2018/07/27

Kronika
53 DONOSTIAKO JAZZALDIA
EL TRÍO DE JULIAN LAGE VENGA AL FANTASMA DE JERRY GARCIA

LAS CARPAS DE LA ZURRIOLA SON UN GRAN BAZAR DONDE SE PUEDEN ENCONTRAR TODO TIPO DE PROPUESTAS DE CALIDAD: DEL JAZZ MÁS AUDAZ Y CONTEMPORÁNEO A LA SALSA, EL BLUES O EL FUNK. UNA FÓRMULA DE INDUDABLE ATRACTIVO QUE LOGRA ATRAER A ESPECTADORES TAN DIVERSOS Y NUMEROSOS… COMO RUIDOSOS.

David GOTXIKOA
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No recordamos a ningún guitarrista de jazz de los últimos treinta años con un dominio tan absoluto como Julian Lage.

Si existe una voz autorizada en el jazz euskaldun para llevar a cabo un tributo a Mikel Laboa, es la de Iñaki Salvador.

Paseando por los escenarios situados en las inmediaciones del auditorio Kursaal a veces uno tiene la impresión de estar en un buffet donde los camareros retiran los platos instantes después de mostrarlos ante nuestros ojos. Apenas hay tiempo de alargar el brazo, saborear un bocado y, mientras se mastica, escoger algo diferente antes de que desaparezca. El problema –bendito inconveniente– radica en elegir, porque hacerlo implica que dejaremos de escuchar otras tantas cosas de gran interés. Porque en este festival apenas hay relleno, todo es sustancioso. Así que mientras el miércoles por la noche decidimos pararnos a escuchar al trío de Julian Lage, estábamos perdiéndonos a Endagered Blood, GoGo Penguin –que cosecharon un éxito rotundo, como era de prever– o el estupendo quinteto de Dick Oatts y Victor de Diego. Mejor no pensarlo demasiado y centrarse en lo que se tiene delante, cerrar los ojos y disfrutarlo con intensidad abstrayéndose del ir y venir característico de esta zona dispuesta para el bullicio, el cerveceo y los descubrimientos casuales e informales. En ocasiones tal vez excesivamente informales, como pudo comprobar todo aquel que intentara seguir el concierto del pianista Bruce Barth inspirado en la música de The Grateful Dead. Misión imposible.

Aunque parezca una exageración y seguramente lo sea, no recordamos a ningún guitarrista de jazz de los últimos treinta años con un dominio tan absoluto de su instrumento como Julian Lage, salvo tal vez John Scofield. Da la impresión de que el diseño original de la Fender Telecaster hubiera sido una creación suya, tal es su conocimiento del timbre, las posibilidades y el registro naturales de la guitarra.

El diapasón tampoco tiene secretos para él, lo conoce al milímetro y sabe cómo hacer que la guitarra ronronee, brame o susurre sin apoyarse en pedales de efecto. Su técnica es impresionante pero sorprende aún más el buen criterio con que maneja esa enorme paleta de recursos: arpegios, escalas vertiginosas, glissandos, riffs, arranques y paradas, ostinatos, estallidos de armónicos, tresillos…

Todo esto es de por sí impresionante, pero no significaría nada si no sirviera para transportar la música hacia algún sitio, y es ahí donde el californiano demuestra un criterio distintivo. Modula el tono y el volumen con maestría, escucha a sus compañeros y crea espacios para que el groove oscile y crezca. Lage puede swingar, rockear y funkear pero, sobre todo, puede cantar con su guitarra porque es un artista con un sentido melódico y narrativo sensacional, rasgo que comparte con dos de sus principales influencias, Bill Frisell y Neals Cline. Tal es la afinidad con este último que el guitarrista de Wilco no dudó en ficharlo para su nuevo cuarteto.

Para dar forma al set que presentó en la Zurriola, Lage echó mano de una acertada selección con lo mejor de su reciente disco “Modern Lore” (Mac Avenue/ Distrijaz 2018): “The ramble, “Atlantic limited”, “General thunder” o esa hermosa “Splendor riot” que podría haber escrito el mismísimo Tom Waits. Si en la grabación le acompañaban de forma espléndida Scott Colley y Kenny Wollesen, en Donostia Jorge Roeder (contrabajo) y Eric Doob (batería) no desmerecieron en absoluto el trabajo y la compenetración de aquellos. Se esperaba con gran expectación este concierto, y el trío cumplió los mejores augurios sobradamente. Tanto es así que no sería extraño ver a Julian Lage en años venideros abriendo un programa doble en la Plaza de la Trinidad. Tiempo al tiempo, se admiten apuestas.

Tributo a Laboa

La matinal del jueves ofrecía otra cita subrayada en rojo. Si existe una voz autorizada en el jazz euskaldun para llevar a cabo un tributo a Mikel Laboa es la de Iñaki Salvador. El donostiarra estuvo junto a Laboa muchísimos años, y nunca ha dejado de saldar su deuda personal con el genial miembro de Ez Dok Amairu, incluso mientras este seguía aún en activo. Pero si la conveniencia de aprovechar el décimo aniversario de su muerte para alumbrar este proyecto no resultaba en absoluto sospechosa, cabe decir que al homenaje no le faltó lirismo, pero se echó en falta bastante más jazz. Salvador estuvo tan acertado como siempre como maestro de ceremonias y conductor del colectivo, pero el peso y el reparto de protagonismo entre las vocalistas Ainara Ortega y Maria Berasarte marcó el tono de un concierto algo desigual: una capaz de habitar la canción y aportarle ritmo o sentido del humor –en acertadas lecturas de “Haize Hegoa” o el simpático tango “Lizardi”–, otra flotando sobre la música de forma tan delicada como ensimismada. Javier Mayor, Ángel Unzu y Hasier Oleaga cumplieron con creces, y el público que abarrotó el Teatro Victoria Eugenia regresó a comer a sus hogares más que satisfecho.

Donostia apuesta por diversificar estilos, escenarios, precios y horarios, todo por garantizar que nadie se quede sin su ración diaria de jazz. Con nocturnidad o sin ella.