2019/05/19

Y líbranos del mal
IGOR FERNÁNDEZ
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Qué fina línea, cuántos matices posibles hay cuando uno piensa en la relación entre el amor y el sacrificio. En los tiempos que corren son dos conceptos a veces tristemente ligados en las noticias de sucesos o en las campañas publicitarias (como hace unas semanas en el día de la madre). Están tan cargados de historia de grupo, de cultura, y a la vez de emoción inmediata, sentida en ocasiones como una realidad absoluta, que al hablar de esta relación se corre el riesgo de incurrir en parcialidades, de polarizar o de mirar a otro lado para no sentir la incomodidad de tanta fuerza potencial.

Y aún así es un binomio que orbita conjuntamente, al menos cuando tanto el amor como el sacrificio pretenden ser entendidos con tridimensionalidad. Para empezar, el amor nos remite inmediatamente a otra persona, a una vivencia centrífuga; mientras que el sacrificio se entiende como privado, de recogimiento y de fuerza centrípeta; nos remite a tener que aguantar algo que no queremos. Quizá esta diferencia en el movimiento de fuerzas nos trae la idea de que no pueden convivir demasiado tiempo. Empecemos desde los extremos e intentemos movernos hacia al centro, hacia el encuentro. Tanto uno como otro tienen una representación ideal, no necesariamente por buena, sino más bien por estereotípica y teñida, como decíamos, de cultura. El amor se vive en primera instancia “en las células”, con la experiencia temprana de algo incondicional. Por lo menos, así es como suele vivirlo un niño o una niña.

Mas tarde, y construyendo sobre aquella vivencia, hemos ido matizando, pero en general vivimos el amor a priori como representante del apego, la pertenencia, y la calma, incluso en el cuerpo, pero también de la pasión desenfrenada y del lugar donde podremos ser nosotros, nosotras, completamente; nos gusta pensar en ello como algo que siempre va a estar ahí (hasta que entra la mente racional, y nos recuerda que pocas cosas son ciertas e inmutables). Sin embargo, también esta vivencia es un tanto engañosa, porque para que lo anterior sea posible es imprescindible la otra persona.

También entra en juego el ritmo, en particular la manera en la que el amor se representa habitualmente, en comparación con los momentos de pico o de valle, tanto en su intensidad como en su forma –no siempre mostramos, sentimos y actuamos de la misma manera el amor que sentimos–. Este ritmo será probablemente diferente entre las personas que están en relación, llegando incluso a coincidir los momentos de pico de uno –porque nada más interfiere y te veo como el primer día–, con los de valle de otro –porque estoy hasta arriba de trabajo y hace unas semanas que “no te veo” cuando te miro–. Y aquí, sin entrar a mayores disquisiciones por hoy, llega nuestro interlocutor en estas líneas: el sacrificio. También este tiene su representación ideal, como una experiencia dura, cargada de “deber” –lo cual viene de nuestras creencias–, aislada y en contraposición a una realidad o una persona que quiere “forzarnos” a admitir lo inadmisible. El sacrificio visto así nos despoja de todo poder, nos coloca en la posición de no poder hacer nada y suele empujarnos más allá de nuestros límites –bien de aguante, bien de deseo– y convierte el ceder en una decisión cobarde o sumisa.

La otra cara de la moneda es que, en secreto, este tipo de sacrificio nos llena de resentimiento. Pero esto también tiene sus matices: cuando nos notamos tan tensos y desamparados como describía ahora, probablemente nos hayamos olvidado de cómo cargamos a aquella persona las responsabilidades del amor ideal, y nos despojamos a nosotros o a nosotras de la realidad de nuestro propio deseo, límites y capacidad actual de renovación, tanto de la relación aquí y ahora, como de la conciencia de las creencias que sostienen los polos, los “debe”, y que convierten la flexibilidad en fuente de temor.