2017/10/01

Raúl Zibechi
Periodista
Naturaleza y sociedad; terremotos y clases

La peor cara la pusieron las autoridades estatales. Se apropiaron de las donaciones en los centros de acopio y las repartieron con sellos del gobierno y del PRI, a la vez que utilizaron a los militares para expulsar a los voluntarios de cada edificio colapsado

Los llamados «eventos naturales», como los huracanes, los sismos, las erupciones volcánicas, las tormentas y las inundaciones, rompen por un lado la normalidad social al rasgar la continuidad de la vida cotidiana y, por otro, tienen la enorme virtud de dejar al descubierto las características profundas de una sociedad, al enseñar sus grietas, pero también sus fortalezas.

Las últimas semanas han sido, en ese sentido, prodigiosas en la región del Caribe y en México: tres huracanes devastadores y una serie de sismos en el sur y centro de México. Una rápida mirada sobre estos fenómenos que vaya más allá de la enumeración de daños, nos muestra el tipo de sociedades que existen, pero también cómo reaccionan los diferentes estados y dentro de ellos las diversas actitudes de las clases sociales.

En el Caribe, por ejemplo, los huracanes dejan similares daños materiales pero los costos humanos son muy diferentes en cada país. El huracán Flora en 1963 dejó en la isla de Cuba nada menos de 1.200 muertos. A partir de ese año, la Defensa Civil juega un papel importante en la prevención de daños humanos y materiales ente los huracanes, al punto que desde el año 2000, los 17 huracanes dejaron «solo» 52 muertos mientras en Estados Unidos y en otras islas se produjeron miles de víctimas mortales.

La cultura de la solidaridad imperante en Cuba juega un papel muy importante en la prevención y los cuidado ante los posibles daños. Como ejemplo, el 77% de los evacuados se alojan en casas de familias solidarias y solo una minoría acude a albergues estatales, opción que nunca es la mejor para los que deben abandonar sus casas.

Sin embargo, el huracán Harvey, que barrió días antes la ciudad de Houston, produjo 47 muertos y enormes daños materiales, entre ellos un millón de coches destruidos. Lo sucedido en la quinta ciudad de Estados Unidos debería ser motivo de reflexión. Las gigantescas inundaciones son la consecuencia de una brutal especulación inmobiliaria, que es una de las formas de la acumulación por despojo que caracteriza al capitalismo actual.

Las zonas que se inundaron habían sido compradas por el ejército en la década de 1940, porque formaban una cuenca natural que absorbía las aguas de los desbordes de los embalses que protegen la ciudad de las catástrofes. Se trataba de proteger a la ciudad que había sufrido inundaciones en otras oportunidades, y de hacerlo a través de la conservación de las formas naturales de drenaje. Pero la especulación inmobiliaria barrió con esa zona. De ese modo, se ocuparon las 200.000 hectáreas destinadas a evitar las inundaciones y el resultado fue una catástrofe evitable.

El cubano y el estadounidense son dos casos opuestos, que muestran dos sociedades que han optado por caminos diferentes. Las consecuencias están a la vista y nos enseñan que el individualismo y el enriquecimiento desenfrenado son los peores caminos para acotar los daños de estos eventos naturales, ya que rompen el tejido social y dejan a las personas expuestas. Por el contrario, Cuba nos dice que con muy pocos recursos se pueden resolver problemas graves en base a una intensa solidaridad cara a cara.

Una situación diferente a las dos anteriores la viví el mes pasado en México, durante el terremoto del 19 de setiembre, en la capital del país. Lo más sorprendente fue la inmediatez y la contundencia de la reacción popular. No habían pasado cinco minutos del temblor de escala 7,1, que ya había cientos de personas poniendo orden en el caótico tránsito de la ciudad, agravado porque el colapso del sistema eléctrico impedía el funcionamiento de los semáforos.

En las horas siguientes miles de personas acudieron a los edificios colapsados para ayudar a las víctimas, remover escombros y excavar durante horas, a lo largo de toda la noche. Las más llevaban comida, agua y todo lo que podían, mientras los voluntarios compraban palas y picos de su bolsillo para integrarse en las brigadas informales de rescate.

Familias enteras llevaban lo poco que tenían. Mujeres con sus hijas armaron cocinas en las calles y se dedicaron toda la semana a alimentar a los brigadistas. Fue tanta la solidaridad que se crearon miles de centros de acopio porque todos los espacios fueron desbordados por la generosidad del pueblo mexicano.

Una de las escenas más conmovedoras fue la de un vendedor de cigarrillos, quienes suelen colocarse en los semáforos para ofrecerlos por unidad a los conductores. Era un hombre mayor, muy delgado, vestido casi con andrajos. Pero regalaba cigarros a los brigadistas que lucían rostros cansados luego de una larga jornada. Es evidente que ese día «perdió dinero», porque son trabajadores que comen de lo que venden y viven al día. Sin embargo, se lo veía feliz entregando su mercancía, sin el menor cálculo de costo beneficio.

La peor cara la pusieron las autoridades estatales. Se apropiaron de las donaciones en los centros de acopio y las repartieron con sellos del gobierno y del PRI (Partido Revolucionario Institucional), a la vez que utilizaron a los militares para expulsar a los voluntarios de cada edificio colapsado. Con esa actitud incrementaron el odio de los mexicanos.

Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación y miembro del PRI, fue abucheado y expulsado a piedrazos por los vecinos y brigadistas cuando se acercó a un derrumbe. Le gritaban «aquí no se dan entrevistas», aludiendo a su vocación mediática. En un caso fue abucheado el partido de oposición Morena, de centro-izquierda, como parte del rechazo a los partidos políticos que muchos identifican con la ineficacia y la corrupción, pero que aprovecharon el sismo para lucir sus colores.

Las grandes empresas también buscaron apropiarse de la solidaridad, a través de campañas publicitarias pidiendo donaciones, pero sin decir si estaban dispuestas a poner algo de su parte, más que abrir cuentas en bancos. Las empresas de la construcción y las inmobiliarias están buscando hacerse con un bocado mayor: la reconstrucción de los casi dos mil edificios dañados, que deberán ser reparados o derribados.

El negocio inmobiliario es en alguna medida responsable del desastre, ya que una parte considerable de los colapsos se produjeron en edificios construidos en la última década, que deberían tener estructuras capaces de resistir los terremotos.

Por último, una mirada hacia delante. El sismo del 19 de setiembre de 1985, justo 32 años antes que el reciente, produjo daños aún mayores y se saldó con alrededor de 10.000 muertos. Pero lo más importante es que hundió el sistema político gobernado por el PRI durante más de medio siglo. Ante la corrupción y la ineficacia del gobierno la gente tomó en sus manos la ciudad.

«De entre las miles de personas que ayudaron en el rescate de las víctimas o atendieron a damnificados, surgieron movimientos sociales que impulsaron cambios políticos en el país», destaca un reciente informa de la BBC. Porque no solo tomaron en sus manos el salvataje sino también la política.

Es posible que ahora suceda algo similar, en una país que sufre un terremoto político, económico y social de manos de un gobierno, una clase narco-política y un narco-empresariado, que no hacen más que embolsarse millones asesinando a quienes consideran un obstáculo para enriquecerse.