2016/12/05

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
La revolución como problema

Necesitamos saber que la revolución no solo supone un ajuste contable en el reparto de la renta

L a muerte de Fidel Castro, que ha tenido una repercusión mundial, nos obliga a reflexionar sobre el carácter y valor de las revoluciones. Las revoluciones con el alcance de la cubana, por ejemplo, no pueden ser condenadas, sin más, como el producto perverso de una sociedad enferma sometida dolorosamente a un dictador. Hay que analizar su fondo y su incidencia. Fidel fue un revolucionario prácticamente puro y su revolución gozó y goza de una adhesión popular indiscutible. Una revolución con tal calado debe ser valorada positivamente como auténtica revolución. La ciudadanía no desfila en masa ante el líder muerto si no está conectada profundamente con su obra. Dado ese fenómeno de masas es perverso negar validez al hecho revolucionario cubano, como pretende la retórica «democrática» de un Occidente negador de todos los intentos de justicia y libertad social. Tales envenenados juicios sobre el fenómeno cubano nos obligan a profundizar en lo que sea la autenticidad revolucionaria y las finalidades que persigue, renunciando al mismo tiempo a esa verborrea con que el neocapitalismo declina todo debate inteligente acerca de toda nueva realidad social para humanizar la vida. Desde esa reflexión sobre lo que verdaderamente es una revolución se desprenden, por evidentes, dos iniciales conclusiones que la identifican. La primera consiste en comprobar que como toda la energía en el universo la revolución –no confundir con el levantamiento o la algarabía; el famoso estrépito del 68 tuvo mucho de ambas cosas– es curva. La segunda conclusión se resume en esta brillante frase surgida de una de las cabezas más lúcidas que he conocido en mi generación, Rossana Rossanda: «No se puede transigir con lo inaceptable».

La curvatura de la revolución es relativamente fácil de explicar. Tras la deflagración inicial –que ha de estar precedida de una profunda elaboración doctrinal– comienza un periodo en que el suceso revolucionario se torsiona y alabea con el propósito de incluir en su proceso una serie de elementos sociales que, de quedar al margen del esfuerzo revolucionario, pueden alimentar una contrarrevolución que persiga, aunque con determinadas correcciones, el retorno al Sistema destruido. La clase media, en este caso herencia del capitalismo, es la referencia de lo que digo. La curvatura revolucionaria persigue instalar en su seno esta clase formalmente media, que en el capitalismo es intermedia en cuanto al poder político y económico, pero adherida a su ideología moral, y que en el mundo socializado se transforma en capa económica y estrictamente funcional. Es decir, esta capa media no persigue en el comunismo revolucionario un escalonamiento social demostrativo. Estamos ante un inevitable movimiento para crear una medianidad que dé coherencia a la estructura social que también necesita el discurso revolucionario, aunque vigilando con cuidado sus procederes y posibles derivaciones, ya que esta nueva clase media comunista aloja durante muchos años el peligro potencial de que la revolución se contamine con gérmenes que la corrompan. Yo creo que esa creación de una capa media de perfil estrictamente económico es lo que persigue, con todos sus riesgos, el régimen cubano que ha sido alimentado desde la alta cúpula del castrismo dirigido por un Fidel que cambió la lucha armada por una lucha desarmada aunque inyectada de una moral revolucionaria que cultivó con especial cuidado la dignidad de los cubanos. De ahí surgió esa innovadora mecánica interna del pueblo cubano de ejercer la crítica cotidiana, muchas veces ácida, sobre la persona y el gobierno de Fidel aunque respetándolo profundamente. Un trabajador cubano muy constante en sus críticas al «Caballo» me dijo que como cubano tenía pleno derecho a su agresiva verbalidad contra el líder, pero que no admitía crítica alguna contra él por parte de extranjeros. «Yo –me dijo– puedo vapulear a Fidel, pero Fidel es mi revolución, mi dignidad como ciudadano, que antes despreciaban los del norte o los potentados cubanos que se encastillaron en Miami».

Acerca de la existencia de esta capa media –repito que capa y no clase– me habló en muchas ocasiones un gran embajador soviético, con el que tuve una profunda y leal amistad, en los años en que empezaba a tambalearse la Unión Soviética. El creía que esta dramática destrucción se producía por no haber realizado en la URSS una formación moral comunista adecuada en el marco de la sociedad soviética, derivada hacia un comunismo vertical y rígido, un comunismo stalinista radicalmente estatalista, contra el que Lenin previno a los dirigentes revolucionarios cuando viendo llegar su muerte recomendó sobre todo que Stalin no fuera su sucesor. El leninismo siempre ha buscado la sociedad en todo su poder y esplendor y ha mirado con mucha reticencia el Estado, que consideraba a extinguir. Este embajador me dijo que en la Unión Soviética no se había creado una verdadera capa media con moral colectivista sino que se había dejado crecer en competencia durante un par de generaciones la imagen brillante de lo mejor de la vida occidental. Se creó un gran poder, pero no la poderosa moral correspondiente. «A la Unión Soviética –me dijo con su habitual ironía el embajador– la demolerán las braguitas Dior. Nuestras jóvenes rechazan llevar la hoz y el martillo sobre su pubis». Como me advirtió Rossana Rossanda «se transigió con lo inaceptable».

En la muerte de Fidel Castro hay que realizar una profunda reflexión sobre el hecho revolucionario a fin de protegerlo frente al futuro. Durante largos años muchos comunistas cristianos –o colectivistas cristianos, para evitar la carga del término comunista– hemos luchado por una gran fusión entre el materialismo histórico, que explica científicamente el proceso de explotación criminal de los trabajadores en el marco del capitalismo, y el espíritu de paz, libertad e igualdad que nos legó el cristianismo. La revolución no triunfa solamente con la destrucción de las estructuras políticas y económicas que se han multiplicado y endurecido con el neocapitalismo y su guillotina globalizadora, sino introduciendo en la moral revolucionaria ese espíritu que convierte la lucha de las masas en una exigencia interior de cada trabajador. Necesitamos saber que la revolución no solo supone un ajuste contable en el reparto de la renta sino que está alimentada por una ética de la igualdad y la dignidad que nos hace ser a los seres humanos algo más que puras herramientas aunque en ocasiones sean mejor consideradas.

En definitiva se trata de sentar que, con todas las diferencias a veces inevitables en inteligencia, capacidades materiales y situaciones circunstanciales el hombre constituye una colosal construcción alzada a lo largo de la historia. El valor de esa construcción exige radicalidad en el ejercicio de la práctica revolucionaria, que si muchas veces desprende una amarga pero inevitable violencia en la acción, nos pone ante la situación de saber quién puso en marcha esa violencia. Si en tantas ocasiones los dirigentes del Sistema babélico y sus adheridos en la sumisión reclaman el respeto a la ley deberían leer en voz alta tan venerado documento y explicarnos luego por qué no han envuelto en tan justo papel un trozo de buen pan, una ayuda constante en las necesidades cotidianas de la multitud y un reparto fraternal en la herencia que nos dejaron a todos. Porque digan lo que digan los sabios la tierra es un bien común, los frutos de la tierra pertenecen por igual a todos sus habitantes y la muerte criminal de un pueblo o de sus trabajadores no siempre constituye un disparatado, deleznable e inhumano acto de quienes juzgamos sumariamente como terroristas. Esta semana leía esta frase en un pequeño dominical que mi parroquia envía a este rojo retinto: «No podemos aislarnos en la religión para no oir el clamor de los que mueren diariamente de hambre». Morir de hambre, extinguirse lentamente en la desesperanza, agotarse hasta la extenuación en un trabajo sin horizonte, desaparecer en la oscuridad de nuestro interior derrotado. Por cierto, leí hace muchos años que San Pedro era portador de espada. Claro que el Sanedrín también lo tenía anotado como terrorista.

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