellas, ni me podía acercar, solo las miraba desde lejos. En mis fotos intento viajar a esa época», admite.

Incluso existe una práctica muy extendida denominada Enjo Kosai, donde las menores ofrecen por Internet servicios sexuales directamente a los clientes o a través de un intermediario. Tetsuya Shibui, un periodista que lleva más de una década investigando sobre pornografía y prostitución de menores en Japón, lo tiene muy claro respecto a la hipocresía que reina en la sociedad nipona: «Hay una imagen mala sobre este asunto, pues en 1999 se hizo una ley para prohibir la pornografía infantil. El Gobierno japonés nos dio un mensaje señalando que esta práctica es incorrecta pero, al mismo tiempo, la sociedad está pensando que esto es necesario para los hombres. Por ejemplo, los profesores y la policía, que son los que deberían dar ejemplo, también utilizan los servicios que ofrecen las chicas. Hay dos caras».

Las más deseadas por los clientes son las chicas Joshi Kosei o JK (literalmente estudiante de secundaria, de entre 15 y 18 años). Se les ha dado un gran valor sexual, lo que ha generado una línea de negocio denominada “JK business”. A finales del año pasado la policía de Tokio cerró dos establecimientos de JK, y entrevistó a 42 chicas de entre 15 y 17 años que trabajaban en ellos. La mitad de ellas dijo haber tenido relaciones sexuales con los clientes y el 28% comentó que es difícil rechazar una solicitud de sexo. Otro dato interesante es que el 66% ingresó en el establecimiento a través de una amiga. Las siglas JK se han convertido en una marca con mucho poder de atracción entre los hombres. «En un principio empezaron a utilizar el acrónimo JK las empresas de prostitución para que la gente no se diera cuenta que las trabajadoras eran colegialas. Pero la denominación se ha normalizado hasta tal punto, que incluso las chicas de secundaria se llaman JK entre ellas», dice Yumeno Nito, la directora de Colabo, una ONG que se dedica a rescatar a menores que sufren violencia sexual o caen en la prostitución. Nito señala que «ahora han surgido otras denominaciones: JC, estudiantes entre 7 y 12 años, o JS, estudiantes de primaria entre 12 y 15. En Internet se pueden ver muchas fotos con connotaciones sexuales de JC y JS; por ejemplo, una niña vistiendo un bañador de color piel para evitar la ley, y haciendo que come un plátano».

Una regulación limitada. La nueva ordenanza de Tokio nace con tara porque solo regula los negocios JK, quedando al margen de la misma cualquier otro modelo de negocio donde trabajen las menores, como los meido café, bares y restaurantes supuestamente corrientes, o los restaurantes cosplay. Desde la entrada en vigor de la ley, todos los negocios JK de la capital nipona deben registrarse en el gobierno metropolitano dando una lista de sus trabajadores y sus edades, para que puedan ser verificadas. Además, los agentes de policía tendrán derecho a realizar una inspección cuando lo estimen oportuno. Esta nueva situación ha provocado que el negocio JK pase a tener un carácter seudoclandestino, adquiriendo en internet un gran auge en la capital, donde se ofrecen servicios mediante eufemismos. Otras empresas JK no tienen sede física, haciendo casi imposible que puedan ser controladas.

Las chicas JK suelen trabajar en los establecimientos con su propio traje del colegio, aunque también es habitual que usen un disfraz o ropa de carácter infantil. En 2010 fue cuando empezaron a popularizarse los negocios de colegialas. Aunque hay mucha variedad, los más comunes son JK Café (para charlar), JK reflexología (masaje) y JK Osanpo (paseos). «También hay establecimientos para ir a contemplar a las niñas mediante un espejo “mágico”, donde los hombres pueden observarlas jugando o haciendo alguna labor, sin ser vistos; no pueden hablar con ellas ni tocarlas, solo mirar», asegura Shibui. Y aclara que «se supone que JK business es solo para entablar comunicación con una menor, el contacto sexual no es el objetivo, pero hay servicios ocultos que contienen sexo; salen a pasear con hombres a restaurantes y karaokes, donde hay espacios reservados en los que intiman». Cuando tiene lugar una cita fuera del establecimiento es cuando se producen con más frecuencia las agresiones sexuales, pues según Shibui «el hombre puede obligar a la chica a que haga cosas que no quiere, incluso puede llegar a la violación. Otro riesgo es que el hombre tome fotos para utilizarlas como chantaje o se obsesione con ella».

Un problema muy grave es que las chicas agredidas sexualmente cuando denuncian se sienten humilladas por la pena que recibe el agresor. «Solo pagan entre 1.500 y 2.300 euros, y puede volver al día siguiente a su trabajo como si nada hubiera ocurrido. Esto no puede prevenir el crimen sexual», cuenta Fujiwara. En la misma línea, la nueva ordenanza de Tokio es también insultante, pues un empresario que explote a menores en un negocio JK únicamente tendrá que pagar una multa de hasta 7.500 euros o, en su defecto, le puede caer hasta un año de cárcel.

Un cliente de un JK Shampoo en Osaka explica que «empecé a venir porque trabaja mi ídolo (chica que admira de un grupo musical). Aquí son inocentes y guapas, en otros lugares tienen como objetivo ganar dinero y ofrecen servicios sexuales, pero aquí no hay nada de eso». El cliente hace una pausa en su elocución, mira al techo y un poco sonrojado añade: «Las chicas jóvenes huelen bien. Cuando tengo un día duro en el trabajo vengo, me dan un trato muy agradable y también escuchan mis problemas. No solo me lavan el pelo y me masajean la cabeza, también me limpian el corazón». Fujiwara se pregunta: «¿Por qué un hombre paga para hablar con una menor o pasear con ella? en ese momento ya se está mercadeando con la chica. Esto es explotación infantil».

Tanto los medios de comunicación, como el imaginario colectivo tildan a las chicas de ociosas, de buscar dinero fácil para comprar ropa de marca o salir con las amigas. De este modo, vierten toda la responsabilidad moral sobre las menores, liberando de toda culpa a los clientes «por ser provocados».

«Yo tengo relación con muchas chicas que se prostituyen para pagar sus necesidades vitales y el colegio. Sin embargo, los mass media dicen que lo hacen para costearse el ocio. Son prejuicios. Incluso en los sitios donde hay que proteger a las menores, como el colegio, la policía o los lugares gubernamentales que atienden a las niñas que solicitan ayuda también tienen los mismos prejuicios», matiza Nito.

Entonces, la directora de Colabo se pregunta: «¿Cómo la gente no puede imaginar que detrás suele haber problemas familiares graves tipo pobreza, maltrato o abusos sexuales en el hogar?». A las chicas que huyen de su casa debido a la violencia familiar, y que terminan deambulando por las calles de Tokio, según Nito les espera más de lo mismo: «En los barrios de Shinjuku y Shibuya hay más de 100 captores para ofrecerles ayuda y trabajo en un negocio JK, e incluso casa».

Desde que en 2015 una investigación de Naciones Unidas sobre la explotación infantil señaló a las empresas JK, por su práctica comercial de índole sexual, Japón ha dado pasos muy tímidos para eliminar la industria. Lo más destacado hasta la ordenanza de Tokio ha tenido lugar en la prefectura de Aichi, convertida en julio de 2015 en la primera prefectura que prohibía la contratación de chicas menores de 18 años para negocios de JK. «Esperábamos que la ordenanza de Tokio fuera más amplia que la de Aichi», señala Keiji Goto, un abogado especializado en la defensa de menores que sufren agresiones sexuales. Goto tacha de insuficientes ambas leyes: «Sí que pueden reducir el negocio JK, pero están muy limitadas. Nosotros ahora estamos interpelando al gobierno para que haga una ley que sea clara y precisa para todo el país».

Debido a que estaba anunciada desde hace tiempo la entrada en vigor de una ordenanza en Tokio para regular el negocio JK, el sector estaba en alerta. Las siglas JK hace meses que empezaron a desaparecer del nombre de muchos establecimientos. El objetivo es explotar las lagunas de la legislación y eludir las actuales o futuras leyes que intenten regular el negocio JK, convirtiéndose en bares o restaurantes aparentemente normales donde las menores siguen ofreciendo sus servicios.

Shibui opina que «aunque quiten las siglas JK, siguen trabajando chicas de secundaria. El cliente busca mediante el boca a boca un establecimiento donde haya menores de verdad, incluso hay foros en Internet donde se intercambia información». Y es que se estudia a fondo la ley, y se alecciona a las chicas para burlarla. En los bares JK hay normas básicas que son sagradas; cuando hablan con el cliente siempre deben estar dentro de la barra, nunca sentarse junto a él, y dentro del establecimiento está prohibido que haya sexo. «Si hacen algo debe ser fuera para librar al negocio de toda culpa. Las chicas son instruidas para que ofrezcan servicios sexuales bajo mano; que a pesar de llevarlos a cabo fuera del establecimiento el dinero que ganan lo deben entregar al jefe. Un sistema de trabajo encubierto», asegura Fujiwara, que ha constatado como «ahora se están anunciando a medias. No añaden las siglas JK, pero en la publicidad muestran imágenes de dibujos manga con adolescentes vestidas de colegialas. Me sorprende la rapidez con la que los establecimientos cambian de nombre y de ubicación, ellos siempre están alerta para transformarse ante los imprevistos», señala el periodista.

Hasta hace un año el Special Café de Akihabara se llamaba JK Special Café. Ahora se autocalifica como un restaurante corriente, que en palabras del dueño «es un restaurante familiar que ofrece servicio para charlar con las camareras. Normalmente en un restaurante te dan la bienvenida y las gracias por tu visita, nosotros damos al cliente un trato de amigo, hay una relación personal». En el establecimiento hay seis chicas trabajando y ninguna viste de colegiala; son parte de una plantilla que supera las sesenta personas, que van rotando a lo largo del día y la semana. Hoy le toca a Choa, de 16 años. Entró hace dos meses, mediante una de las técnicas de captación habituales, recomendada por una amiga. Las chicas que traen una nueva trabajadora son premiadas económicamente. Choa cuenta que «cuando hago amistad con los clientes y repiten me da mucha alegría. Tienen entre 30 y 40 años, pero también vienen desde los 18 a los 60. Yo creo que ellos desean conocer como es la juventud actual». Al preguntarle ¿qué quiere hacer en el futuro?, no duda un instante: «Yo estoy aquí para arreglarme los dientes con el dinero que gano y preparándome para trabajar en un bar de chicas –se refiere a un local de mujeres adultas que hacen compañía a hombres–», responde.

Soluciones al problema. La desaparición de los negocios de índole sexual que involucran a menores como artículos de consumo está muy lejos de ser una realidad en Japón. Hasta el momento solo una prefectura de 47 ha tomado cartas en el asunto, junto con la ciudad de Tokio. Quizá, la influencia que la capital suele ejercer sobre todo el territorio pueda significar un punto de inflexión, que cambie la conciencia de la sociedad nipona; generando a lo largo de los próximos años una tendencia que lleve a prohibir en el resto del país que las colegialas trabajen como niñas de compañía para adultos. Osaka y Kanagawa planean regulaciones similares a Tokio y esto abre una puerta a la esperanza. No obstante, Shibui piensa que una prohibición total de estos establecimientos puede ser contraproducente, debido a que desde hace siglos se ha mercadeado con menores en Japón: «Nunca va a desaparecer, yo pienso que hay que permitir algo, pero con un permiso especial y debe estar vigilado por la policía. Si los prohíben totalmente los negocios serán clandestinos y el riesgo para las chicas va a ser más alto», afirma el periodista.

Por su parte el jurista Goto apela a la ley: «Si seguimos como hasta ahora, sin castigar nada, no se eliminará el problema. Lo más importante es hacer una ley concisa, y luego que la policía sea muy estricta en su aplicación, junto con programas de rehabilitación para las adolescentes». La activista Nito aboga por corregir desde el origen: «Se le da valor a las menores como motivo sexual y esto es un gran problema de la sociedad japonesa que debe enmendar. Esta corriente cultural se denomina Moe. Las chicas inocentes, inmaduras, son consumidas desde un punto de vista sexual, la gente habla como si fuera cultura japonesa, pero hay que eliminarlo, la sociedad nipona es muy tolerante con este asunto», concluye.