2018/03/09

La sátira política prohibida por Putin en su feudo ruso
Mikel INSAUSTI
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La prueba fehaciente de que el ser humano no ha evolucionado como animal político la encontramos en que nunca falta el gobernante de turno empeñado en prohibir una película porque no es de su agrado, a pesar de que los largos secuestros de obras maestras como “El gran dictador” (1940) o “Ser o no ser” (1942) sigan sonrojándonos en cuanto lacras históricas que el tiempo no logra borrar. El último censor con galones ha sido Vladimir Putin, quien a través de su ministro de Cultura ha prohibido el estreno de “La muerte de Stalin”, desafiado por alguna sala moscovita que se adelantó a la orden expresa del mandatario ruso. Dicha postura parece parte de una farsa mayor que la orquestada por el comediógrafo escocés Armando Ianucci en la pantalla, pero no hay que olvidar que el comunismo sigue teniendo fuerza en la Rusia actual, todavía necesitada de prohombres de los regimenes anteriores en su puesta en escena patriótica.

Pero la mordacidad de Iannucci es temida en todas partes, empezando por la mismísima Gran Bretaña, debido a las andanadas que soltó contra las relaciones angloestadounidenses en su anterior película “In the Loop” (2009), por no hablar de sus ácidas series televisivas “The Day Today” (1994), “I’m Alan Partridge” (1997), “The Thick of It” (2005) o “Veep” (2012).

Inspirándose en el clásico de Leo McCarey y los Marx Brothers “Sopa de ganso” (1933), Iannucci monta un circo de varias pistas en torno al fallecimiento de Josef Stalin, situando la acción en los días previos a los funerales de Estado, con la enconada lucha interna por seguir la línea sucesoria. Las caricaturas del vencedor Khrushchev y el resto de contrincantes están pícaramente occidentalizadas.