2016/11/07

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
La dignidad y la política

No pretendo que los políticos sean héroes sino que respeten simplemente la razón de su existencia como portadores de un ideario y la propia dignidad

La dignidad es un concepto bivalente; no sólo es subjetivo sino también objetivo. Es decir, no sólo se expresa en nuestro comportamiento honorable hacia los demás sino en el tratamiento respetuoso que recibimos de ellos. Para vivir dignamente hay que considerar ambos aspectos: el respeto con que tratamos y el respeto con que somos tratados. En el mejor de los casos somos dignos y nos hacen dignos. Una sociedad vivible está hecha con la conjunción de ambos respetos.

Esta modesta reflexión se convierte en primordial en el momento que vivimos en España. Vivimos aquí en plena orfandad de ambos respetos. Esto es, vivimos indignamente tanto por nuestra inacción «culpable» ante el maltrato que padecemos por parte de los dirigentes de la sociedad como por el desprecio que hacia nosotros manifiestan esos dirigentes. España es en estos momentos –y no nos extendamos ya a nuestra historia– una nación sensiblemente indigna. Esa indignidad ha cobrado un relieve tal que obliga a plantearse con frecuencia muy acongojante el hecho mismo de ser español, lo que convierte la vida personal y colectiva en un ejercicio dramático. ¿Merece la pena ser español? ¿Nuestra nacionalidad constituye un modo consistente y grato de existir?

El último año político ha sido repugnante. Sobre un tablero irrisorio plagado de falsedades se ha jugado una partida social y política que ha prolongado los modos más tristes de la dictadura franquista. En España no ha existido esa transición liberadora que llena unas bocas desdentadas sino que estamos viviendo una detestable interiorización de modos y formas dictatoriales, tanto en lo político como en lo económico y cultural, que hacen imposible una honrada convivencia. Todo esto que escribo no contiene una reflexión filosófica o sociológica más o menos profunda sobre nuestras carencias de análisis y juicio. Se trata tan sólo de enunciar muy llanamente esas carencias y subrayar que una de ellas, la que estimo más lesiva para España, consiste en la ausencia de un verdadero y sólido proceso intelectual que haga de la realidad una sustancia seriamente tratada. Recobrar la Ilustración como una forma sólida de ver y de vernos es sumamente acuciante para España. Necesitamos pensamiento y no suelta de vaquillas para conseguir una identificación respetable.

Hablábamos de un periodo especialmente significativo por la ligereza y elementalidad con que proceden nuestras capas dirigentes en todos los terrenos –indignidad objetiva– así como de la sumisión y entrega de una parte sustancial de los «ciudadanos» españoles a tales dirigentes –indignidad subjetiva–. Es posible que a algunos lectores les parezca esta meditación un modo de poner el carro de la retórica delante los bueyes o necesidades de la cotidianeidad. Quizá pudiera parecer razonable a primera vista esta objeción si no consideramos que la dignidad es una esencia de la que no se desprende solamente la dimensión de la cortesía formal en el proceder –que incluso esto a lo que llamamos educación falla en muchos de nuestros dirigentes, que se caracterizan por su arrogancia ante el entorno popular–, sino que de tal esencia se derivan sustancias concretas muy valiosas, como la justicia social en todas sus dimensiones: económicas, laborales, culturales, asistenciales, etc. La dignidad agavilla y sostiene un compacto muy amplio y vital de cosas y manifestaciones.

Por ejemplo, me pareció despreciable, con un desprecio absoluto e irritado, que en el discurso ante la cámara de diputados pronunciado por el Sr. Rajoy tras ser reelegido de nuevo presidente, éste afirmara que no haría cambio alguno en su programa de la pasada legislatura, contrariamente a lo que había prometido reiteradamente a Ciudadanos y dejado entrever a un PSOE que yacía destrozado a sus pies. Fue un discurso de sobaquillo, de huida, descarado e innoble, con cuatro frases menospreciantes, trufado de sumas y restas, de logros y evitaciones cataclismales a los que en ningún momento se añadió especificación alguna que garantizase su verosimilitud o calidad.

En fin, un discurso que descubrió unas cartas sacadas de la manga con olvido de todo compromiso y que sólo persiguió, tras autodesnudar el alma falsaria del Partido Popular –el Sr. Rajoy sabrá porqué hizo eso–, marcar con indignidad a Ciudadanos al descubrirlo simplemente como el Partido Popular de los audaces hijos de papá y liquidar a un Partido Socialista agónico y apuntillado públicamente en el gesto mortecino de su portavoz, Sr. Hernando, cuando estrechó la mano del héroe de la jornada. En este saludo feble, congelado, se iba a la nada una formación política con más de cien años.

Al margen de lo acontecido en el Congreso cavilo con dolor qué estará pasando en el alma de muchos mineros y otros trabajadores asturianos y socialistas que conocen como murieron asesinados tantos antecesores suyos en la noble y heroica Revolución del 34 y que ahora han visto arrojada esa memoria en la escombrera parlamentaria de Madrid precisamente por su secretario general.

Sesión inolvidable esta del sorteo de la dignidad socialista. Hubo un momento en que se llegó a renunciar a algo tan básicamente democrático como la libertad de expresión, seguida de la vergonzante y vergonzosa abdicación del ideario residual que quedaba del socialismo. Se produjo ese descalabro moral y político cuando algunos diputados y diputadas socialistas expresaban con voz literalmente inaudible su abstención de voto a fin de entregar el gobierno de España al Partido Popular, el radical perseguidor ultraderechista de las ambiciones tradicionales que en su día produjeron el nacimiento del socialismo. En tal trance esos diputados y diputadas que expresaban su abstención en contra de lo que había en su alma añadían a su perjurio ideológico que se abstenían por «imperativo» mandato de su comité confederal ¡Y eso lo protagonizaban nada menos que unos socialistas obligados a salvaguardar los girones que quedan de su primitiva ambición revolucionaria de transformar –sencillamente trasformar– el mundo!

No pretendo que los políticos sean héroes sino que respeten simplemente la razón de su existencia como portadores de un ideario y la propia dignidad. No me agradan los héroes en la mayoría de los casos, como también repudio el cambio insolvente de las ideas. En mi cuarto de trabajo tengo un papelito sujeto con una humilde chincheta que me recuerda esta reflexión del estoico emperador Marco Aurelio sobre el “Enquiridion” de Epicteto y a propósito del modo de funcionar ante los trances difíciles: «No hace falta ser ni actor trágico ni prostituta». Basta con mantener esa razón responsable y digna –a veces responsable duramente– que concede estabilidad a la vida. Una estabilidad, quiero aclarar, que no tiene nada que ver con la «estabilidad» que reclama para sí el Sr. Rajoy en su prostituido uso del lenguaje. Una estabilidad para que la razón funcione sin quebrantos vergonzosos.

Quizá esto que digo tenga que ver con la íntima esperanza de que un día sea creado un gran tribunal político popular para juzgar y apartar de la política y el gobierno a quienes incumplan gravemente sus promesas y compromisos electorales. Bastaría con eso para erradicar la corrupción en todas sus formas. Los ciudadanos no necesitamos ni héroes ni prostitutas, como advierte Marco Aurelio. Ese gran tribunal o jurado, en que entretengo mis sueños de limpieza y de justicia, nacería y obraría al margen de las instituciones que encarnan, sea como sea, el poder político. Todo esto me recuerda la herejía de un humilde panadero toscano que en el siglo XII sostenía que el mundo era como un queso producido por Dios aunque en su interior trabajasen afanosamente los gusanos.