2019/05/19

La casa del acantilado
IñIGO GARCÍA ODIAGA
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En la costa chilena, cerca de la ciudad de Los Vilos, a unos 250 kilómetros al norte de Santiago, se levanta el último proyecto inaugurado por la oficina del arquitecto Alejandro Aravena, Estudio Elemental. El paisaje agreste y escarpado, marcado por profundos barrancos y grandes acantilados rocosos que se precipitan al mar, construye un ambiente rudo, un escenario en el que la fuerza de la naturaleza lo domina todo.

La casa se enmarca dentro del proyecto Ocho Quebradas, una promoción inmobiliaria en la cual se les encargó a ocho arquitectos japoneses –entre ellos a Sejima, Nishizawa, Kuma, Fujimoto, Ishigami o Atelier Bow-Wow– y a otros ocho arquitectos chilenos, diseñar una casa de fin de semana.

En esta situación, a medio camino entre la oportunidad y el espectáculo de los arquitectos estrella, Aravena propuso una composición de tres volúmenes marcadamente simples, crudos, de hormigón visto. Como si fueran rocas atemporales varadas en la playa, tres poderosos cuerpos de hormigón armado se levantan sobre el acantilado. Un zócalo horizontal en el que se albergan zonas comunes sirve de apoyo a las otras dos piezas: una torre de habitaciones y un gran lucernario que ilumina y ventila el salón principal.

La inexistencia de un cliente concreto para esta vivienda provocó un programa con unas necesidades básicas genéricas: cuatro habitaciones, una zona de estar-comedor, cocina, aseos y una bodega, distribuidos a lo largo de 250 metros cuadrados. Con esta premisa tan general, el proyecto da pie a un cierto esquematismo, que se expresa en su forma escultórica, semejante a la de un dolmen o tótem levantado en el paisaje.

Esa rotundidad de la casa, casi bunquerizada, devuelve a la naturaleza la rudeza con que ella trata allí al hombre: Una costa abrupta esculpida por un mar violento contrariamente a su nombre, Océano Pacífico. A 23 metros sobre el oleaje, el clima costero es también difícil con temperaturas que pueden cambiar durante el día hasta 15 grados, ya que se trata de una zona muy ventosa, con mañanas nubladas y tardes muy soleadas.

El volumen horizontal contiene el nivel principal del edificio y puede ser usado como una vivienda completa para dos personas. En ese espacio se ubican la cocina, el comedor y las áreas de estar, todo bajo un mismo techo que queda dividido en dos por un pozo abierto al cielo a través del segundo volumen monumental inclinado. En el suelo, un recinto circular contiene un hogar para el fuego, que puede ser cerrado con puertas corredizas de vidrio.

En cierto modo, ese volumen inclinado no es solo una chimenea sino que es más bien una habitación para el fuego, un pedazo de aire libre en el interior de la casa. El dormitorio principal ocupa un lugar que amplía la sala de estar, donde disfruta de un muro vidriado de suelo a techo que mira al suroeste, hacia el océano. Esta pieza horizontal se encuentra semienterrada, de modo que su cubierta se convierte en una especie de plaza que mira al mar y que resuelve mediante una pequeña grieta el acceso a la morada.

Equilibrio inestable. Por encima de este nivel, el volumen de la torre principal, con una altura de casi 10 metros y sus cuatro plantas de habitaciones, se apoya en voladizo sobre la masa horizontal, generando esa sensación de piezas independientes azarosamente apoyadas, en una suerte de equilibrio inestable.

Desde la entrada, una escalera de caracol de hormigón prefabricado desciende a los espacios habitables, mientras que una escalera recta de madera y acero sube a los dormitorios y baños adicionales, que alberga uno por planta. La fachada orientada hacia el océano está revestida con tableros de madera de pino de 5 centímetros de espesor, que ocultan las contraventanas que permiten la iluminación y ventilación de los espacios interiores.

Cuando están cerradas, las contraventanas crean una fachada monolítica de madera, introduciendo el eco de la textura de tablones que ha quedado impresa en el hormigón gracias al encofrado artesanal en los otros tres lados de la torre. Con el paso del tiempo además, la madera se pondrá gris, envejeciendo como una piedra de las que forman el acantilado rocoso.

La simplicidad de los sistemas mecánicos, así como de los materiales (madera, hormigón y vidrio), aumenta la naturaleza casi rudimentaria del inmueble. En los meses de verano, el enfriamiento se produce completamente a través de la ventilación cruzada natural, mientras que en invierno una caldera convencional sirve para calentar rápidamente los espacios que se pondrán en uso.

La casa aspira, por lo tanto, a una posición dual, a un equilibrio entre opuestos como el de su rugosidad o el refinamiento de los suelos, el de la masa de las tres piezas frente a la transparencia de la sala de estar, o su carácter de refugio mientras se presenta como un hito en el paisaje. Al fin y al cabo, se trata de una escultura habitable cuya rotundidad la distingue de un paisaje áspero, pero inquietantemente hermoso.