2018/03/09

El heredero que pudo pintar sin dependender de los marchantes de arte
M.I.
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E n el reciente biopic ficcionado de Danièle Thompson “Cézanne y yo” (2015) pudimos sentir la angustia de un genio que se sentía incomprendido, y que incluso con su amigo Émile Zola acabó teniendo un grave desencuentro. La caracterización que Guillaume Galienne hacía de Paul Cézanne resultaba muy ilustrativa a ese respecto, en contraste con la de Guillaume Canet como el escitor que le influencia en la búsqueda del naturalismo.

“Cézanne, retratos de una vida” es un documental, pero se permite igualmente una aproximación al lado más personal e intimista del padre del postimpresionismo a través de su correspondencia, leída de viva voz por el gran actor Brian Cox. Quienes se muestran delante de la cámara son expertos, repartidos entre conservadores de museos y biógrafos. Sus opiniones sirven de guía para seguir las distintas exposiciones internacionales que tienen como eje la del museo D’Orsay de París. Nada mejor para conocer al artista que contemplar su obra, y nadie mejor domina la técnica de la grabación de exposiciones que Phil Grabsky, documentalista británico que está haciendo una ingente labor de divulgación pictórica con su programa Exhibition On Screen.

La cámara de Grabsky se deja atrapar por el magnetismo de Paul Cézanne como retratista insuperable. Están, por supuesto, sus muchos autorretratos, con la mirada siempre desafiante. Pero hay más de su compañera y musa Cris-Hortense Fiquet, con la que mantuvo una relación complicada que se resistía al matrimonio, debido al rechazo de la familia de él. No hay que olvidar que si Cézanne pudo pintar sin depender de los marchantes fue gracias a la herencia familiar que recibió de su padre banquero, y que le permitió residir en la Provenza y pintar el Mont St. Victoire.