2017/04/28

Erreportajea
REFUGIADOS SIRIOS EN TURQUÍA
Vivir en ninguna parte: la ciudad de los contenedores

Un año después del acuerdo entre Turquía y la UE, lo que se presentó como una solución temporal, vivir en un campo para personas desplazadas, se ha convertido en un limbo en el que los sirios llevan atrapados más de cuatro años. La gente espera todavía reiniciar su vida en las ciudades turcas o en Europa.

Corina TULBURE
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En una casa-contenedor con dos minúsculos espacios separados, Nour ha festejado su boda. La ceremonia se ha oficiado en el comedor, que no es más grande que la cola de su vestido de novia. Dentro apenas caben una televisión y un estante con un espejo ante el cual se despliegan algunos tarros de maquillajes. Conoció a Amar en ese mismo campo de refugiados, en el punto fronterizo de Öncüpinar y Bab al-Salam. Desde el balcón de la casa-contenedor, el muro de cemento que Turquía construye en su frontera con Siria se alza a un tiro de piedra.

Cuenta que tuvo muchos invitados a la boda, aunque vive aquí solo con un hermano y su madre. Nunca pensó que llevaría ya cuatro año en este lugar. Los vecinos de las otras casas-contenedor se han convertido en parte de su familia. Aunque proceden de regiones diferentes de Siria, la convivencia ha convertido la zona en un barrio. «Somos la gente del campo», repite Nour.

Una prisión al aire libre

No obstante, su calle es y no es a la vez la calle de un barrio. El campo de Öncüpinar, donde viven actualmente más de 16.000 personas es y a la vez no es una pequeña ciudad. La llaman la Ciudad Contenedor. Por fuera, el lugar está rodeado de vallas, una puerta blindada cierra la entrada y policías y guardias de seguridad privados patrullan cerca de las puertas y en el interior del campo. Parece más bien una prisión al aire libre. Seyfettin Cimen, el administrador del campo explica que «hay 116 guardias de seguridad privados» que vigilan a la gente dentro. Nadie puede entrar, ni salir a su voluntad, sin un permiso de los responsables y para poder hacerlo han de guardar colas durante horas para que los policías escaneen estos permisos. Para llegar a la ciudad turca más cercana, Kilis, deben recorrer durante veinte minutos en coche una carretera entre campos de cultivo sin apenas viviendas.

Pasadas las puertas blindadas y los controles, dentro se despliega la infraestructura de una ciudad con más de dos mil contenedores, escuelas y hospitales e incluso un bazar que ofrece de todo, desde dulces sirios a tenderetes de maquillaje. En el campo no se ve ni una tienda con los logos del Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados) u otras organizaciones humanitarias internacionales. Esta «ciudad» se gestiona con dinero del Gobierno de Turquía. Los únicos logos visibles son los de la organización humanitaria turca IHH.

En el medio del campo hay un parque para los niños y un edificio que funciona como un centro social y que alberga escuelas de cursos prácticos para los adultos. En un taller de pintura, cuyos cuadros y mosaicos están a la venta, se ven piezas con la figura del Presidente de Turquía. Otras mujeres enseñan zapatillas y ropa para niños tejida a mano, que espera compradores. En la siguiente habitación confeccionan alfombras. En el mismo edificio se ha abierto una escuela de peluquería: «Son clases prácticas, para que las mujeres puedan trabajar o abrir su propia peluquería pronto», nos explica la peluquera de origen sirio que hace de profesora. Ella cobra alrededor de 1.300 liras turcas, poco más de 300 euros, de sueldo en este campo en el que también vive. Es una de las pocas personas que han podido encontrar trabajo dentro.

«La vida en el campo está bien, no queremos ir a la ciudad», repiten otras dos profesoras sirias del centro, en presencia de los responsables del campo, que asisten a la entrevista. «Los sirios aquí no son refugiados, son nuestros hermanos», advierte Seyfettin Cimen, el administrador del campo. Una argucia legal le da la razón. Y es que las personas que han llegado de Siria no tienen el estatuto de refugiadas en Turquía, sino de invitadas, dado que al aplicar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, Turquía limitó solo a las personas que proceden de Europa el estatus de refugiadas con sus correspondientes derechos.

Calles más abajo, cerca del muro fronterizo, está el hospital, donde la gente ya hace cola. «A los pacientes que tienen problemas de salud graves los trasladamos a los hospitales de las ciudades, sólo los casos leves se tratan aquí», explica el responsable. Al lado del centro médico se ubica una de las seis escuelas en las que estudian más de 6.000 menores. Un grupo de chicas juega a la pelota en el patio, y, dentro de la escuela, niños de menos de diez años asisten a una clase de lengua turca. Nada indicaría que se trata de una escuela aislada de otras turcas similares, una escuela en una ciudad-campo, si no fuera por las vallas alambradas que se ven desde el patio. Aunque se encuentren a kilómetros de distancia de los niños turcos de su edad y de la posibilidad de estudiar conjuntamente, los alumnos aprenden la lengua turca. «El programa escolar recomendado antes era el sirio, pero ahora estudian el programa turco, con clases de lengua. Siguen estudiando árabe, lengua y cultura», dicen las profesoras que imparten las clases.

Entre las calles con los contenedores asoman carteles con eslóganes de bienvenida, ondean banderas turcas y se alza un sinfín de antenas parabólicas. Ante las vallas y el aislamiento en medio de la nada, lejos de la ciudad, quedan las parabólicas. El teléfono y la televisión son el contacto con el mundo. Para Nour, los días que ha pasado dentro del campo son todos iguales. Además de limpiar, cocinar y estudiar turco, poca cosa le queda por hacer cada día. «Estoy esperando que algo cambie», aspira Nour. «No hay trabajo en el campo», repite su esposo, Amar.

Cerca de la escuela y la mezquita se han abierto tres tiendas con productos de comida siria. Son empresas que han alquilado el local y traen fruta y verdura de fuera del campo. No lejos de estas tiendas, en el bazar, personas que han llegado desde Siria con ahorros han montado sus pequeños negocio. Desde un kebab a un taller de reparación de bicicletas, o incluso un vestido de novia..., en el bazar se puede comprar de todo.

Cuatro interminables años

«La gente que permanece mucho tiempo en los campamentos no conoce sus derechos. Estamos hablando de personas muy sencillas, que siempre han vivido en su pueblo. No saben que tienen derecho a salir fuera del campo a buscar trabajo. Además, es gente muy pobre que no tiene dinero para alquilar una casa en la ciudad. Ellos creen que la vida en el campo es lo mejor que pueden encontrar en Turquía. Siempre piensan que será algo temporal. Nadie puede quedarse a vivir aquí durante años», nos explica Mahmoud Hadar, que trabaja con una organización humanitaria en Gaziantep. Explica que las personas que se encuentran en el campo reciben unas 100 liras turcas al mes por persona, unos 25 euros que se ingresan en una tarjeta de uso exclusivo dentro del campo, un dinero que usan para comprar comida. «Muchas veces los precios de estas tiendas de dentro del campo son más caros, y ellos no pueden usar este dinero para comprar en otra tienda, en la ciudad, por ejemplo», continúa Mahmoud.

Ni trabajo ni, por tanto, dinero

Nour comenta que en el bazar se consiguen productos por pequeñas sumas de dinero, pero mucha gente, al no tener trabajo, no tiene dinero. El bazar resulta ser mas bien un lugar donde la gente mata el tiempo. «El campo está diseñado para mantener a la gente dentro y que no vaya a las ciudades», comenta Mahmoud. Excepto los cursos y las pequeñas labores en el bazar, en las tiendas o en algunas empresas de alimentos, no hay trabajo en el campo. El aislamiento entre este lugar fronterizo y las ciudades turcas, la falta de actividad, el aburrimiento y la espera pesan cada vez más. Lo que iba a ser una estancia de meses, antes de empezar una nueva vida en Turquía, se ha convertido en algo que dura ya desde hace más cuatro años. Lo que fue una respuesta a una situación de emergencia, se ha transformado en un callejón sin salida para muchos hombres y mujeres.

La profesora Aysen Üstübici, de la Universidad de Koç de Estambul, aclara que solo un 10% de los sirios que han llegado a Turquía se encuentran en un campo, pero advierte a continuación de que «aunque exista una infraestructura dentro de los campos, al vivir aislados, a la larga la gente tendrá dificultades para poder iniciar una vida en una ciudad. Además, hay información sobre casos de violencia sexual o de abusos sobre los niños en los campos», denuncia.

Mahmoud aclara que para poder sobrevivir fuera del campo, no solo hay que contar con contactos y recursos económicos sino que, además, hace falta conseguir los permisos de trabajo en Turquía. «Necesitan un permiso de residencia, pero para ello deben haber entrado en Turquía de forma legal, con un pasaporte sirio, un documento que muchos sirios no tienen». La gran mayoría sólo dispone de un documento de protección internacional temporal que no les autoriza a trabajar, sino sólo a vivir en una determinada zona, sin libertad para mudarse a otra región. «Además del espinoso permiso de residencia, necesitarían contratos de trabajo y los empleadores deberían pagar los impuestos correspondientes. Incluso fuera del campo, muchos trabajan por días, ganan 500 ó 900 liras al mes (alrededor de 120 o 240 euros) y comparten un piso de dos habitaciones para dos familias. Es verdad que el campo tiene una infraestructura, no es como otros campos de Líbano o Jordania, ciudades de tiendas de campaña, pero sólo es un campo, no es una ciudad. No hay ningún futuro allí», añade este trabajador.

Tras la visita a la ciudad de los contenedores, nos llegan unos mensajes de Amar: «Soy futbolista, mi futuro no está aquí. Quiero llegar a Europa». Nour cuenta en otro mensaje que su hermano vive con su familia en Alemania. A las pocas horas, el hermano de Nour pregunta desde Alemania si alguien puede ayudarle a conseguir un visado para ir a Turquía. «Hace más de tres años que no he visto a mi familia que está en el campo. Para poder entrar en Turquía necesito una invitación, alguien que se haga cargo de mí y me invite». Desde el campo, Nour concluye: «Quiero pedir asilo en Alemania. A Siria no podemos regresar, mi padre está en la cárcel. Llevo cuatro años aquí, esperando...».

SIN SALIDA


Excepto cursos y pequeñas labores en el bazar, tiendas o empresas de alimentos, no hay trabajo en el campo. El aislamiento, la falta de actividad, el aburrimiento y la espera pesan cada vez más.