2017/03/06

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
Masas y sociedad

Esta sociedad que ha madurado o va madurando su osamenta puede hablar, sin riesgo de cansancio o desilusión, de su presencia en la calle como de un ámbito necesario para evitar la asfixia institucional

Hay que recuperar el verdadero contenido del lenguaje para devolverlo a su significación primigenia y liberarlo de su secuestro por el poder que domina al mundo. Ese poder sabe que, desbaratando el lenguaje, priva a los desheredados de utilizarlo en su defensa o como base crítica eficaz ante una situación dada. Al cambiar el recto y conveniente empleo del lenguaje el poder dominante arrebata la principal herramienta con que podría operar el oprimido en su pretensión revolucionaria. Por ejemplo, se han cargado de una derivación y de unos distingos repudiables términos como libertad, democracia, justicia, igualdad, populismo, orden, que podrían ser llanamente usados en su versión simple por los oprimidos para conducir su guerra de liberación: «¡Queremos la democracia, queremos ser libres, queremos ser dignos!» Ese lenguaje que contundentemente empleado constituiría, repito, un eficaz armamento contra los opresores lo han convertido los que detentan el poder en «su» sustantivo, obligando a los oprimidos o «suburbiales» a usarlo con la salvaguardia de un adjetivo difícilmente clarificador por ser absurdo: de democracia sin más –el gobierno del pueblo por el pueblo– los que desde la protesta pretenden restaurarla han de hablar de democracia popular, ya que el común está harto de esa mercancía ideológica con fecha caducada que supone el término democracia en labios de un capitalista; a la libertad hay que matizarla prometiendo no usarla como libertinaje para no incurrir en persecución penal o condena desde las cumbres políticas conservadoras; a la práctica electoral ha de adherirse el salvoconducto constitucional, porque de lo contrario podría convertirse en incorrecto referéndum… En ese rescate lingüístico, que persigue que las cosas sean lo que son, está uno de los objetivos sustanciales de la necesaria revolución para recuperar un mundo con rostro humano.

Tanta es la confusión que los que pretenden afrontar el Sistema desde la «calle» –entre ellos me encuentro– son designados como radicales que alteran el orden institucional y quebrantan las leyes, con lo que se convierten en ajenos a la pacífica convivencia, en gente que bordea lo punible y que debe ser reprimida duramente. Dejo aparte toda consideración sobre la perseguida radicalidad, que se aplica, con torcida intención de condena en el ámbito político o social, según la lingüista María Moliner, a sencillas y claras pretensiones que se exponen o persiguen sin limitaciones, atenuaciones o paliativos. ¿Porque son condenables como «perversión» radical una postura y su lenguaje limpios y justos que tratan de remontar la injusticia, la explotación y la miseria moral y material que produce la concupiscencia capitalista? A este efecto creo sin reparo alguno que quien no se manifiesta ante tales crímenes de un modo radical es material o moralmente coautor de ellos o al menos connivente con los mismos. Toda razón lenitiva que se use para operar con el dolor o la muerte a fin de esconderlos o justificarlos no es razonable. Es una razón estragada por la perversidad. La razón ha de ser el molde franco y abierto de cien discursos diferentes. Cuando no es así, la razón es una reductora y despreciable mecánica de imponer el pensamiento único.

Llegados aquí me pregunto también si los que recurrimos a «la calle» como marco puro del gobierno por el pueblo, no estamos cometiendo un grave error. La «calle» no significa siempre un ámbito de masas responsables, como creemos frecuentemente, sino que puede albergar también multitudes movidas morbosamente por líderes dictatoriales y, como tales, reaccionarios. Los tiranos han sido muy frecuentemente grandes conductores de masas. Freud habla de la multitud, o sea, la gran reunión intelectualmente inorgánica, como de «un dócil rebaño incapaz de vivir por si mismo. Tiene tal sed de obedecer –añade– que se somete instintivamente a aquel que se erige en su jefe». Hay, pues, que distinguir entre la «calle» como posible tóxico de la conciencia revolucionaria y la «calle» como expresión de «sociedad» consagrada extra institucionalmente, con profunda conciencia y seriedad revolucionaria de pensamiento, a destruir la opresión de quienes los griegos clásicos ya conocían como hierofantes o tiranos. Los misterios eleusinos, que reunían en torno a lo acordado por los citados y poderosos «sacrales» a masas ciegamente transportadas a la «verdad» incuestionable, me parece a veces que vuelven a resucitar del olvido y funcionar en reuniones como la del Club Bilderberg, en que se muestra la verdad absoluta producida al parecer por el cornezuelo del dinero. Uno cree a veces que estas excursiones al pasado que dan nueva vida al relato histórico es una muestra más de la curvatura de la historia. Repito la vieja frase de un admirado amigo de la juventud: todo pasa menos la ciruela pasa.

Citábamos a Freud y aunque críticamente aceptado entre muchos de los conductores del psicoanálisis, vamos a seguir con él en busca de la luz que nos oriente en la confusión que existe entre multitud a secas y sociedad multitudinaria; entre multitud que se encalabrina ante el maltrato que le da el «Sistema» y que acaba entregándose a otro líder dictador o autócrata que la halague y sociedad revolucionaria que intenta crear en profundidad y por si misma la sociedad alternativa que desea. En este horizonte Freud cita las cinco condiciones de Mac Dougall para que una multitud (revolucionaria) adquiera el carácter de una sociedad intelectual y políticamente superior a la sociedad del Sistema: Primera y esencial condición, que esa sociedad en conflicto con la establecida posea continuidad y una organización superior. Segunda condición, que cada individuo de esa masa se haya formado una determinada idea de la naturaleza, la función, la actividad y las aspiraciones de la misma. Tercera condición, que esa masa se halle en relación con otras formaciones colectivas análogas, pero diferentes en diversos aspectos e incluso que rivalicen con ella. Cuarta condición, que esa masa posea tradiciones, instituciones y usos propios, relativos sobre todo a las relaciones recíprocas de sus miembros. Quinta condición, que esa masa posea una organización que se manifieste en la especialización y diferenciación de las actividades de cada uno de sus miembros.

Como es evidente Mac Dougall plantea una cuestión de madurez en ese movimiento que protagoniza una verdadera y fuerte oposición a la sociedad establecida y que quiere sustituir. Ya no estamos ante un movimiento simple que ocupa la calle para reclamar una modificación más o menos compleja y circunstancial del Sistema, al que se le reprueba una política inadmisible socialmente por las carencias o dolores que comporta, sino que hablamos de una sociedad completa que aspira a estructurar otro Sistema de vida, incluyendo estructuras políticas e ideológicas. Esta sociedad que ha madurado o va madurando su osamenta puede hablar, sin riesgo de cansancio o desilusión, de su presencia en la calle como de un ámbito necesario para evitar la asfixia institucional.

Si este análisis es válido no sirven para nada ciertas posturas llamadas de oposición. El drama social en que vive el mundo actual no puede superarse con un mal parcheo o unas alianzas o confluencias que son abatidas por el mínimo viento de cambio que sople desde la cumbre del Sistema. Todo lo que esos partidos o dirigentes subordinados y básicamente complacientes acepten como progres no hará sino multiplicar los dolores y ensangrentar el paisaje. En la llamada transición española, que no fue sino un apartadero en vía muerta, Manuel Fraga pronunció la verdad con que los poderes dominantes sellan las mismas Constituciones una vez tras otra: «La calle es mía». Fraga ya ha muerto, pero el Sistema sigue hincando las raíces en sus muertos. España es un inmenso Valle de los Caídos presidido por una Cruz falsificada y una Corona solemne. Del resto del mundo cómo vamos a opinar de modo distinto.